La eliminación de Héctor Guerrero Flores, el “Niño Guerrero”, no es un episodio aislado ni un trofeo más para Southcom; es algo más complejo y delicado. Me refiero al desmantelamiento progresivo del Estado criminal en Venezuela y a todo lo que implica esta reciente acción, llevada a cabo en el estado Bolívar.
Lo primero que comunica esta operación es una certeza ineludible para quienes la habían desestimado: Estados Unidos persigue a sus enemigos hasta encontrarlos y llevarlos ante la justicia. No importa cuán profundo sea el escondite ni cuán densa sea la red de protección que los rodea. Lo vimos con Maduro, finalmente llevado ante el tribunal de Nueva York; ahora lo hemos visto con el Niño, abatido en su propio refugio. El mensaje es menos retórico que geográfico. Ningún territorio funciona como un santuario indefinido una vez que la voluntad política y la capacidad operativa se alinean.
El segundo mensaje es más sutil, aunque no por ello menos poderoso. El arma decisiva para desmantelar las amenazas criminales no es la fuerza en estado puro, sino su combinación inteligente con la disuasión. La fuerza resuelve un caso aislado; la disuasión transforma las expectativas sobre el futuro. Así es como ha operado la administración Trump en Venezuela: mediante acciones quirúrgicas cuyo valor reside tanto en el objetivo alcanzado como en la incertidumbre que generan. Hoy, cualquiera que sospeche tener alguna deuda con la justicia estadounidense pasa sus días mirando al cielo. Y no precisamente porque esté rezando. Esa mirada hacia arriba —esa nueva y ansiosa relación con el firmamento— es la materialización física de la disuasión. El miedo, bien distribuido, logra lo que mil misiones no podrían.
Pero hay un tercer mensaje, uno que puede perderse entre el anuncio mismo. Detrás de cada acción repentina y decisiva se esconde un trabajo previo y silencioso de inteligencia, coordinación, planificación y ejecución: meses, a veces años, de paciencia invisible. La operación que acabó con el Niño no fue improvisada. Y, sin embargo, la parte verdaderamente difícil comienza después.
Tras la huelga, llega una tarea aún más intensa y compleja, pues lo desestabilizado debe estabilizarse, el territorio liberado reordenarse, las instituciones debilitadas recuperarse y el Estado de derecho restablecerse, paso a paso. Esta segunda fase es lenta, ingrata y carece de titulares. Pero es la única que transforma una victoria táctica en un éxito estratégico. Charles Tilly nos enseñó que la guerra creó el Estado y el Estado creó la guerra; el desmantelamiento de un Estado criminal exige el proceso inverso, y es infinitamente más difícil construir que derribar.
Cuando un sistema de poder es reemplazado por otro, no basta con eliminar a los líderes; debe llevarse a cabo una transición planificada, dirigida por personas que comprendan estos asuntos. El Estado criminal no se desvanece con la muerte de sus dirigentes: se fragmenta, muta, busca nuevos huéspedes. Sus estructuras son fluidas —se adaptan al recipiente que las contiene— y, por ello, se resisten a soluciones puramente cinéticas. Descabezar una organización fluida sin diseñar el canal que ordenará el vacío es invitar a otra a ocupar el molde. La transición es, precisamente, el arte de diseñar ese canal.
Y vale la pena prestar atención a una señal que pasó casi desapercibida entre el bullicio: el Arco Minero también ha entrado en transición. No se trata de un detalle menor. Durante años, el Arco fue el corazón económico-territorial del Estado criminal, el lugar donde el oro, la geopolítica y la violencia se fusionaron en una sola economía de saqueo. Que este espacio comience a transformarse significa que el desmantelamiento ha dejado de afectar solo a los hombres y ha empezado a alcanzar las estructuras. Es allí, en la conversión de los territorios capturados en naciones gobernadas, donde realmente se decidirá el futuro.
La caída del Niño cierra un capítulo y abre otro, mucho más exigente. El primero se gana con audacia; el segundo, con método, instituciones y tiempo. Venezuela ha aprendido —a un precio altísimo— que destruir lo que oprime es solo la mitad del trabajo. La otra mitad, la que no genera titulares pero decide destinos, apenas comienza. Y esa mitad, como todo lo que realmente importa, no se resolverá mirando al cielo.


