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Es lo que es

Comprendan a Trump de una vez

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Una convicción transversal recorre la opinión publicada española. Los progres, los liberales, las momias de la transición, los bufones tradicionalistas y las cuotas de la partitocracia, que fingen discutir en las tertulias dentro de un discurso monocorde socialdemócrata y buenista, en cuanto se pone sobre la mesa una frase de Donald Trump, abandonan sus diferencias aparentes y coinciden en la unanimidad. Todos ellos arrugan el labio o levantan el meñique y compiten por el insulto más ingenioso al presidente de Estados Unidos. A los más cínicos los hemos visto sentar cátedra, sucesivamente, de virólogos, kremlinólogos, estrategas militares, vulcanólogos, ingenieros ferroviarios y ahora groenlandólogos. En la prensa de papel aparece de vez en cuando la portada única; Trump desenmascara a la tertulia monocorde en la televisión.

Por: Pedro Fernández Barbadillo – Ideas de la Gaceta

¿Quién ocupa el Despacho Oval? ¿Un demente?, ¿un tipo con el cerebro nublado por el colesterol de las hamburguesas que ingiere?, ¿un matón que cree vivir en una película de Terminator? ¿O, la alternativa que pocos en Europa quieren admitir, de verdad hay un plan meditado en la Casa Blanca?

Hacer a América grande otra vez. Construir un muro en la frontera con México y obligar a pagarlo a los mexicanos. Subir aranceles al 100%. Calificar a la OTAN de anticuada y cara. Proponer a Canadá ser un nuevo estado. Llamar a Kim Jong-un enano y gordo. Lamentar que Putin se haya vuelto completamente loco. Especular con un tercer mandato. Acusar a Barak Obama y a Hillary Clinton de haber creado el Estado Islámico. Ofrecer a Dinamarca comprarle Groenlandia. Decir que le encanta el olor de las deportaciones por la mañana… Bien podemos resumir todas las fanfarronadas de Trump en una frase que han pronunciado, o al menos pensado, todos los líderes desde Julio César hasta él: “Nadie puede con nosotros”.

TEORÍA DEL «HOMBRE LOCO»

En mi opinión, Trump está llevando al frenesí la teoría del hombre loco, que inventó Richard Nixon, otro presidente republicano, durante las negociaciones para poner fin a la guerra de Vietnam, y recuperó el también republicano Ronald Reagan en los años 80 frente a los soviéticos. Los negociadores respectivos, el secretario de Estado Henry Kissinger, y el vicepresidente George Bush, decían a sus contrapartes que sus jefes estaban locos o eran incontrolables, por lo que les convenía ceder en algún punto para calmarle. La versión pasada por los salones de los palacios del truco de las salas de interrogatorios del policía bueno y el policía malo.

Y como ocurre con todo en el señor de Mar-A-Lago, esto se sabe desde hace años. Otra cosa es que los cabezas de huevo no le hayan prestado atención, dado que viven atenazados por el Síndrome de Trastorno de Trump, que ha alterado sus facultades mentales.

Es innegable que Donald J. Trump se ha convertido en el eje de la política mundial desde hace diez años. Sus tuits, sus anuncios y sus medidas repercuten en el mundo entero. Ningún otro presidente de Estados Unidos ha tenido semejante influencia. Pareciera que no le atan ni el espacio ni el tiempo.

Como un titán mitológico, está haciendo retroceder la ideología progresista y los planes de los globalistas. Ha retirado a Estados Unidos de la OMS y del Acuerdo de París sobre el timo climático. Está desmantelando la horrenda ideología de género, que fomenta la mutilación de niños y jóvenes; ha propinado el primer golpe al sacrifico humano del aborto; y está demostrando que se puede realizar la remigración que en Europa muchos piden y nadie aplica. Además, ganó tres elecciones. Le ha dado la vuelta al Partido Republicano para transformarlo en un partido para las clases trabajadoras. Ha escapado de varias conspiraciones tramadas por el Estado profundo, se ha divertido con la Prensa de Kalidá, a la que está hundiendo en prestigio y ventas, y ha sobrevivido a varios atentados. Sólo un portento de la comunicación y, además, con nervios de acero, podía levantarse después de ser herido por un tirador y gritar a sus seguidores: “¡Luchad!, ¡luchad!, ¡luchad!”.

Mientras tanto, los tertulianos españoles de centro-centrado, izquierda y derecha se limitan a presentarlo como un loco, un putero (¡los asalariados del PSOE!) o un títere de su yerno. Me recuerdan a los mismos historiadores progresistas que aseguran que el general Franco era un torpe cuya victoria en la guerra civil sólo se debe a que tuvo suerte.

