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Bonsáis de cristal: La Dictadura del capricho, por José Ignacio Gerbasi (@jgerbasi)

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Hubo un tiempo, no tan lejano, en el que el hogar no funcionaba como una democracia participativa de asamblea permanente, sino como una monarquía absoluta donde la jerarquía se aprendía mucho antes que el abecedario. En aquel ecosistema de supervivencia doméstica, la voz y el voto no eran derechos humanos inalienables de nacimiento, sino dividendos que se cobraban tras haber aportado algo al bien común o, al menos, tras haber demostrado que se podía sobrevivir al silencio impuesto por la autoridad materna. Era una psicología de la escasez y el respeto vertical, donde aquel legendario «Cállese la boca» no era un trauma en potencia para ser debatido en terapia veinte años después, sino una lección magistral de ubicación temporal y humildad existencial. Sin embargo, en el clima actual, parece que hemos invertido el orden de los factores y, por ende, alterado peligrosamente el producto final. El padre moderno, ese ser que vive en un estado de disculpa perpetua y terror existencial ante la mirada de sus hijos, ha transformado la crianza en un servicio de atención al cliente personalizado, una especie de conserjería de hotel cinco estrellas donde se le consulta a un infante que apenas domina sus esfínteres qué desea cenar, a qué rincón del planeta quiere ir de vacaciones o, en el delirio máximo de la posmodernidad, bajo qué taxonomía animal o identidad de ciencia ficción desea ser reconocido antes del desayuno.

Desde una óptica clínica y casi forense, esta horizontalidad forzada está produciendo «bonsáis emocionales»: seres estéticamente impecables pero con raíces de plastilina, diseñados para ser admirados en vitrinas y no para resistir una tormenta de verano. Al extirparles quirúrgicamente el roce con el «No», les estamos negando el desarrollo del callo psicológico, esa costra necesaria que protege el alma de las infecciones de la realidad. Lo que hoy llamamos con horror sacrosanto «bullying», en aquel entonces funcionaba como un gimnasio social clandestino y no regulado; una materia del pensum que, aunque cruel, te enseñaba a leer el entorno con la precisión de un radar. La adversidad obligaba a una metamorfosis creativa: el que no era brillante se volvía un prestidigitador del ingenio, convirtiendo la burla en un escudo de humor tan afilado que terminaba en un escenario o, para desgracia pública y estadística, en una silla presidencial. El que era el «gordo» de la clase no tenía un comité de ética que lo defendiera; tenía que decidir entre pulir sus puños o afilar un sarcasmo tan letal que nadie se atreviera a toserle cerca. Eran mecanismos de defensa naturales que hoy hemos sustituido por protocolos de cristal y burbujas de gel, ignorando que la resiliencia no es un software que se descarga en una tablet, sino un músculo que solo crece cuando se desgarra un poco bajo el peso de la vida real.

El verdadero surrealismo de esta «feria de identidades biodegradables» estalla cuando la identidad deja de ser un proceso de maduración para convertirse en un menú a la carta donde la biología es opcional y el capricho es ley. Ver a padres claudicar ante la ocurrencia de un hijo que decide ser un therian o un cuadrúpedo de raza mixta, por el pánico paralizante de «dañar su esencia», es el síntoma definitivo de una sociedad que ha confundido la apertura mental con la lobotomía del sentido común. No es empatía, es una negligencia bañada en azúcar; es dejar a un niño a la deriva en un océano sin orillas porque nos da miedo ponerle un faro. Estamos entregando al mundo una generación que sabe exigir sus privilegios con la precisión de un abogado de la Ivy League, pero que se desmorona ante la primera crítica de un jefe o el primer «No» de una pareja. Al final del día, la verdadera psicología no es la que alfombra el camino para el niño, sino la que calza al niño para que pueda caminar sobre las piedras. Quizás sea hora de recordar que el amor de un padre no se mide por cuántos deseos concede, sino por cuántas verdades incómodas es capaz de sostener frente a su hijo para que, cuando la vida le dé un puñetazo —porque se lo dará, y sin previo aviso—, sepa cómo devolver el golpe con una sonrisa cínica, un poco de elegancia intelectual y seguir caminando.

Vamos por más…

@jgerbasi

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