Ha sido su día mas presidencial en cuatro meses de vértigo, en que un día llega a Caracas la Encargada de Negocios de USA a reabrir la Embajada, otro llega el Sec. de Energía, otro llega el primer vuelo de AA y al siguiente se anuncia que ya rebasamos el 1.2 MBD de producción petrolera.
Por supuesto, todo está ligado, y nada es fortuito, aunque mucho si sea afortunado. Y todo está conectado por la Historia y la Geografía, dos categorías que definen la política de todo país, que siempre fue, en parte, geopolitica, pero que estos tiempos globalizados, es mera y puramente geopolítica.
Y por esa mezcla es que, al acudir a la audiencia en la CIJ, Delcy Rodríguez subió el rango de su Presidencia (E) por arriba de muchas diatribas sobre legitimidad, ideología, fecha electoral y otros asuntos, relevantes si, pero ninguno de ellos tan capaz de unir a toda Venezuela como nuestro reclamo Esequibo.
En esa audiencia en la CIJ, la política nacional se unía exigiendo justicia para Venezuela desde esas dos vertientes que hacen que un pueblo se convierta en Nación, que esa Nación tenga Alma de Patria y que esa Patria, en nuestro Hemisferio Occidental, adopte las formas jurídicas elevadas de una República, es decir una sociedad de hombres libres, que definen ellos la manera de gobernarse a si mismos mediante instituciones que protegen y garantizan la Libertad de todos, alejados de toda forma de hegemonía.
Tomándola en cualquier acepción, Venezuela como Nación, como Patria y como República, ella reclama desde la geografía, desde la historia y desde la Ley que ese territorio al oeste del río Esequibo nos pertenece y que el laudo arbitral de París, que pretende despojarnos de el, es irrito, pues fue una tramoya burda, hecha a espaldas de un país indefenso en un momento muy precario de su vida republicana, en que unos caudilletes militares hacían desguace de sus instituciones. Las memorias del juez Mallet Prevost aportan una contundencia irrefutable a la denuncia venezolana de aquella tramoya.
Esa larga lucha Venezuela contra el despojo de Laudo de París tuvo su punto, por ahora, más alto, en 1966 cuando Venezuela pudo nada menos que doblarle el brazo a la poderosa Inglaterra, al lograr que esta admitiera, con su firma y obligando a firmar a Guyana antes de concederle su independencia, que el Laudo de París tenía severos cuestionamientos y que había un controversia muy bien fundada de Venezuela, que obligaba a ambas naciones, Guyana y Venezuela, a encontrar una «solución mutuamente aceptable» El Presidente era Leoni, el canciller, Ignacio Iribarren Borges, el Embajador en Londres, Hector Santaella; a la firma viajó una delegación con representantes de la pluralidad política de Venezuela, entre ellos, Luis Herrera Campins y Jaime Lusinchi, que luego serían, cada uno, elegido Presidente de la República. Años después, en Caldera 1, el gobierno firmó el llamado de Protocolo de Puerto España, que dejaba en suspenso en el Acuerdo de Ginebra, pero todas las fuerzas políticas, esta vez incluidos los comunistas, rechazaron la aprobación parlamentaria del Protocolo y se acuerparon en torno a la vigencia del Acuerdo de Ginebra como el único instrumento jurídico para resolver la controversia causada por aquella barrabasada contra Venezuela, fechada en Paris, en 1899.
Ese hito, que unió a toda Venezuela en 1966, la vuelve a unir cuando se invoca su vigencia absoluta e irrenunciable en la audiencia de la CIJ este 11 de Mayo. De nuevo nos une la geografía y la Historia, y nos debe favorecer la geopolítica, cuando tenemos la inteligencia mínima de entenderla, porque no es lo mismo para los intereses de Venezuela ir a la CIJ enfrentado y sin relaciones con los Estados Unidos que ir, como fuimos ayer, como la nación amiga y aliada del país líder del hemisferio occidental, al que pertenecemos indisolublemente Venezuela y Guyana, obligados, por el Acuerdo de Ginebra, y tambien por la Geografía y por la Historia, a lograr entre ambos «Un solución mutuamente aceptable».
La mirada unida de Venezuela, que se posaba sobre la sala de la audiencia cuando la Presidenta reclamaba justicia y negaba la competencia de la CIJ en una controversia cuyo tratamiento está definido en el Acuerdo de Ginebra, puede también posarse sobre otros actos acá, vinculados a conceptos y valores que atraviesan transversalmente el alma nacional. La Libertad es uno. La Paz y el Progreso son otros. El Acuerdo de Ginebra nos ofrece muchas lecciones, y también oportunidades. Ojalá, ese espíritu de la Haya se exprese también acá adentro en otros actos de Unidad Nacional.
Agustín Berrios.
Caracas, 12 de Mayo de 2026


