Dubra, Ban y Gus
Publico esta carta porque el espacio público se defiende visibilizando la ética del mundo privado. Comparto la tesis del español Javier Roiz en su libro El gen democrático: la democracia no se sostiene solo con la ingeniería de leyes, la arquitectura de las instituciones o los procedimientos electorales; depende del mundo interior del ciudadano: su memoria, empatía, deliberación y coherencia entre pensar y actuar. De allí que no haya separación entre lo íntimo y lo social, como plantea la politología tradicional. Llevo esta conversación a la plaza pública porque la resistencia al autoritarismo empieza al mostrar el examen de conciencia que cultivamos en el hogar.
Les escribo «del mismo amor ardiendo», expresión de San Juan de la Cruz utilizada por Armando Rojas Guardia como título de su primer poemario. Nombrar al poeta no es azar; fue un autor que trabajó su espíritu y lo expuso como obra de arte. Su reflexión sobre su orientación sexual, sus opciones religiosas y poéticas, y sus padecimientos mentales —asuntos absolutamente reservados— lo condujo a una disección profunda sobre el país y la sociedad contemporánea. Comparto ese horizonte intelectual.
Les pido perdón por el país que les heredo. En estas líneas voy a explicarles por qué. Cuando era niño, crecí escuchando a un extraordinario comunicador social e influencer llamado Renny Ottolina. En su último programa de televisión, al decidir participar en política, dijo:
«Estoy convencido de que el retorno del país a sí mismo no puede ser sino a través de su conciencia. A través de su conciencia como país. Resiento el que un líder extranjero me diga a mí, como venezolano, cuál es el camino. Recuerdo perfectamente bien que nuestro país nació diciendo: ¡Por aquí! No quiero que nadie venga a estas alturas a decirme por dónde es. Creo firme y ciegamente que Venezuela nació para ser líder y decir cuál es la senda, y no para seguirla».
Esas palabras no eran un arranque aislado; reflejaban el esfuerzo histórico de generaciones. A comienzos del siglo XX, desde España, Rómulo Gallegos publicó Doña Bárbara. Cuentan que el dictador Juan Vicente Gómez, tras leer la novela, concluyó que su autor no podía estar en su contra y lo nombró senador por el estado Apure, territorio donde se desarrollaba la trama. Gallegos rechazó públicamente el cargo, se opuso al régimen y marchó al exilio para combatirlo. Un buen maestro se reconoce por los alumnos que forma, evaluación solo posible décadas después. Gallegos fue el mentor espiritual de la Generación del 28. Sus discípulos desafiaron la tiranía y se convirtieron en los políticos que fundaron los partidos, y en los intelectuales, artistas y científicos que edificaron la democracia de 1958. Ese proceso condujo a una sociedad capaz de pensar una nación como la que describía Renny.
Yo nací en ese país. Soy fruto de ese empeño. Estudié en una parroquia popular, en Coche, en un liceo público. De mi curso se graduó en la universidad más del setenta por ciento en distintas carreras: medicina, administración, química, derecho, sociología, veterinaria e ingeniería; otros se hicieron deportistas profesionales. En 1985, en representación de la juventud venezolana, al lado de una compañera cuyo nombre olvidé, y junto al hoy doctor Ángel Oropeza y al recordado periodista José Visconti, le dije al papa Juan Pablo II:
«Nos comprometemos a vivir auténticamente, y dondequiera que estemos, los valores de Jesucristo: el amor, la justicia, la igualdad y la fraternidad; nos comprometemos como Iglesia a ser agentes activos para la evangelización integral de nuestro pueblo y construir desde ahora la nueva sociedad que tú nos reclamas».
Me dediqué al estudio y llegué a ocupar un alto cargo en el área de investigación de nuestra Universidad Central de Venezuela, dirigiendo el Centro de Investigaciones Postdoctorales junto a sus fundadores en el comité académico. He publicado libros y artículos. Alguien, desde una mirada exterior, podría evaluarme como un hombre exitoso. Está equivocado. Ni cumplí mi compromiso juvenil ni, como maestro, formé a una generación transformadora. Quienes poseemos mayor información y formación somos más responsables que quienes ignoran. Les pido perdón porque toda mi vida en Venezuela viví como un idiota. Idiota, en su acepción original, es aquel que desconoce de qué trata lo público.
