El ataché de negocios de EEUU que se creyó Vicente Emparan

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Por David Morán Bohórquez

La historia tiene una forma cruel de repetirse para aquellos que no la entienden. Así como Vicente Emparan, el último Capitán General español, se asomó al balcón del Ayuntamiento de Caracas en 1810 confiado en la invulnerabilidad de su cargo, el Encargado de Negocios de los Estados Unidos en Venezuela, John M. Barrett, parece haber tropezado con la misma ilusión desde la burbuja de su embajada. Al alabar la ‘eficiencia’ de los cuerpos de seguridad de un régimen que proscribe a líderes como María Corina Machado, Barrett no solo ha cometido un error de cálculo diplomático; ha traicionado los valores fundacionales de libertad que dieron origen a su propia nación, transformando su gestión en una crónica de irrelevancia anunciada.

La reciente actuación de John M. Barrett al frente de la misión diplomática en Venezuela no es un error de comunicación; es una falla estructural que encuentra su espejo más nítido en el pasado colonial. La conducta de Barrett resuena con un eco histórico inquietante y conocido: el de Vicente Emparan el 19 de abril de 1810. Al igual que el último Capitán General español, quien desde el balcón del Ayuntamiento de Caracas creyó que su autoridad era incuestionable y que el pueblo —absorto en sus propias carencias— seguiría aceptando su mando sin cuestionamientos, Barrett parece operar bajo la misma ilusión de invulnerabilidad burocrática.

La «error» de Emparan, además de su falta de información, tuvo base en su desconexión total con el pulso de una sociedad que ya había dejado de reconocer su legitimidad. Al asomarse al balcón esperando una validación que no existía, Emparan aceleró el desenlace que él mismo juraba controlar.

Barrett, un recién llegado que busca desesperadamente escalar peldaños en el Departamento de Estado mediante la adulación al ejecutivo, repite este error de cálculo. Confunde en el balcón de la entrevista a Univisión, la estabilidad aparente de los pasillos diplomáticos con el consentimiento de la calle. Al alabar la «eficiencia» de cuerpos de seguridad cuestionados, Barrett no está haciendo política; está intentando sostener un régimen impopular mediante una narrativa artificial que, como ocurrió en 1810, terminará colapsando ante la realidad del terreno.

La traición a los Padres Fundadores de EEUU

Este despliegue de oportunismo alcanza niveles de traición cuando se contrasta con la esencia de la Revolución Americana, la de su país. Mientras que figuras como Jefferson, Adams o Washington construyeron una nación sobre el rechazo frontal a la tiranía y la defensa innegociable de la participación ciudadana frente a la opresión del «Imperio» británico, Barrett asume una postura diametralmente opuesta. Su silencio cómplice ante la inhabilitación política y el impedimento de facto para que líderes como María Corina Machado ejerzan sus derechos fundamentales es una negación de los valores que dieron origen a su propio país.

Resulta irónico y profundamente perturbador que un representante del gobierno estadounidense ignore la exclusión de una líder que representa la voz mayoritaria de Venezuela, mientras celebra la «coordinación» de quienes ejecutan dicho asedio y despropósito. Los Padres Fundadores desafiaron al Rey Jorge III exigiendo precisamente lo que hoy se prohíbe en Caracas: representación y libertades básicas. Al validar a un sistema que proscribe a la oposición bajo el disfraz de una «estabilidad» operativa, Barrett no solo se distancia de la realidad de la calle, sino que coloca a la diplomacia de Washington en una posición éticamente indefendible. Ha preferido la comodidad de los despachos —el peaje verbal para no cerrar los canales de los contratos— por encima del legado de libertad que su bandera debería representar.

Al final, la historia es un juez implacable con los funcionarios que confunden su rol de representantes con el de operadores de conveniencia. John M. Barrett, en su ceguera, no comprende que la adulación al poder de turno, lejos de catapultarlo en el escalafón del Departamento de Estado, lo encamina hacia la irrelevancia.

Quienes observamos el presente con la perspectiva del pasado, no podemos evitar resaltar el abismo que separa a Barrett de una tradición diplomática estadounidense que, en tiempos de mayor rigor, estuvo representada por figuras de talla continental. Venezuela supo conocer la gestión de embajadores que, independientemente de la complejidad de los momentos, ejercieron su cargo con una visión de Estado y una presencia que respetaba tanto la realidad del país como los principios de su propia nación.

Nombres como George W. Landau, un diplomático de estatura ética y profesional, padre de Christopher Landau, actual Subsecretario de Estado de EEUU; Charles S. Wright; Otto Reich; William Brownfield; Patrick Duddy o Charles Shapiro encarnan una escuela de diplomacia donde el conocimiento del terreno, la firmeza en los valores y la capacidad de interlocución política estaban, por definición, muy por encima de la complacencia mediática que hoy observamos.

Aquellos hombres entendieron que representar a los Estados Unidos en Caracas exigía una autoridad moral innegociable, incluso en los momentos de máxima tensión. No necesitaban validar narrativas oficiales para ser escuchados, ni buscaban atajos burocráticos o validar contratos exprés opacos para justificar su existencia ante el Departamento de Estado.

Como sucedió con Emparan, que pasó a la historia no por sus títulos, sino por ser el catalizador de su propia caída al intentar sostener un sistema que el pueblo ya había superado, Barrett será recordado como el diplomático que, teniendo la oportunidad de defender la dignidad y la democracia, eligió la complicidad con la farsa.

Cuando la retórica se despega de la verdad, el diplomático deja de ser un representante de Estado para convertirse en un actor secundario de reparto. Y en la historia venezolana, los personajes que intentan sostener realidades ficticias terminan, invariablemente, siendo arrastrados por la marea de la historia, dejando tras de sí la amarga lección de que ninguna ambición de ascenso burocrático vale el sacrificio del prestigio y la autoridad moral de una nación amiga.

Escribo con agradecimiento a nuestros profesores de historia, quienes nos enseñan que el pasado siempre tiene un hilo en el presente

En X @morandavid

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