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Es lo que es

Chevron, Venezuela y Samaniego, por Luis A. Pacheco

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“Esta leche vendida,
en limpio me dará tanto dinero,
y con esta partida
un canasto de huevos comprar quiero,
para sacar cien pollos, que al estío
me rodeen cantando el pío, pío.

Del importe logrado
de tanto pollo mercaré un cochino;
con bellota, salvado,
berza, castaña engordará sin tino,
tanto, que puede ser que yo consiga
ver cómo se le arrastra la barriga”
La Lechera (fragmento), Félix María de Samaniego (1745-1801)

Una de las muchas cosas que debo a mi mamá es el valor que le dio a nuestra educación. Ejemplo de ello es el haber comprado, seguramente a plazos, a algún vendedor ambulante, la Enciclopedia UTEHA Para la Juventud1, suerte de Enciclopedia Británica “light” en idioma español y en la que mi mamá sin duda confiaba para que sus hijos fuésemos más “ilustrados”.

Eran 10 volúmenes, finamente impresos, que contenían trozos de historia universal, literatura, entre otras materias de cultura general. Aunque recuerdo poco de lo mucho o poco que leí, de tanto en tanto emergen de los recovecos profundos de la memoria fragmentos de esas lecturas de adolescente.

Todo esto viene a colación por la licencia concedida a Chevron por el gobierno norteamericano para retomar parte de sus operaciones petroleras en el país, y que disparó en mis neuronas recuerdos de una de las fábulas de Feliz María de Samaniego2, que sin duda leí en la enciclopedia, ya que hasta del grabado que la acompañaba me acuerdo: La Lechera.

En las postrimerías de 2022, la Oficina de Control de Activos Extranjeros (OFAC) del Departamento del Tesoro de los Estados Unidos emitió la Licencia General de Venezuela (GL) 41, que autoriza a Chevron Corporation a reanudar operaciones limitadas de extracción de recursos naturales en Venezuela. Esta licencia no fue inesperada, muchos habían trabajado para lograrla. En primer lugar Chevron, obviamente, pero también muchos en Venezuela incluyendo el régimen, que han considerado las sanciones a PDVSA y algunos de sus directivos como la causa principal de todos nuestros males, además de otros tantos que esperan beneficiarse de ella en el corto plazo. Es natural que el régimen de Nicolás Maduro se alegre con esta brecha parcial en el bloqueo que ellos mismos han construido. La licencia ha sido presentada como una victoria política del régimen a cambio de muy poco o casi nada.

No hay duda que para Chevron la licencia es una rendija por dónde empezar a salir del laberinto de acreencias con PDVSA. El haber sido “el último de los mohicanos” en un país cuya política petrolera está diseñada para espantar el capital “imperialista” y darle la bienvenida a socios políticos, ha sido una estrategia que pocos réditos le ha dado. La gerencia de Chevron le venderá esta “conquista” a sus accionistas como una pequeña reivindicación -ya veremos.

A juzgar por lo que uno escucha y lee en los medios, la licencia GL 41 ha generado en parte de la sociedad venezolana una entendible esperanza de que ello sea el comienzo de una recuperación económica que repita la misma secuencia que comenzó hace más de 100 años: más petróleo, mejor vida; y aún más importante, como el primer peldaño de la empinada escalera hacia un cambio político. Sabios y legos apuestan a que una nueva ola de inversión petrolera empuje la economía y que eso junto con el fin del aislamiento político que se ha autoimpuesto el régimen, reverdezca nuestras opciones de crecimiento.

En la fábula de Samaniego, la lechera va camino al mercado con su cántaro de leche a cuestas y en su febril mente va imaginado todo lo que va a poder a hacer una vez que obtenga las monedas de la venta: sueña en como el dinero obtenido de la venta de la leche tornará en huevos, estos en pollos que, una vez vendidos, transformará en cochino y así sucesivamente hasta comprar una vaca y un ternero.

Que el petróleo es una parte esencial  e inicial de cualquier recuperación económica es indiscutible, pero los tiempos han cambiado, y aún con petróleo, el de Chevron y el de otros por venir, la destrucción del aparato económico nacional es tal que nunca será suficiente. Si a esto le sumamos que la Licencia 41 es solo un pequeño oasis en el extenso desierto en que el socialismo del siglo XXI ha transformado la industria petrolera nacional, entenderíamos con más apego a la realidad el impacto que la actividad de Chevron puede tener en el corto y mediano plazo.

Muchos expertos nos dicen que la confrontación con el régimen no ha conducido a nada y aconsejan seguir la estrategia a la que apunta la Licencia 41 a Chevron como nuestra mejor opción para salir del actual atolladero. Eso puede ser, pero no olvidemos que la destrucción de la industria petrolera nacional -y de la economía en general- es consecuencia directa de las políticas implantadas por el socialismo del siglo XXI durante las últimas dos décadas. Muchas pueden ser las esperanzas, pero sin un cambio político es poco probable que estas conduzcan a hechos concretos sostenibles, sobre todo en la economía.

Chevron hará lo que esté a su alcance para recuperar la producción de los campos donde participa, con el objetivo de recuperar el dinero que le adeudan. Si las renovadas actividades de Chevron benefician a algunas comunidades, será más una consecuencia temporal que un objetivo de negocios de la Licencia 41 o de las que le puedan seguir; mientras que el régimen, como ya ha demostrado, seguirá atrincherado detrás de sus murallas ideológicas, posponiendo todo cambio -el cambio es su peor enemigo.

La Lechera de la fábula de Samaniego, ensimismada en sus sueños de futura riqueza, da un brinco, trastabilla y deja caer al suelo el cántaro de leche del que dependían sus sueños. Un cántaro de leche no es un campo petrolero, pero necesitaremos más de ambos para recuperar un país donde la batalla política nos ha dejado agotados y empobrecidos y pareciera  que listos para aceptar la tregua engañosa que nos ofrecen propios y extraños -hasta que se caiga el cántaro y hasta Chevron sea sorprendida.

“Con este pensamiento
enajenada, brinca de manera
que a su salto violento
el cántaro cayó. ¡Pobre Lechera!
¡Qué compasión! Adiós leche, dinero,
huevos, pollos, lechón, vaca y ternero.

¡Oh loca fantasía!
¡Qué palacios fabricas en el viento!
Modera tu alegría,
no sea que saltando de contento,
al contemplar dichosa tu mudanza,
quiebre su cantarillo la esperanza.

No seas ambiciosa
de mejor o más próspera fortuna,
que vivirás ansiosa
sin que pueda saciarte cosa alguna.
No anheles impaciente el bien futuro;
mira que ni el presente está seguro”
.


(1)Tomos I-X. Barcelona, Montaner y Simón, 1957. 10 vols. en 4º mayor. Paginación varia. Numerosas ilustraciones y fotografías en color y B/N.
(2)Samaniego, escritor vasco del siglo XVIII, es recordado por sus fábulas a la manera de Esopo, escritas en verso y con mensajes en forma de moraleja.

*Non-resident fellow at the Baker Institute Center for Energy Studies.

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