UN DISCURSO EN 2016

Los volantazos y las bravuconadas de Trump tienen una explicación racional. Irrumpió en la campaña para la obtención de la nominación republicana para las elecciones de 2016 con un puñado de asuntos: frenar la inmigración y realizar deportaciones; drenar el pantano, en alusión a la corrupción del sistema político y empresarial (desde el sanitario al militar); y terminar con la serie de guerras interminables comenzadas en 2003.

En abril de 2016, pronunció un discurso de censura a la política exterior de Obama, ese premio Nobel de la Paz que bombardeó siete países durante su presidencia:

“Como nación, debemos ser más impredecibles. Somos totalmente predecibles. Lo decimos todo. Enviamos tropas. Se lo decimos. Enviamos algo más. Tenemos una conferencia de prensa. Tenemos que ser impredecibles. Y tenemos que ser impredecibles desde ahora.”

El hijo de Fred Trump no pierde el filtro en X, ni ha tenido una mala digestión, cuando dice que el gobierno danés, que colaboró con la Agencia de Seguridad Nacional de EEUU en pinchar los teléfonos de varios políticos europeos, se ha limitado a añadir un trineo tirado por perros para aumentar la defensa de Groenlandia. O que los somalíes, en vez de formar un país, “solo corren de un lado a otro, matándose unos a otros”. Es lo que quiere hacer. Y estoy convencido de que piensa durante horas las frases antes de pronunciarlas o escribirlas. Se trata de la planificación de la impredictibilidad.

En un mundo donde toda acción política está sujeta a una larga cadena de protocolos, normas, procedimientos, memorandos, llamadas de teléfono, reuniones y correos electrónicos, Trump usa las redes sociales y cualquier micrófono para provocar sudores fríos a sus rivales e ir consiguiendo sus objetivos. Una de sus citas es “Necesitamos líderes, no parlanchines”. Él ha mezclado el agua y el fuego, porque lidera mediante tuits. Quiere cincuenta, primero pide cien, luego exige doscientos… y al final se lleva cincuenta y una propina.

Por ejemplo, al lamentable presidente de Colombia, Gustavo Petro, lo calificó de ser “un líder del narcotráfico” y de “enfermo” y, después de una reunión en la Casa Blanca a principios de febrero, declaró que “nos entendemos muy bien”.  En el ínterin, Petro ha dejado de criticar la intervención en Venezuela y aceptado colaborar en la represión del narcotráfico, siquiera porque teme que él pueda compartir celda junto a Nicolás Maduro.  Por cierto, ¿alguien recuerda Gaza y el resort de lujo que Trump iba a construir allí?

LA ÉPOCA DE LA FRANQUEZA

Por supuesto, esta estrategia de negociación tiene riesgos en las relaciones con otros países, en especial con potencias nucleares, y sacude las bolsas y las campañas electorales foráneas. Pero las únicas ocasiones en que la humanidad ha estado a punto de precipitarse a una guerra nuclear no han ocurrido bajo el mandato de Trump.

También es cierto que los de Trump no constituyen un ejemplo de buenos modales, esos que se aprenden desde niño en las bodas que enlazan apellidos compuestos y hectáreas y luego se cubren de un barniz de elegancia en los consejos de administración. Incluso a mí me han parecido desagradables los menosprecios del presidente a los caídos que tuvieron otros miembros de la OTAN en Afganistán, cuando fue Estados Unidos quien invocó el artículo 5 del Tratado del Atlántico Norte. Pero así de cínica es la diplomacia. Lo que antes ocurría en salas cerradas, ahora sucede ante todos nosotros. ¿No querías transparencia, creyentes en la democracia? Pues aquí la tenéis.

Aunque los líderes admirados por la pandilla de los delicados no eran tampoco un dechado de virtudes. El alcohólico Churchill no vaciló en arruinar países neutrales para derrotar a Alemania en las dos guerras mundiales. El vanidoso De Gaulle traicionó a todos quienes le auparon al poder, en 1944 y 1958. Y las democracias entregaron a Stalin la Polonia por la que fueron a la guerra contra Hitler. Por ahora, Trump no ha arrojado a los lobos a sus antiguos camaradas ni ha bombardeado a sus aliados.

Usted y yo, querido lector, vivimos por nuestros pecados en una provincia del Imperio de las Barras y Estrellas, la poblada no por los más corajudos, ni los más inteligentes, ni las mujeres más hermosas, sino por los súbditos más idiotas, que han vendido su lealtad al último y más despiadado partido socialdemócrata que sobrevive en el continente europeo. ¡Negra suerte la nuestra, condenados a vagar, sin caballo ni coche diésel, por la reserva progresista del mundo occidental! Al menos disfrutemos, con un enorme cuenco de patatas fritas, del espectáculo que nos ofrece Donald Trump.

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