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El fin del «schock» petrolero: pierde Irán, ganan EE UU y Europa

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Por Daniel Lacalle

El petróleo ya no tiene la capacidad de quebrar a las grandes economías desarrolladas como en la década de los 70 del siglo pasado

A cierre de este artículo, el petróleo Brent se situaba por debajo de los 92 dólares el barril. Las noticias de Bloomberg reflejaban que el 25% de los barcos no iraníes habían escapado del estrecho de Ormuz. Mientras tanto, alrededor del 80% de los volúmenes que pasaban por el estrecho se reorientaban o sustituían por el récord de exportaciones de crudo y productos petrolíferos de Estados Unidos.

La colosal ironía de la crisis de Oriente Medio es que el supuesto shock petrolero global ha terminado siendo mucho más devastador para Irán que para Occidente. La ventaja estratégica de Teherán se basaba en que ellos podían cerrar el estrecho a todos menos a sus exportaciones. Trump aceptó el órdago y bloqueó las exportaciones de Irán, sabiendo que el 25% del PIB del país, el 60% de los ingresos fiscales del régimen y el 80% de sus exportaciones dependen de tener Ormuz abierto. Además, vio las cartas y dobló la apuesta sabiendo que China es el principal perjudicado por el cierre del estrecho y que Estados Unidos se beneficia con exportaciones récord. Dicho y hecho.

Europa ha firmado un acuerdo comercial con Estados Unidos y, con ello, garantiza su suministro y una posición de ventaja en petróleo, gas, queroseno de aviación y fertilizantes que llegan desde el otro lado del Atlántico.

Cuando un agente económico tiene una materia prima o infraestructura estratégica y decide usarla para fastidiar a sus consumidores, lo que consigue es firmar su sentencia de muerte. Y eso es exactamente lo que ha hecho el régimen asesino y corrupto de Irán.

Durante semanas se multiplicaron los pronósticos sobre una nueva recesión mundial provocada por la guerra y las amenazas al estrecho de Ormuz. Sin embargo, el mercado ha ido desmontando ese relato y mostrando una realidad distinta. El petróleo sigue siendo importante, pero ya no tiene la capacidad automática de quebrar a las grandes economías desarrolladas como en los años setenta, sobre todo desde que Estados Unidos se ha convertido en la superpotencia energética global. Además, las cadenas de suministro son mucho más flexibles de lo que creen los analistas de hoja de Excel. Lo que sí está quebrando es la economía iraní.

Y, al mismo tiempo, la crisis vuelve a poner de manifiesto que Estados Unidos continúa siendo la potencia económica más resistente, flexible e innovadora del mundo. Durante décadas, hablar de guerra en Oriente Medio equivalía a anticipar inflación desbocada, desplome del crecimiento y crisis de balanza de pagos en las economías importadoras. A principios de marzo, el consenso keynesiano estimaba para Estados Unidos una inflación derivada de la guerra de Irán «superior a la de 2021» y cercana al 6,5%. Se equivocaron.

El peso del petróleo sobre la producción y el consumo de las economías avanzadas se ha reducido drásticamente gracias a la eficiencia energética, la electrificación parcial, la mejora tecnológica, el liderazgo de Estados Unidos –hoy mayor productor de petróleo y gas natural del mundo– y el menor peso relativo de la industria pesada. La economía mundial sigue expuesta a la volatilidad energética, pero el impacto es mucho menor… y decreciente.

Irán se ha disparado en el pie y, como dice un buen amigo experto del sector petrolero, dentro de poco el estrecho de Ormuz no servirá ni para hacer surf. Irán nunca entendió lo que la OPEP aprendió hace años. Usar el petróleo como arma definitiva contra las democracias occidentales es firmar tu sentencia de muerte.

