En la bitácora de las naciones, llega un instante insoslayable en el que el destino abandona los salones del poder para depositarse sobre los hombros del ciudadano. En Venezuela, el momento ha llegado. No con el estruendo explosivo, sino con la herramienta más temida por la autocracia, la voluntad libre expresada en el voto. La próxima contienda no es una simple cita administrativa; es un desafío directo, audaz y existencial al statu quo que ha sumido en la miseria a una tierra bendecida por la providencia. La soberbia, es anatomía de una derrota negada.
Mientras observamos en cercanía la inusitada concentración de poder estadounidense, no hay que confundirse. La verdadera y definitiva beligerancia, la que definirá el alma de la República, no se librará en espacios bélicos, sino en la conciencia indomable de cada venezolano que acuda al sufragio. El mundo observa contenido, porque la derrota de esta tiranía trasciende fronteras.
Demasiado tiempo soportando a profetas del apaciguamiento e iluminados de la claudicación. Aquellos que, emulando la ceguera de Neville Chamberlain en 1938, insisten en que firmar un papel con el tirano es suficiente para conjurar la tormenta. La historia es tozuda, ceder terreno ante regímenes que han hecho del oprobio su razón de ser no trae paz, agiganta la guerra y oxigena al opresor.
Presenciamos la tentación constante de conformarse con migajas, liberaciones selectivas de rehenes políticos, promesas de apertura económica y ofrecimiento de una mejora social que nunca vienen acompañadas de libertad y democracia. Cuidado con caer en esa trampa mortal. Las transiciones genuinas, como la española o chilena, no se contentaron con limosnas. Exigieron hitos verificables y, sobre todo, comicios auténticamente libres, justos y transparentes, para desmantelar la dictadura.
¿A qué statu quo nos enfrentamos? A una estructura criminal que convirtió la prosperidad en ignominia, vergüenza y deshonor; una alianza siniestra entre la tiranía local y potencias foráneas que parasitan nuestra debilidad. Es la doctrina descarada de quienes, al no poseer legitimidad, utilizan la fuerza para imponer una estulta revolución fracasada sobre cadáveres de la esperanza.
Pero los tiranos olvidan una lección esencial, los pueblos no nacieron para la servidumbre. El espíritu humano, encendido por la llama de la libertad, resiste las peores adversidades. Los venezolanos han soportado lo inimaginable, hiperinflación, persecución, éxodo desgarrador, tortura y un sinfín de malos etcéteras, con una entereza que asombra al mundo libre. Un patético espectáculo de la tiranía, por lo que corresponde dar el paso definitivo.
Venezuela cuenta con un activo invaluable, liderazgo democrático con autenticidad y moralidad incontestable, cimentada en la voluntad popular abrumadora del 28 de julio de 2024, cuyo resultado fue escamoteado mediante trampa, robo y coacción. Esa legitimidad de origen es el arma más preciada de la libertad.
Quienes pretenden orquestar una «transición» cosmética, limitándose a cambiar la fotografía en el despacho presidencial mientras colectivos armados imponen terror y la justicia continúa secuestrada, preparan una farsa. Sería una traición imperdonable a los ciudadanos que han soportado estoicos el peso del despotismo.
Las ventanas de oportunidad histórica se cierran con un deslizamiento imperceptible, un contrato petrolero aquí, una licencia allá, el olvido diplomático. Cuando reaccionamos, el portazo ha sonado y la oscuridad se ha reinstalado. El momento de actuar es ahora, no cuando resulte cómodo a la burocracia internacional.
No hay atajos. Recuperar la libertad exige sacrificio, trabajo y arrojo inquebrantable. Lo que está en juego es el principio de que la democracia no es una concesión graciosa de los poderosos, sino un derecho inalienable. Es decidir si permitimos que el eje de la barbarie se consolide, o si decimos basta.
El cadáver arrogante se niega a morir. Es la hora cero de la República, lo que viene es una elección entre la dignidad y el oprobio. La farsa de la normalidad terminó, llegó el despertar ciudadano; y leguleyos interesados que se oponen con artilugios, reformas constitucionales ilusorias y cuanta pendejada se les ocurre para entorpecer, fracasarán
A los venezolanos, cuando llegue el momento, acudiremos a las urnas. Que su voz retumbe y demuestre que el espíritu de libertad está intacto. A quienes tienen la posibilidad de inclinar la balanza desde el exterior, no malgasten esta rendija de oportunidad. Permitir que se cierre sin asegurar elecciones libres, con observación plena y garantías totales, es simple complacencia.
Cuando muchos se inclinan ante la bestia, un puñado de ciudadanos decidió no arrodillarse jamás. Venezuela es, hoy, ese manojo inquebrantable de mujeres y hombres libres.
@ArmandoMartini


