Por Leonardo Coutinho
Todavía hay quienes tratan la geopolítica como si fuera un mapa de curiosidades: un lugar común para discursos, poco útil para la toma de decisiones. La edición más reciente del VRIC Monitor, producida por el Center for a Secure Free Society, hace lo contrario. En esta edición, llamada “Avoiding War”, el informe une tres puntos que parecían dispersos en el debate público (Groenlandia/Ártico, el Canal de Panamá y el Golfo de América) y muestra que forman un arco estratégico continuo. Quien controla, protege e integra ese arco garantiza no solo la seguridad de Estados Unidos, sino también la estabilidad de todo el Hemisferio Occidental y la estabilidad de la economía y la paz mundial.
Comencemos por el Canal de Panamá. Se trata de una obviedad olvidada. Alrededor del 6% del comercio mundial pasa por allí; para Estados Unidos, casi el 40% del tráfico de contenedores, o 270 mil millones de dólares al año, dependen de esa vía. Cuando el canal se traba, el mundo se queda sin aire. El VRIC Monitor documenta la creciente penetración china en el ecosistema del canal, como puertos en ambos extremos, presencia en la zona franca de Colón e influencia en instancias consultivas. En lenguaje simple: una infraestructura crítica, vital para las cadenas de suministro no solo de Estados Unidos, sino también latinoamericanas, está expuesta a presiones que van más allá de lo comercial.
Desde Panamá hacia el norte se encuentra el Golfo de América, corazón energético y logístico de Estados Unidos. Allí se produce cerca del 14% del petróleo crudo estadounidense y se concentra aproximadamente la mitad de la capacidad de refinación del país. Huracanes recientes mostraron cómo los choques en la región rápidamente se convierten en alzas de combustibles, cuellos de botella en las exportaciones e inflación. Ahora súmese a esto la actuación de rivales estatales y paraestatales que ponen a prueba el perímetro marítimo con inteligencia, guerra jurídica y sabotaje logístico. El VRIC Monitor llama a este riesgo el “dilema del Golfo”: bastaría un bloqueo o una interrupción combinada para exportar inestabilidad a todo el continente, desde el diésel del agronegocio brasileño hasta las corrientes de granos que cruzan el Caribe.
En el extremo norte del arco está Groenlandia y las rutas del Ártico. La “Ruta del Mar del Norte”, impulsada por el deshielo y la coordinación chino-rusa, dejó de ser una hipótesis académica: crece en volumen y en valor estratégico. Para Pekín, es parte del antídoto al “dilema de Malaca”, su talón de Aquiles logístico estratégico, que en parte ha retrasado una acción militar sobre Taiwán. Para Moscú, es un atajo logístico y un teatro de demostración militar. Para las Américas, es un nuevo flanco por donde adversarios pueden evadir las vigilancias tradicionales y proyectar poder en el Atlántico Norte, con reflejos directos sobre comunicaciones, cables, energía y comercio. Ignorar la disputa en el Ártico es dejar abierta la puerta principal del hemisferio.
El mérito del informe no es solo conectar puntos; es mostrar la lógica de la conexión. El arco de seguridad funciona como un sistema: si el Canal de Panamá falla, el costo-país se dispara; si el Golfo es presionado, los combustibles y los alimentos se encarecen; si el Ártico se abre sin contrapesos, los rivales ganan rutas, sensores y posiciones que “aprietan” el resto del arco. Por eso, “America First”, leído correctamente, no significa “América sola”. Cuando Estados Unidos blinda ese arco, estabiliza comercio, energía y flujos que sostienen la vida económica del continente y la paz global.
El debate terminológico en Washington ilustra el trasfondo. La decisión reciente de restablecer “Department of War” como título secundario del Pentágono, al enfatizar disuasión y preparación, no es semántica vacía. Es un mensaje estratégico: la paz se preserva con una postura creíble. Se esté de acuerdo o no con el gesto, lo que importa para las Américas es la consecuencia práctica: recursos, atención y alianzas dirigidas a impedir que el arco sea puesto a prueba por globos de vigilancia, puertos de “uso dual”, proxies y crimen transnacional.
¿Qué significa esto para América Latina? Tres tareas urgentes. Primero, gobernanza: revisar concesiones portuarias e infraestructura sensible, exigir transparencia societaria e incluir cláusulas de seguridad que impidan usos militares o de inteligencia camuflados en operaciones civiles. Segundo, resiliencia: diversificar rutas y capas (marítima, aérea y digital), invertir en redundancia energética y proteger cuellos logísticos con protocolos regionales de respuesta a desastres, ciberataques y sabotaje. Tercero, interoperabilidad: ampliar ejercicios y compartir información con socios democráticos.
La lección del VRIC Monitor es simple y dura: la disputa no es abstracta ni lejana. Ya cruza nuestras rutas, puertos y estanterías. El arco de seguridad no pertenece a un solo país; pertenece a la realidad que sostiene la prosperidad hemisférica. Quien lo desestima como “bravuconada imperial” confunde acción estratégica con propaganda y puede pagar el precio en inflación, desabastecimiento y vulnerabilidad política. Quien lo entiende como un sistema integrado de disuasión y cooperación, ese sí evita la guerra y garantiza la paz y la estabilidad que nos conviene a todos.
Leonardo Coutinho es autor y director ejecutivo del Center for a Secure Free Society (SFS), con sede en Washington, D.C.


