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Es lo que es

El dilema del chavismo en su fase final, por @ArmandoMartini

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La política, como la historia, tiene momentos de expansión y repliegue. No todos los actores saben distinguirlos, y menos aún asumirlos. Están los que ascienden como operadores y terminan convertidos en símbolos. No por virtud, sino por saturación. Delcy es hoy una de ellas. No es una simple funcionaria de alto rango. Es, en la práctica, una figura de síntesis. No gobierna un ministerio, vicepresidencia, o parcela administrativa del Estado. Administra el desgaste del poder, gestiona el final sin ser futuro. Y eso, en regímenes autoritarios, es de las tareas más ingratas.

A la fría ecuación de la negociación política se suma la dimensión social, quizás la más inexorable.  Existe un “país real”, que no habita en los informes de inteligencia ni en los discursos diplomáticos, que percibe a Delcy Rodríguez no como una llave para la transición, sino como parte indivisible del problema. El deterioro prolongado de una nación tiene memoria, y esa retentiva es implacable. El ciudadano común, de a pie, que ha sobrevivido a la devastación, no distingue responsabilidades técnicas, matices discursivos o “alas pragmáticas”. Para la mayoría de los sectores de la sociedad, ella no representa una gestión, sino la continuidad de la asfixia y opresión. 

No importa cuántas veces modifique de tono, traje o guion; la permanencia en el poder, cuando se asocia al desgaste estructural, se convierte en un lastre de plomo, se vuelve una carga. Ninguna retórica, por refinada o conciliadora que pretenda ser ahora logra borrar esa percepción grabada en la psique colectiva. La memoria del sufrimiento no concede amnistías retoricas ni olvida los rostros que justificaron la crisis. La remembranza no concede absoluciones.

En ese tablero, Delcy enfrenta un dilema político como existencial; la necesidad de sobrevivir siendo útil. La utilidad de lo imperdonable. Es el destino habitual de quienes administran la fase tardía de los proyectos absolutistas, terminan siendo más necesarios que queridos, más visibles que protegidos. La lógica del poder autoritario es cruel pero predecible; cuando la estructura se siente amenazada, no protege a sus mejores escuderos, los utiliza como parapetos. No cuida a sus piezas, los coloca en la línea de fuego. Hoy se les exige diciplina absoluta y eficacia en la contención; mañana, se convertirán en los sacrificios ejemplarizantes necesarios para salvar al resto del cuerpo o pactar una salida.

Su situación es, en esencia, una tragedia política. No porque sea una víctima, lejos está de serlo, sino porque es consciente de su precariedad. Sabe que no representa una promesa de futuro ni para el chavismo de base ni para la oposición, sino simplemente la contención momentánea del colapso. Sabe que no administra esperanza, ni gestiona expectativas de renovación, sino que administra tiempo. Y en política, como advertía Churchill con crudeza serena, puede ser un aliado formidable, pero se convierte en el juez más severo cuando se agota.

En última instancia, a lo que Rodríguez se enfrenta no es solo a un adversario político concreto, sino a una verdad histórica recurrente, llega a un punto de inflexión en que el poder ya no se ejerce para transformar la realidad, sino únicamente para retrasar lo inevitable, intentando no perderlo todo en la caída. En ese instante crepuscular, los rostros visibles del régimen dejan de ser activos estratégicos para convertirse en recordatorios incomodos de todo lo que salió mal. 

La historia rara vez es indulgente, por el contrario, suele ser implacable con quienes confunden la permanencia en el cargo con la fortaleza real. Y es aún más dura con quienes creen que el silencio externo y la obediencia interna bastan para garantizar la supervivencia política más allá del derrumbe. La historia casi nunca protege a quienes, creyendo servir al poder hasta el final, terminan personificándolo justo cuando este comienza a resquebrajarse irreversiblemente. 

El poder tiene capacidad de resistencia, sí. Pero muy poca gratitud. Y Delcy, hoy, en la soledad de su utilidad, lo sabe mejor que nadie. 

@ArmandoMartini

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