La seguridad es una necesidad humana fundamental que trasciende lo físico y penetra profundamente en nuestra dimensión psicológica. La manera en que percibimos los riesgos no solo determina nuestras reacciones inmediatas, sino que configura patrones de comportamiento social complejos que tienen el poder de transformar a naciones enteras. Sobre este aspecto he escrito en varias oportunidades y buena parte de mis ideas al respecto están contenidas en un post que titulé Seguridad cerebral.
El ser humano ha desarrollado mecanismos de supervivencia basados en la anticipación del riesgo. Nuestra percepción de seguridad opera como un sistema de alerta que procesa constantemente señales del entorno, interpretando potenciales amenazas. Este proceso, fundamentalmente evolutivo, nos ha permitido sobrevivir como especie, pero en el contexto actual con altos niveles de incertidumbre, la “lectura” racional de los riesgos puede resultar difícil. Cuando experimentamos una sensación de inseguridad, nuestro cerebro activa respuestas que van más allá de la simple evaluación objetiva del peligro. Se desencadenan reacciones emocionales que potencialmente pueden modificar significativamente nuestras decisiones cotidianas: desde elegir rutas para desplazarnos hasta decidir si salimos o no de nuestra casa.
Teniendo en cuenta esta condición de nuestra naturaleza, los medios de comunicación y las redes sociales juegan roles críticos como constructores de la percepción colectiva de seguridad. La capacidad para amplificar, seleccionar y contextualizar información les otorga un poder casi narrativo sobre nuestra comprensión de los riesgos. La cobertura mediática, así como la información que se propaga por las redes no son necesariamente un reflejo de lo que ocurre, sino que en este mundo globalizado y complejo tienden a convertirse en una construcción que opera magnificando o minimizando determinados aspectos de los hechos, cubriéndolos así de interpretaciones muy subjetivas que sesgan nuestra capacidad de determinar la realidad. Existen una gran cantidad de ejemplos en los que un delito aislado puede ser presentado de tal manera que genere la impresión de una amenaza generalizada, provocando así un estado de alarma social que no necesariamente corresponda con las estadísticas objetivas.
El problema del sesgo comunicacional siempre ha estado presente en los medios, la diferencia es que, actualmente, ante las posibilidades infinitas de transmisión de mensajes, la información puede ser convertida con mucha facilidad en un arma para generar miedo, y a partir de allí, moldear comportamientos en la población. Para este propósito se utilizan diversas estrategias orientadas a modificar las percepciones de seguridad. Entre las que conozco e identificado voy a enunciar cuatro particularmente relevantes:
- Repetición y Dramatización: La reproducción continua de noticias sobre violencia crea una sensación de omnipresencia del peligro. Las imágenes impactantes, los titulares dramáticos y la cobertura exhaustiva de eventos traumáticos contribuyen a generar un estado de ansiedad colectiva.
- Espectacularización del Riesgo: Se priorizan las historias con mayor carga emocional, dejando de lado análisis contextuales que podrían ofrecer una comprensión más equilibrada de los fenómenos sociales.
- Narrativas de Vulnerabilidad: Se construyen relatos que enfatizan la indefensión de los ciudadanos, reforzando la idea de que el peligro es constante e impredecible.
- Catastrofismo: Se tratan de noticias relatadas desde la perspectiva desmoralizadora, en la cual todo está consumado y ya no quedan alternativas para evitar o neutralizar las amenazas.
Toda esta dinámica además va acompañada de un grado extremo de saturación mediática orientada a minar la mente del individuo, con el fin de autolimitar sus movimientos, reduciendo la interacción social y el uso del espacio público. Por otra parte, el miedo erosiona la confianza interpersonal, debilita los lazos sociales e instala la cultura del aislamiento. El corolario es que con una percepción constante de amenaza las fuerzas represivas no consiguen resistencia porque es el ciudadano quien termina demandando acciones de control más estrictas, incluso a costa de sus libertades civiles.
En tal sentido, es fundamental desarrollar una mirada crítica que nos permita contrastar permanentemente la información que se propaga por redes y medios con la realidad y sus cifras estadísticas. De la misma forma, resulta indispensable comprender el contexto social de los eventos para poder combatir la manipulación de los mensajes a través de respuestas documentadas y críticas, manteniendo siempre las capacidades para realizar evaluaciones racionales de los riesgos del entorno.
Uno de los objetivos de la seguridad es preservar la capacidad individual y colectiva para la interacción social, protegiendo que el espacio público se mantenga abierto y activo. Se trata de no sucumbir ante narrativas del miedo que pretendan moldear nuestro comportamiento y sostener la autonomía y posibilidad de construir comunidades resilientes.
Estamos en tiempos en los cuales la percepción de seguridad es un fenómeno dinámico donde convergen factores psicológicos, sociales y comunicacionales. Los medios y redes han dejado de ser simples narradores, para convertirse en verdaderos configuradores de nuestra experiencia colectiva del riesgo. Depende ahora de nuestra conciencia para discernir el ruido de las señales verdaderas.
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