Por José Luis Farías
Crónica de un desmoronamiento
Los geofísicos, geólogos, edafólogos y demás especialistas en sismología siempre han sido hombres de ciencia, de números exactos, probabilidades y escalas que pretenden domesticar el caos. Saben dónde se puede producir un sismo, pero no cuándo. Por eso, esa tarde del día de San Juan, cuando el sol declinaba hacia el poniente y la tierra comenzó a girar sobre sí misma como un trompo ebrio, comprendí que los sismógrafos solo miden lo que ya ocurrió, nunca lo que está por venir. El primer golpe llegó a las 18:04:32. El segundo, a las 18:05. Ambos antes de que la noche engullera la luz del día. Pero el verdadero temblor no se registró en ningún aparato.
Llevábamos veintisiete años temblando. Veintisiete años de réplicas sísmicas que no se inscriben en los papelitos de los científicos, sino en la memoria de los huesos, en el tejido cicatrizal de los que supimos que aquel primer terremoto —el verdadero, el fundacional, el que ningún manual de geología menciona— no fue un movimiento telúrico sino el colapso de todos los andamios morales que sostenían este país. Ese día, cuando los pilares sociales se vinieron abajo como castillos de naipes bajo el viento de la codicia, el Estado se redujo a su esencia más primitiva: REPRIMIR Y ROBAR, una letanía que se grabó a fuego en el alma de los venezolanos y que aún hoy resuena en el eco de los pasillos vacíos.
Por eso, cuando el 7.2 y el 7.5 sacudieron el suelo con la furia de un gigante que despierta de un sueño milenario, nadie acudió. No hubo sirenas, no hubo helicópteros, no hubo manos oficiales tendidas desde el poder. Solo el silencio cómplice de un régimen que había aprendido a mirar hacia otro lado mientras sus ciudadanos se convertían en polvo entre los escombros. El polvo, ese polvo fino y gris que se mete en los pulmones y en la memoria, fue la única constancia de que algo había ocurrido.
Vi entonces lo peor y lo mejor de nosotros mismos, como en una parábola cruel que ningún libro sagrado se atrevería a contar. Los saqueos llegaron primero, oleadas de desesperación que arrasaban lo poco que quedaba en pie. Hombres y mujeres cargando televisores sobre sus espaldas mientras otros, a pocas cuadras, intentaban sacar a una niña atrapada bajo una losa de concreto. La miseria humana mostrando su rostro más crudo, el instinto de supervivencia que nos iguala a las bestias cuando el suelo deja de ser firme. Y sin embargo, en ese mismo instante, en la misma esquina donde el saqueador corría con su botín, un anciano ofrecía agua a un desconocido. La paradoja de la especie: lo peor y lo mejor habitando el mismo cuerpo, la misma ciudad, el mismo segundo.
Pero luego, como un milagro que brota de la tierra misma, como una fuente que emerge en el desierto después de la tormenta, vi la otra cara. La red de rescates que creció sin planos ni permisos, tejida por manos anónimas que se ofrecían sin preguntar. Voluntarios que llegaban con agua, con vendas, con la única medicina que aún no se había agotado: la solidaridad. Y comprendí que el pueblo no es un concepto, no es una cifra en los discursos de la señora Delcy, interpelada por periodistas internacionales mientras intenta sostener el relato oficial con su habitual desparpajo, sino esta masa de hombres y mujeres que se arrodillan en el polvo para limpiar la frente sudorosa de un desconocido. El pueblo es el gesto, la acción decidida, corajuda, no la estadística. Es la mano que se extiende, no la que señala.
La ayuda oficial llegó como siempre llega: de uniforme, con la cámara lista, posando para la historia que nunca ocurre. Una arepa en una mano, el teléfono en la otra, y la sonrisa de cartón piedra que la propaganda necesita para alimentar su mentira. Vi cómo detenían a los rescatistas, cómo el tiempo que se robaban era tiempo de vidas, minutos preciosos que se perdían en el altar del proselitismo mientras ella, desde la tarima improvisada, daba las gracias en nombre de un pueblo que nunca la convocó para nada. Y en ese instante, en esa pausa absurda, la muerte se reía de nosotros. La muerte, que no entiende de arepas ni de fotografías, seguía su curso imparable bajo los escombros.
Pero la tragedia, como el fuego, purifica lo que toca. Y en medio del polvo y el llanto, los venezolanos seguimos tendiendo la mano. No porque el régimen lo permitiera, sino porque en el fondo de nuestro corazón hay una grieta más profunda que cualquier falla geológica: la certeza de que solo el amor puede sostener lo que el miedo derrumba. El amor, esa palabra gastada que los poetas han manoseado hasta vaciarla de sentido, recobró esa noche su peso original, su densidad de roca fundida, su fuerza de magma que asciende desde el centro de la tierra.
El verdadero terremoto no fue el de la tierra. Fue el de la conciencia. Fue el día en que nos dimos cuenta de que el Estado nos había abandonado mucho antes de que los edificios cayeran. Y en ese vacío, en esa ausencia, nos encontramos los unos a los otros. Como una prueba del Señor, como un examen final de humanidad, para aprender que cuando todo se derrumba, solo queda una cosa en pie: la mano que se extiende para levantar a quien ha caído. Y esa mano no pide nada a cambio. Esa mano solo sabe ofrecerse.
Y así, entre escombros y lágrimas, comprendí que los geólogos se habían equivocado. No fue un terremoto. Fue el parto de un nuevo pueblo, nacido entre ruinas, que aprende a caminar sobre la tierra movediza con la única brújula que le queda: el corazón. Un pueblo que ya no espera nada del poder porque sabe que el poder solo sabe reprimir y robar, pero que aún así, contra toda lógica, contra toda evidencia, sigue ofreciendo lo único que le queda: su propia carne, su propio aliento, su propia hambre de justicia.
Porque al final, cuando los sismógrafos dejaron de marcar y el polvo se asentó, lo único que realmente se había movido no era la tierra. Era el alma de un país que, contra todo pronóstico, seguía latiendo. Y en ese latido, en esa pulsación obstinada que se negaba a cesar, entendí que el verdadero milagro no era haber sobrevivido al terremoto. Era haber descubierto, en el fondo del abismo, que aún éramos capaces de reconocernos como hermanos.


