A Nicolás Maduro, Diosdado Cabello, Vladimir Padrino López y la cofradía que los sostiene.
A ustedes —a quienes andan con linternas buscando una mujer en un edificio y confunden una embajada con un país—: llegaron tarde a la pregunta y equivocaron la dirección. No se busca a un país en una puerta ni a una mayoría en una alfombra. Ustedes insisten en una embajada; la democracia no cabe en una dirección postal. Cabe en el pecho y en la mesa donde se parte el pan.
¿Dónde está María Corina?
Está donde ustedes no mandan. En la geografía secreta de la dignidad. Está en cada hogar que rehúsa acostumbrarse a la humillación; en la olla que alcanza porque la vecina compartió; en la libreta que una maestra sigue usando aunque su salario no pague el pasaje; en cada aula que abre dos veces por semana y aun así enseña a los niños a sumar futuro; en cada recibo que denuncia el saqueo eléctrico y en cada farmacia vacía que recuerda que la ideología no cura. También en cada cola que se volvió reunión de país, en cada mercado donde el menudeo no borró la dignidad, en cada pasaporte con sellos de ida y en el plan secreto del regreso; en las manos que levantan sábanas blancas, papagayos tricolores y la palabra “paz” sin pedir permiso.
Está en cada embajada que defiende la democracia y en cada consulado moral que son las casas de familia, los templos y los comedores populares. Y en los escritorios donde se firman cartas que amparan vidas. Está en la voz de los que documentan, firman actas, guardan copias, suben videos y convierten el miedo en expediente; en las universidades que quisieron vaciar, en los hospitales donde todavía queda humanidad, en las catedrales, iglesias y capillas donde un coro pide libertad con el mismo tono con que se pide pan. También en la frontera, donde su negocio se codea con el crimen y aun así hay soldados que, en silencio, se juraron a la Bandera y no a sus caprichos; y en Colombia, Perú, Chile, Argentina, España, Estados Unidos, donde la diáspora aprendió a extrañar trabajando y a querer volviendo.
¿Dónde está María Corina?
Está en la ley que ustedes llaman amenaza, en la justicia que llaman injerencia y en las pruebas que llaman conspiración; en una mayoría cívica que aprendió a organizarse sin gritos, a resistir sin balas y a vencer sin pedir venia. Ustedes fantasean con un asalto a la embajada americana: no lo harán, no cruzarán esa línea, la conocen. Porque el costo no es un trending topic: es su futuro, aunque sea tras las rejas. La buscan con drones y rumores, con “fuentes” y micrófonos dóciles; pero no se esconde quien está en todas partes: está en la agenda de cada demócrata serio, en la espera de cada preso político, en la mirada —sí, esa que no pueden censurar— de cada madre que decide no irse, en el inventario moral de un país que se negó a odiarse y en el contar del tiempo que les queda. Allí late el pulso del día que viene.
Está aquí, en la respiración del país que despertó; en la certeza de que el poder no es una lámpara sino un servicio, no un botín sino una responsabilidad; en cada “no” que les frenó una fechoría y en cada “sí” que abrió camino a la transición. Ustedes la quieren en un sótano: ella eligió estar en todas las azoteas. La quieren en un pasillo sin ventanas: ella decidió ser ventana. La quieren en un rumor: ella es el coro. Y cuando el rumor se disuelva como sal en agua, y pregunten otra vez “¿dónde está?”, la respuesta será la misma, pero más alta: Está donde siempre estuvo la república: con su gente. Y su gente ya decidió. No hay cerrojo para esa decisión.