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El trilema de la energía en Europa o cómo arruinarse sin conseguir nada a cambio

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Por Domingo Soriano en Libre Mercado

Las políticas de la UE no han alcanzado ninguno de los objetivos buscados: ni precio, ni fiabilidad, ni reducción global de emisiones.

Los trilemas están de moda. En economía y en política, al menos, menudean en los últimos años. A los académicos les encantan, por esa idea que transmiten de que no se puede tener todo, hay que elegir la opción menos mala y debemos priorizar asumiendo que siempre habrá un coste. Del dilema clásico, que es más sencillo porque al fin y al cabo sólo implica escoger entre dos opciones, pasamos al trío de alternativas excluyentes: querríamos tenerlas todas, pero sólo podemos alcanzar dos y hay que optar por cuál dejamos caer.

En política energética, por ejemplo, el trilema más repetido es aquel que plantea escoger entre:

  • Precio
  • Seguridad y fiabilidad de suministro
  • Reducción de emisiones

Los políticos europeos nos dijeron que era posible cuadrar el círculo y mantenernos apoyados en las tres patas. Pero hace ya tiempo que quedó claro (y no sólo por la Guerra en Ucrania) que eso no es cierto.

  • Si uno se centra en conseguir precio+fiabilidad, tendrá que tirar de carbón y petróleo si hace falta, con lo que dejará de lado la política verde.
  • Si escogemos fiabilidad y menos emisiones, será a costa del precio. Seremos más verdes y no tendremos apagones, pero la energía será (mucho) más cara.
  • Si nuestra alternativa es combinar precio y medioambiente, lo que sufrirá es la seguridad en el suministro: bien porque dependeremos de países poco fiables para la obtención de materias primas o porque la falta de inversiones y el peso en el mix de fuentes de energía intermitentes (renovables) no nos permitirán garantizar que siempre que pulsemos el interruptor la bombilla se encienda.

Hasta aquí la teoría. Lo que nos deberían haber explicado en los últimos años. ¿Qué queréis? ¿Energía más verde y 100% fiable? Pues la tendréis que pagar y no será barato, porque necesitaréis tecnologías de respaldo, una red redundante, grandes inversiones… ¿No estáis dispuestos a hacer esfuerzos por el lado del precio y tampoco queréis arriesgar en términos de suministro? Entonces no seréis tan verdes como dicen vuestras pancartas.

En Libre Mercado, creemos que si hay que dejar a un lado uno de los tres puntos de la lista, está claro que debe ser el tercero. Por un lado porque ya lo estábamos consiguiendo sin hacer nada (hace décadas que las emisiones en términos de PIB generado se reducen; incluso en términos absolutos también lo hacen en los países más ricos de Europa), pero también porque la emergencia climática es menos emergencia de lo que nos han contado. No tanto porque las temperaturas suban o no, como por (i) el impacto global que tendría que Europa reduzca todavía más sus emisiones; (ii) porque no tiene en cuenta la capacidad de adaptación del ser humano a ese aumento de las temperaturas; (iii) porque si queremos reducir emisiones a medio plazo, lo mejor es desarrollar tecnologías que lo logren de forma barata y para eso hace falta crecimiento económico (un crecimiento que será mayor si tenemos energía barata). Además, creemos que hay una tecnología que, con algunos matices por el lado de los costes, podría ayudar bastante a lograr el tres en raya: la nuclear.

Pero este planteamiento situó a los que lo defienden en la marginalidad más absoluta. En el relato político-mediático dominante, los que apoyaban esta solución al trilema eran una mezcla de malvados demonios medioambientales, a los que les gustaría que todo el continente fuera una especie de gran fábrica humeante, y peligrosos lunáticos pro-nucleares que no tienen reparos en poner a la humanidad en riesgo de acabar en un escenario a lo walking dead.

Cero de tres

Enfrente, ¿qué ha logrado la política energética europea? Decimos «política» y no mercado, porque la competencia y la iniciativa privada nunca funcionaron en este sector. Pues un llamativo cero de tres. Ni precio, ni fiabilidad y ni siquiera medioambiente.

– Precio: el gas natural en Europa es siete-ocho veces más caro que en EEUU. No «siete u ocho dólares» más caro o un 7% más caro. ¡¡Siete-ocho veces más!! El Henry Hub (éste es el curioso nombre del precio de referencia del gas natural en EEUU) cerró julio con un precio medio de 7,28 dólares por millón de BTU (British Termal Unit; los datos aquí, en la web del banco de la Reserva Federal de San Luis). Mientras, en Europa el precio del gas natural era de 51,15 dólares por millón de BTU. Hablamos de precios medios en julio porque son los últimos que tenemos, pero todo apunta a que en agosto la brecha si acaso ha seguido creciendo.

Una disparidad de precios de este calibre en una commodity es una anomalía. Y sí, es verdad que en parte se explica por los precios del transporte y regasificación de un producto muy complejo. Pero la clave no es ésa, sino ¿por qué Europa no tiene gas y tiene que traerlo de fuera? En el siguiente epígrafe, algunos datos llamativos.