No es casualidad que ningún socio de la OPEP haya seguido la estrategia suicida del régimen iraní. Ellos saben que deben ser el suministrador más flexible, competitivo y adaptable para seguir siendo relevantes. El régimen iraní ha firmado su irrelevancia estratégica y energética a futuro al presentarse como un suministrador no fiable, dispuesto incluso a destruir infraestructuras de sus socios del Golfo como rabieta del matón que se descubre sin capacidad de amenaza y desenmascarado.

En realidad, cuanto más ha apostado Irán por un modelo extractivo, corrupto y parasitario, más vulnerable se ha hecho a cualquier interrupción del comercio, a las sanciones y a los vaivenes del mercado.

El caso iraní es paradigmático. La economía del país depende directa o indirectamente en más de un 80% de los ingresos vinculados al petróleo, pero carece de diversificación, de seguridad jurídica y de acceso a capital y tecnología para amortiguar una crisis. Además, es un régimen parasitario que usa la renta petrolera para financiar su estrategia destructiva y terrorista en todo el mundo. En ese contexto, una alteración severa del comercio exterior no castiga primero a Estados Unidos o Europa, sino al propio régimen que hizo del petróleo su única fortaleza.

Irán no sufre solo una crisis coyuntural, sino un deterioro estructural acelerado por la guerra y por décadas de mala gestión. Estimaciones recientes apuntan a una inflación disparada al entorno del 115%, la destrucción de unos cuatro millones de empleos y una contracción del PIB cercana a 70.000 millones de dólares en apenas semanas, equivalente aproximadamente al 15% de su economía. A ello se añaden daños directos de miles de millones, trece sectores industriales gravemente afectados y un riesgo creciente sobre las importaciones de alimentos básicos.

La moneda iraní refleja esa descomposición con claridad. El rial se ha desplomado más de un 90%, hasta niveles que convierten los salarios en ingresos reales miserables, con una pérdida total de confianza en la divisa nacional por parte de los propios iraníes. Los desequilibrios de Irán vienen de años de despilfarro de la renta petrolera en aventuras expansionistas y terroristas: crisis energética, infraestructuras envejecidas, cortes de electricidad, sequía, aparato estatal hipertrofiado y una economía cada vez más asfixiada por la represión y la corrupción.

Estados Unidos, reforzado

La propaganda insiste en que el régimen aguanta. También lo hace la dictadura de Cuba, porque no les importa la miseria ni la represión de su gente. La evidencia del fracaso iraní es el colapso económico, la irrelevancia estratégica en la OPEP y el error de cerrar internet para intentar ocultar el desastre que ha generado el propio régimen, dejando claro que Ormuz no era su arma letal, sino su talón de Aquiles.

Frente a ese panorama, Estados Unidos sale reforzado. La economía norteamericana mantiene una combinación que ningún otro competidor del G8 ha logrado replicar: tamaño, innovación, flexibilidad empresarial, profundidad financiera, capacidad de atraer capital y una base energética que reduce su vulnerabilidad ante los shocks externos. La inflación no ha subido al 6,5%, sino a menos de la mitad; la economía crece en torno al 2,6% interanual, los salarios reales netos mantienen poder adquisitivo, se crea empleo a niveles pre-pandemia y el dólar se ha fortalecido como moneda de reserva global.

La conclusión de esta crisis es incómoda para quienes siguen analizando el mundo con esquemas del siglo XX. El petróleo no ha dejado de ser importante, pero ha dejado de ser un arma infalible contra Occidente. La economía que verdaderamente se rompe no es la estadounidense ni la europea, sino la de un régimen que confundió renta petrolera con chantaje estructural y coerción política con prosperidad. La gran noticia económica de este episodio es que, igual que ocurrió con la guerra de Ucrania, se confirma el agotamiento del arma de las materias primas como amenaza sistémica universal.

La libertad económica y la competencia han vuelto a ganar a las dictaduras parasitarias. El régimen de Irán es hoy un fracaso en todos los sentidos. Estados Unidos y Europa, Occidente en su conjunto, a pesar de sus desafíos, vuelven a salir fortalecidos.

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