Les pido perdón porque soy de la generación que transformó esa patria en una colonia. Una colonia es, por definición, un territorio despojado de su condición de soberano; es decir, un espacio donde sus habitantes han perdido la capacidad de autodeterminación. El soberano es aquella entidad que posee autarquía: la potestad suprema y el principio último de legalidad y decisión sobre la vida colectiva, sin subordinación ni dependencia de un poder extranjero.
Les ejemplificaré por qué lo que les heredo es una colonia. En el siglo XVIII venezolano, el soberano era el rey de España: lo era porque en él residía la exclusividad de la decisión política superior. Había representantes de la Corona en Venezuela que gobernaban la sociedad —unos de manera más eficiente que otros—, pero todos debían obediencia vertical al monarca. Precisamente, se les llama libertadores a nuestros patriotas porque rompieron esa cadena de subordinación, desobedecieron al soberano extranjero y reclamaron para el ciudadano el derecho absoluto a decidir cómo gobernarnos.
Cuando Dinorah Figuera afirma que actúa en nombre de la institucionalidad de la Asamblea Nacional de 2015, ¡Miente! Un espacio institucional legítimo está conformado por representantes electos para expresar las distintas visiones del país agrupadas en partidos políticos. Representar esa institucionalidad significaría que los diputados de 2015 y sus organizaciones se hubiesen reunido para acordar su regreso del exilio y su interlocución con Jorge Rodríguez. Pero eso jamás ocurrió.
A la señora Figuera la convocó el Gobierno estadounidense y le encomendó la misión de pactar con Rodríguez; llegó en representación de los intereses de Washington, usando el título de presidenta de aquella Asamblea. Del mismo modo, fue recibida por el presidente del Parlamento oficialista, no por un acuerdo soberano de ese cuerpo legislativo, sino en cumplimiento del mismo mandato exterior. Ninguna de las facciones representa a los venezolanos: ambas obedecen a un poder extranjero.
Por otro lado, los partidos de la Asamblea de 2015 —excepto Un Nuevo Tiempo y el Movimiento por Venezuela— se reunieron en Panamá y delegaron esa interlocución en María Corina Machado. Esta decisión fue rechazada por Estados Unidos, que impuso en su lugar a Dinorah Figuera. Las dirigencias locales no se opusieron al decisor; obedecieron con argumentos ad hoc.
De la misma forma, con la misma sonrisa edulcorada que se regaló el premio nobel, toda la dirigencia, sin excepción, obedeció cuando el poder extranjero decidió, el 4 de enero de 2026, que las elecciones del 28 de julio, donde se expresó la soberanía popular a través del voto no se reconocieran. Todos, sin excepción, celebraron —y lo continua haciendo— un plan de tres fases del que solo conocen los subtítulos: es la actitud del siervo. ¡Obedecer sin deliberar!
Ese mismo poder fáctico ejecutó estrategias de guerra contra el narcotráfico, aplicando la pena de muerte sin juicio previo; la ralea zalamera felicitó. La ley es lo que dicta el extranjero; ¿la constitución?, papel de baño. Como ven, queridos hijos, actores de posiciones distintas o irreconciliables, reflejados en Jorge Rodríguez, Dinorah Figuera y María Corina Machado, terminan confluyendo en la misma subordinación.
Dirigen lo político y deciden sobre nuestros recursos naturales «por nuestro propio bien». El argumento imperial es siempre el mismo: los colonos están mejor subordinados. Habrá elecciones, tal vez construirán una «bella constitución», pero solo para decidir quién administrará la colonia. Unos lo harán mejor que otros, hasta que una generación adquiera autoconciencia y libere a Venezuela. «Por ahora», parece haber un consenso mayoritario en aceptar la servidumbre.
Amados, obedezcan únicamente a su propia razón. Si un poder pretende esclavizarlos en la vida ordinaria, hagan frente. Hay dos maneras de asumirlo: una es como la de Jesús, quien se dejó matar por la fidelidad a su pensamiento y, aun muriendo como un esclavo, se hizo rey porque poseía autonomía y coherencia absoluta entre el pensar y el actuar, sin doblegarse jamás ante el poderoso; la otra es como la de nuestros libertadores, recurriendo a la guerra. ¡Nunca de rodillas! ¡Nunca doblen la cerviz! Sigan mis palabras, pero no mis ejemplos, porque no soy merecedor de imitar. Nadie les entregará una verdad semejante; solo quien los conoce y los ama desde las entrañas.


