Hay cosas difíciles de destruir, una de ellas, la fabricación de semidioses. El proceso es artesanal, endógeno y funciona con la regularidad que los suizos envidiarían. Se toma una persona, cualquiera sirve, con voz potente y vocación de bronce, se pule hasta eliminar toda aspereza humana, se coloca sobre un pedestal, y se procede a la idolatría colectiva.
Padecemos, como pocos pueblos, el culto enfermizo a la virilidad impoluta, alzando caudillos, para luego, descubrir el fango en sus botas. Cuentas bancarias en paraísos fiscales; placeres y costosas satisfacciones; testaferros gozando lo escondido; pactos insalubres de madrugada cortejados de satisfacciones; alegrías culinarias bañadas de color ambarino, rojo, y la promesa de redención que escondía una estafa. Y el pueblo, él mismo que construyó el podio, lo derriba con la furia que es, en el fondo, la ira contra sí mismo por haber creído. El ciclo dura, lo que tarda la estatua en oxidarse. Dos siglos llevamos en eso.
La vida privada es sagrada, el pasado, una vez enterrado, permanece en la tumba, proclaman con curiosa hipocresía las almas bien pensantes, gremio que jamás ha escarbado en lo ajeno excepto cuando lo hacen, que es siempre. Hurgar en el pasado es bajeza, morbo, periodismo amarillista, a menos, que la persona en cuestión sea adversario político, en cuyo caso el estudio del expediente se convierte en un deber cívico, ejercicio democrático y servicio a la nación. La coherencia, es un lujo que Venezuela no puede permitirse.
La verdad no se encuentra en los comunicados oficiales de conciencia, vive en armarios oscuros, cajones húmedos, olvidados, valores que no debieron cobrarse y cartas que jamás convinieron escribirse. El humano no es un ángel de mármol, es una criatura de ambiciones, deseos, miedos y contradicciones. Todos lo saben. Nadie lo dice. Y en ese silencio cómplice, Venezuela ha producido una colección envidiable de ídolos de recinto, bares y cafés. Impolutos en la foto de campaña, turbios en el proceder, adorados, demolidos, olvidados hasta cuando llega el próximo fabricado en serie.
Hay algo casi sobrenatural en la capacidad para la desmemoria. En Macondo, los insomnes perdían la memoria y pegaban carteles para recordar sus nombres. En Venezuela el proceso es inverso, recordamos el sucio en los zapatos del otro y olvidamos, con una facilidad que desafía la neurología, el propio. La deuda de juego del abuelo no existe; la habladera de pendejadas del creído intelectual es inteligencia; la cobardía del soldado condecorado es envidia; la quiebra fraudulenta del empresario modelo es malentendido; la mentira del político honesto fue circunstancia; el affaire de la tía ilustre, brincona y rochelera es historia antigua que no se debe resucitar. Esas pequeñas grietas, que no derriban a la persona; lo humanizan, lo hacen real. Sin embargo, el pecado del adversario, merece investigación forense, tribunal internacional y monumento a la vergüenza.
Un héroe sin mancha es un concepto inútil. No inspira, intimida. Susurra mezquindades, que el ciudadano jamás alcanzará su altura, que más vale quedarse quieto y aplaudir. Pero un historial de errores y aprendizaje de ellos; los que fallan y sepan por qué; caído y levantado, conocido el fango y logrado arrastrarse hasta la luz, tienen algo que decir, “fui como tú, y, sin embargo, aquí estoy”. Esa es la pedagogía que produce demócratas en lugar de feligreses, pero Venezuela ha preferido fieles, le sale más barato hasta que no lo son.
Lo que se reclama no es el escándalo gratuito, el linchamiento digital, o la inquisición pública; circo de quienes confunden guillotina con justicia. Eso no es historia, es intriga de la mala. El historial de gobernantes no debería ser para el escarnio estéril, sino materia prima para la introspección.
Se demanda coraje para la transparencia, valor de rendir cuentas, valentía de asumir que todos tenemos un detalle que preferiríamos quemar u olvidar. La grandeza no consiste en no tener manchas, está en tenerlas y no permitir que nos definan. Muchos de referencias impecables resultaron mediocres; otros, con expediente, son gigantes. El carácter no se forja en la limpieza, se fragua en la adversidad, en el error reconocido, en la humillación digerida y convertida en criterio. La reseña que todos tienen y nadie muestra es, a menudo, el mapa de una batalla perdida que enseña cómo ganar la guerra.
El rescate de Venezuela no empezará cuando aparezca el líder sin tacha, que nunca habrá, no existe, sino cuando un pueblo juicioso mire el expediente completo del país y su historia, sin lágrimas ni vítores, y pueda decir: “esto fuimos, esto no queremos ser, de aquí partimos”. Mientras no aceptemos que el poder se ha ejercido con manos manchadas, y que la mancha no está solo en el otro sino en la complicidad de callar, alabar y mirar hacia otro lado, seguiremos condenados al péndulo sinsentido, absurdo, entre adoración y odio; confeccionando semidioses para luego derribarlos.
El barro es el precio que se paga por tener pie. Y tenerlo es, el primer paso para caminar. Una sociedad que entierra sus historiales está condenada a repetirlos. Y los que niegan los suyos caminan sobre un suelo que, tarde o temprano, cederá. Aunque en Venezuela, hay que admitirlo, marchamos en círculos, construyendo para derrumbar.
@ArmandoMartini


