Es una máxima que he pronunciado en voz alta en más de una ocasión, y que la experiencia de una vida dedicada al servicio público no hace más que confirmar: «El Cementerio de los políticos está lleno de impacientes» (Wiston Churchill). Esta no es una frase pronunciada con cinismo, sino con la melancólica y dura verdad que la historia, si se le permite hablar sin interrupción, nos susurra constantemente al oído.
La política, en su esencia más elevada, no es la búsqueda de un aplauso fugaz ni la consumación de una victoria inmediata. Es, más bien, el arte monumental de la construcción de un estado duradero, una empresa que requiere no solo visión, sino también la resistencia y la calma del gran constructor. El cementerio del que hablo no es un lugar físico, sino el olvido abrupto, el cese prematuro de una carrera prometedora que se ha estrellado contra la roca de la precipitación.
El político impaciente es aquel que confunde el deseo con la realidad, que exige cosechas en primavera y se niega a honrar el lento pero ineludible ciclo de las estaciones. Busca el atajo, el compromiso fácil que satisface a las masas por un día o una semana, olvidando que la verdadera popularidad es el respeto ganado a través de una prudencia tenaz. La impaciencia es la mayor aliada de la tiranía y la debilidad, pues es en la prisa por actuar donde se ignoran las consecuencias a largo plazo y se cometen los errores fatales. ¿Cuántas figuras prominentes, tanto en Londres como en la arena continental, habrían evitado la ruina si tan solo hubieran esperado tres semanas, seis meses, o incluso un año más?
La paciencia, por el contrario, no debe confundirse con la inacción, la pereza o la cobardía. La paciencia del estadista es activa, una espera tensa y vigilante, como la del capitán que espera el momento exacto para virar en medio de la tempestad. Es la virtud de quien sabe que los grandes movimientos de la historia y las corrientes profundas de la opinión pública no se pueden forzar a voluntad. Se deben comprender, calcular y, finalmente, cabalgar en el momento propicio.
Por ello, la lección es sencilla: para el joven que aspira a la grandeza, la ambición debe ser templada por la disciplina del tiempo. La fama puede llegar a toda prisa, pero el legado, el verdadero y duradero legado, solo se forja en el yunque de los años y de la resistencia estoica. El tiempo es el juez más severo de todos los hombres públicos, y solo aquellos que le permiten actuar a su propio ritmo evitarán unirse a la multitud silente y olvidada que llena su inevitable cementerio.
En estos momentos aciagos de Venezuela, la paciencia es una virtud, aunque muchos no lo crean se están dando la condiciones para terminar con dicha impaciencia, que ha costado muchísimos años de lucha.
VENEZUELA SERA GRANDE EN LO QUE PODAMOS APORTAR HOY, MAÑANA Y SIEMPRE, PACIENCIA MI NOBLE PAIS Y DIRIGENCIA LA NAVE ESTA BIEN CONDUCIDA COMO NUNCA LA LIBERTAD ESTÁ CERCA
José Cheo Urbina
Un Venezolano Gocho y político más!!!


