Vía Versión Final
Lo ocurrido con Víctor Hugo Quero no es un error burocrático. No es una confusión administrativa. No es un simple exceso de funcionarios. Es una violación brutal de derechos humanos propia de una administración criminal que ha convertido el aparato del Estado en una maquinaria de persecución, silencio y miedo.
En cualquier país donde existan instituciones reales, alguien asumiría responsabilidades políticas inmediatas. En cualquier democracia funcional, la desaparición de un ciudadano bajo custodia estatal, su muerte en prisión y su entierro clandestino sin notificar a la familia provocarían renuncias, investigaciones independientes y una conmoción nacional.
Pero Venezuela ya no vive bajo parámetros normales.
Mientras Carmen Navas, una mujer de 82 años, recorría cárceles, tribunales y oficinas públicas buscando a su hijo, el Estado venezolano ya sabía —o tenía la obligación de saber— que Víctor Quero estaba muerto. Aun así, distintas instituciones siguieron negándolo, ocultándolo o simplemente abandonando a una madre a la desesperación.
Hoy el país descubre con horror que aquel hombre al que buscaban desde enero de 2025 terminó enterrado bajo una tumba marcada con una hoja de papel. Diez meses después de su muerte, el Gobierno admite los hechos. Diez meses después aparecen las condolencias oficiales. Diez meses después pretenden cerrar el caso como si bastara un comunicado frío para limpiar la dimensión monstruosa de lo ocurrido.
No basta.
Quero no es un número más dentro de las estadísticas del horror venezolano. No es un expediente archivado. No es una pieza descartable dentro de los laboratorios políticos del poder.
Era un venezolano.
Un hijo.
Un padre.
Un hombre que terminó engrosando la nefasta historia de violencia, torturas, desapariciones y muerte que persigue a la élite gobernante desde hace años.
Y frente a eso, el país merece respuestas.
¿Qué le responde hoy el ministro Diosdado Cabello a la señora Carmen Navas?
¿Qué le responde a esa madre que sobrevivió al dolor, a las amenazas y al abandono institucional mientras buscaba desesperadamente el paradero de su hijo?
¿Qué le responde el Gobierno a una familia que tuvo que enterarse casi un año después de que su ser querido había sido enterrado?
¿Qué explicación puede existir para que organismos oficiales siguieran diciendo que Quero estaba recluido en prisión cuando ya llevaba meses muerto?
¿Quién ordenó callar?
¿Quién mintió?
¿Quién desapareció los rastros?
Porque aquí no hubo únicamente negligencia. Hubo encubrimiento.
Y cuando un Estado encubre la desaparición y muerte de un detenido bajo custodia oficial, estamos frente a un crimen que trasciende cualquier propaganda política.
El caso Quero además destroza el relato de supuesta reinstitucionalización que intenta vender el chavismo ante la comunidad internacional. Ningún discurso sobre estabilidad puede sostenerse mientras existan presos políticos incomunicados, denuncias de tortura, desapariciones forzadas y familias condenadas a mendigar información sobre sus seres queridos.
La misma estructura de poder que hoy intenta administrar daños es la que negó solicitudes, silenció denuncias y rechazó recursos legales elementales. Incluso la petición de amnistía presentada recientemente por la defensa de Quero fue negada cuando, según todo indica, el propio sistema todavía ocultaba que el detenido había muerto.
Y el caso no es aislado.
Venezuela acumula años de denuncias de organismos internacionales, informes independientes y testimonios de víctimas que describen un patrón sistemático de persecución y abusos dentro del aparato represivo del Estado. Sindicalistas, militares, dirigentes políticos, periodistas y ciudadanos comunes han terminado atrapados en procesos oscuros donde el debido proceso desaparece detrás de acusaciones de terrorismo, conspiración o traición a la patria.
Por eso este editorial no puede terminar con una frase tibia ni con llamados vacíos a la reflexión.
Sr. Diosdado Cabello: renuncie.
Asuma la responsabilidad política que exige un hecho de esta magnitud.
Porque mientras el poder continúe blindándose a sí mismo, mientras ningún alto funcionario responda ante tragedias como esta, mientras las madres venezolanas sigan buscando hijos desaparecidos dentro de cárceles controladas por el Estado, Venezuela seguirá hundida en una oscuridad incompatible con cualquier idea de justicia.
Y también hay preguntas inevitables para quienes desde el exterior observan este nuevo crimen de Estado.
¿Qué harán ahora los tuteladores de Washington?
¿Qué dirá la Casa Blanca frente a una nueva denuncia que vuelve a colocar a Venezuela ante los ojos del mundo como un país donde un detenido puede desaparecer, morir bajo custodia y ser enterrado en silencio?
Porque el caso de Víctor Quero no puede archivarse entre cálculos diplomáticos ni negociaciones geopolíticas.
Sobre esa tumba de papel pesa hoy una verdad imposible de esconder: en Venezuela el miedo sigue teniendo estructura de Estado.
Diosdado Cabello, usted es el responsable de esa muerte: ¡RENUNCIE!
Carlos Alaimo
Presidente Editor