– Fiabilidad: en el apartado de fiabilidad en el suministro ni siquiera tendríamos que recurrir a demasiadas cifras. Las medidas que los gobiernos europeos han tomado en las últimas semanas son la mejor prueba de que no se ha conseguido. Si tenemos que racionar el consumo de energía (y, como decimos, todavía no hemos visto nada) es porque no hemos sido capaces de lograr una seguridad energética como la que nos prometieron.

Por ejemplo, la ratio de dependencia energética (proporción de importaciones respecto al consumo) ha crecido en los últimos veinte años en la UE (del 56,3 al 57,5%) a pesar de la enorme inversión en renovables (aquí, los datos de Eurostat para el período 2000-2020). Este año la atención está puesta en Rusia, que es el principal proveedor de materias primas para la UE: el 24% de la energía que consumimos llega desde allí. Esto quiere decir que más del 40% de las materias primas energéticas que importamos desde fuera de la UE son rusas. Pero si uno mira la lista del resto de proveedores de petróleo o gas natural para la UE, tampoco es que el resto tranquilice demasiado: quitando a Noruega y EEUU, lo que aparece son regímenes de lo más diverso: Argelia, Qatar, Nigeria, Libia, Arabia Saudí, Kazajstán…

Está claro que hay un elemento geográfico relevante: Europa es un continente rico, con industria y al mismo tiempo con una cierta escasez de materias primas. Pero también hay una política seguida de forma consciente, aunque quizás sin valorar las consecuencias: por ejemplo, la producción de gas natural se ha reducido a la mitad en la última década, siguiendo una tendencia que comenzó en los años 90. Como nos explicaba Manuel Fernández Ordóñez hace unas semanas en Economía Para Quedarte Sin Amigos: «Hace 15 años Europa producía más gas del que exportaba Rusia». Hemos dejado de extraer y de buscar.

¿Consecuencia? Más dependencia energética del exterior y más dependencia de las renovables, que tienen una parte buena en forma de menos emisiones, pero son menos fiables para garantizar la seguridad de suministro. Por cierto, un apunte: ¿de dónde vienen las materias primas para los molinos de viento o los paneles solares? Lo preguntamos porque es verdad que si tienes un parque de energía eólica en tu territorio, eso está a salvo de sátrapas extranjeros. Pero para la producción de nuevos parques podemos estar repitiendo los mismos errores del pasado.

– Medioambiente: al menos, pensarán algunos llegados a este punto, en lo que sí ha sido líder Europa es en reducción de emisiones, que era el objetivo principal (o eso nos dijeron) de sus políticos.

Y la respuesta es que sí, pero con matices. Primer matiz, ¿debía ser el objetivo principal o el último de la lista? Como decíamos antes, creemos que aquí ha habido un problema de prioridades.

Pero es que incluso si fijamos el cambio climático y las emisiones de CO2 como baremo para determinar el éxito de una política, está claro que no se está logrando. Es verdad que Europa está reduciendo sus emisiones de CO2, pero también lo es que lo estaba haciendo desde antes de que comenzaran a aplicarse los objetivos políticos relacionados con el calentamiento global. A cambio, a nivel mundial las emisiones siguen creciendo (aunque cada vez a una tasa menor, que parece indicar que podríamos estar cerca del pico de emisiones).

Y eso es lo relevante y lo que nos debería importar. Qué más da (si el problema son las emisiones globales) qué tú lo hagas bien si el vecino no te sigue. De hecho, podría ser incluso contraproducente, porque si la economía global se inclina hacia los países más contaminantes, la pérdida de peso de Europa puede provocar males mayores de los que su política industrial-energética quiere combatir. Por eso, en este punto la doble pregunta es:

  • ¿De qué sirve que Europa reduzca sus emisiones si el resto del mundo no lo hace? De muy poco para el clima: incluso los informes oficiales del IPCC reconocen que si sólo Europa cumple con sus objetivos (y está por ver que lo logre) la reducción de temperaturas a nivel global sería de apenas unas décimas (quizás ni eso) a final de siglo. A cambio, ese esfuerzo individual y solitario podría dañar la economía del Viejo Continente.
  • ¿Cómo podría Europa lograr que en otros continentes varíen sus patrones de producción-consumo-emisiones? Parece claro que los grandes acuerdos y cumbres del clima no sirven de mucho. La mejor receta sería tecnología e innovación: el día que sea más barata la electricidad renovable que el carbón, no hará falta ninguna cumbre para que todos los países se conviertan en verdes.

Por si esto fuera poco, en lo que tiene que ver con las emisiones, estamos viendo como muchos países, con Alemania a la cabeza, recuperan tecnologías muy contaminantes (por ejemplo, reabriendo centrales de carbón), ante el corte de gas ruso. Es decir, que en el momento en el que el trilema precio-seguridad-medioambiente se ha planteado de forma cruda, nos hemos olvidado de nuestras promesas climáticas.

En pocas ocasiones ha habido más consenso político, mediático y social respecto a un tema. Hemos seguido una política coherente y unificada. Nuestros líderes nos dijeron que el resultado sería energía más barata, independencia energética y mejoras en la lucha contra el calentamiento global. Y no lo han logrado. De las tres patas del trilema energético, Europa no ha asegurado ninguna. Este invierno, sus ciudadanos serán plenamente conscientes de hasta qué punto ha llegado ese fracaso.

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