Por Simón Armas
En política, los símbolos se forjan tanto por la acción como por la reacción que generan. Desde enero de 2025, el régimen de Nicolás Maduro ha desplegado contra María Corina Machado un operativo sostenido de persecución y propaganda, diseñado para acallarla y desgastar su liderazgo. Sin embargo, el resultado parece ser el opuesto: la dirigente se ha convertido, incluso para sectores no militantes, en un mito de resistencia.
El aparato oficialista ha cometido un error clásico en la guerra política: demonizar a su adversario hasta transformarlo en héroe. Las palabras de Diosdado Cabello —asegurando tener “información muy clara” sobre su paradero y describiéndola como “protegida”— no solo intentan sembrar miedo, sino que certifican su relevancia. En el imaginario popular, el régimen no despliega semejante aparato de vigilancia contra dirigentes inofensivos.
Cada alocución en su contra, cada rumor sobre su clandestinidad, cada acusación de “terrorista” proyecta a Machado como el enemigo político más temido por el chavismo. Y, en un país donde la narrativa de David contra Goliat resuena profundamente, esa imagen se traduce en capital simbólico: una mujer desarmada enfrentando a un Estado que la quiere silenciar.
Esta dinámica no es nueva. La historia venezolana y latinoamericana muestra múltiples casos donde la represión termina alimentando el mito. Lo que parece un golpe de fuerza contra el adversario se convierte en un certificado de su peligrosidad para el poder y, por tanto, en una validación de su liderazgo.
Y es ahí donde el chavismo comete su error más grave: al intentar borrar a Machado del tablero, la está grabando a fuego en la memoria colectiva. En su afán por destruirla, podrían estar escribiendo, sin saberlo, el primer capítulo de la crónica de su propia derrota.
*Sociólogo


