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Es lo que es

El abismo de los que disienten, por @ArmandoMartini

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En el pliegue de la historia, la luz de la justicia rara vez ilumina, pero el lamento de los olvidados siempre resuena. No hay mayor traición a la humanidad que normalizar el sufrimiento ajeno. Forzados al silencio por quienes idolatran el poder y castigan la fragilidad, los disidentes caen en el abismo de la indiferencia; mientras el mando, sin validación de obediencia voluntaria y respeto ciudadano discute abstracciones, goza del frívolo protocolo ceremonial, permitiendo insignificantes formalidades.

Personas con nombre, familia, sueños y dignidad son inhabilitadas, perseguidas, encarceladas y exiliadas. ¿Su crimen? Denunciar atropellos, defender la libertad y luchar por la democracia. ¿Su castigo? Tortura, prisión, ostracismo y el silencio de quienes deberían indignarse.

La dignidad humana no es negociable. Los derechos humanos no son un favor del Estado; son el cimiento de la civilización. Cuando se ignoran y la sociedad tolera su violación, entrega su esencia, siembra su propia decadencia y cava su tumba. La historia no juzgará a los pueblos por sus monumentos, sino por su humanidad. La grandeza de una nación no se mide por su riqueza o armas, ni se calcula por su PIB, sino por cómo trata a sus débiles. Si permitimos que la injusticia se vuelva costumbre, perderemos batallas legales; pero también el alma como sociedad.

Cuando un niño duerme en la calle, si comunidades son desplazadas por la violencia, si el pueblo padece hambre o si enfermos mueren sin medicinas, no es un «fallo del sistema», es un fracaso ético y moral. ¿De qué sirve una Constitución con principios nobles si se pisotea? ¿Qué vale la ley si solo protege al privilegiado? La injusticia no es un error, es el sistema funcionando como fue diseñado. Y persiste, porque beneficia a unos pocos, a los mismos que duermen serenos y sin remordimiento mientras otros agonizan.  

No es casualidad que sean los mismos sacrificados en nombre de la política o la economía. Sus derechos reconocidos en tratados y constituciones son violados con exceso e impunidad. ¿Dónde queda «todos nacen libres e iguales en dignidad» cuando un inocente se pudre en una celda sin juicio, o un pueblo huye de la muerte? No basta con denunciar, hay que exigir que se cumpla el deber sacro de proteger a las víctimas de la crueldad y la indolencia.

El poder, con su cinismo habitual, habla de “daños colaterales”, “ajustes necesarios” y “realidades duras”. Pero detrás de esos eufemismos hay rostros: el ciudadano decente, el obrero trabajador, el migrante sofocado, la madre que entierra a su hijo por extraños desafueros y sinrazones. La injusticia se perpetúa con acciones y silencios. Cada vez que un gobierno antepone el poder a la vida y la sociedad mira hacia otro lado se consuma un crimen contra la humanidad.

Los estadistas no son los que acumulan poder, sino los que alzan la voz por los que no tienen. Mandela, Luther King y Gandhi entendieron que la justicia no es utopía, sino un camino que se construye. Hoy, esa vía exige reparar lo irreparable, dar justicia, no limosna; ya es suficiente la impunidad, donde hay opresión debe haber consecuencias. La justicia tardía es justicia negada. Ningún progreso es real si no vemos al otro como igual.

No se avanza sin sentido común, con discursos vacíos, indignación pasajera o declaraciones incumplidas. La historia evidencia que los derechos se conquistan cuando la ciudadanía comprende que la pasividad es connivencia. La justicia no se ruega, se exige. La libertad no se mendiga, se defiende. Cada generación enfrenta una prueba, la nuestra es clara: ser espectadores del colapso moral, decoro, pundonor y respetabilidad, o ser la voz que lo reclama.

¿Cómo llamarnos civilizados si permitimos que el ser humano sea tratado como mercancía, estadística u obstáculo? La indiferencia es coautora y partícipe. El silencio, criminal. A los líderes: ¿dónde está su valentía y valor? A los ciudadanos: ¿dónde está su preocupación, disgusto y arrojo? A la comunidad internacional: ¿dónde están los mecanismos para hacer cumplir sus propias leyes?

Que las futuras generaciones no nos recuerden por nuestra cobardía, sino por el coraje de haber dicho ¡Basta! Es momento de actuar, exigir responsabilidades, porque mañana los silenciados podríamos ser nosotros. Y, como escribió Albert Camus -ensayista, filósofo y periodista argelino-francés-, «un hombre solo siempre es vencido, pero el pueblo unido cambia el mundo». 

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