Desde la sede de la Asamblea Nacional con un crucifijo en una mano y la foto de Hugo Chávez en la otra, con la voz entrecortada y la promesa solemne: “A más tardar el viernes están todos sueltos”.
Por: Benito Camelot para MFM
Ese mismo viernes 6 de febrero, frente a los calabozos de la Zona 7 de la Policía Nacional Bolivariana en Boleíta, Jorge Rodríguez protagonizó una escena que el oficialismo vendió como gesto histórico de reconciliación: abrazó a una mujer que lloraba después de la promesa.
Las alarmas saltaron. Minutos después, los familiares que llevan semanas en vigilia lo desmontaron todo.
“Esa señora no la conocemos, nunca la habíamos visto aquí”. El Comité por la Libertad de los Presos Políticos y varios testigos directos lo confirmaron en redes: era una militante chavista infiltrada para generar la imagen deseada.
El propio Rodríguez lo vendió en VTV como acto de humildad: “No me gustan los presos”, dijo, y pidió “perdón” por las detenciones. El contraste con su propio historial es brutal.
Durante años, el mismo hombre que hoy se presenta como redentor negó con sorna la existencia misma de presos políticos. En diciembre de 2016, ante las denuncias por las guarimbas, declaró sin titubear: “Aquí no hay presos políticos, hay gente que cometió delitos como incendiar y asesinar”.
Esa fue la línea oficial durante toda la era Maduro: “políticos presos”, “delincuentes”, “terroristas”. Nunca una autocrítica, nunca una duda.
Y cuando no negaba, se burlaba con ese tono cínico que lo caracteriza. En mayo de 2024, durante una marcha en Nueva Esparta, arremetió contra la oposición:
“Son unos arrastrados. Los gringos les dicen ‘pide sanciones’ y piden. Son una vergüenza para esta tierra libertaria…”
En 2015 ya los llamaba “rastreros” e “inaguantables”. La oposición era, para él, un coro de vendidos, una vergüenza nacional, gente que solo obedecía órdenes de Washington. Nunca mereció diálogo, nunca mereció respeto. Solo desprecio público.
Hoy ese mismo personaje se para frente a madres y esposas que han dormido en la calle durante semanas, les promete libertad “entre el martes y el viernes” y monta un abrazo con una actriz de reparto.
El cinismo no desapareció: simplemente cambió de disfraz. Antes era la burla descarada; ahora es el teatro de la reconciliación calculada, justo cuando el régimen necesita oxígeno internacional y una Ley de Amnistía que ellos mismos redactan y controlan.
Porque si realmente hubieran querido reparar el daño, no habrían esperado 25 años de represión para “pedir perdón” con un crucifijo prestado.
Habrían liberado a todos sin condiciones, sin listas secretas, sin montajes. Habrían reconocido que sí hubo presos políticos, que sí hubo tortura, que sí hubo familias destrozadas.
En cambio, ofrecen un show. Un abrazo falso. Una promesa con fecha de caducidad. Y siguen creyendo que el país se traga el mismo circo de siempre.
La pregunta que queda flotando en Boleíta, y en miles de hogares venezolanos, es la misma de siempre: ¿cuánto más?


