El engaño del tanque: despierta o te devoran, por @jgerbasi

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Hay una historia japonesa que se cuenta en voz baja, casi como un secreto de supervivencia, sobre el dilema del pescado fresco. Los barcos iban mar adentro, pero el viaje de vuelta era tan largo que el pescado perdía la vida, la gracia y el sabor antes de tocar puerto. Lo congelaron, pero perdió el alma; lo metieron en tanques quietos, pero el encierro y la modorra lo volvieron insípido, estático, inerte. Hasta que a alguien, en un destello de locura brillante, se le ocurrió una solución perfecta y despiadada: meter un tiburón pequeño en el tanque.

El tiburón se comía a alguno, sí, pero obligaba al resto a nadar sin descanso, a latir con fuerza, a mantenerse alerta cada segundo para sobrevivir. Y así, el pescado llegaba a la costa más vivo, más fresco y con más brío que nunca. El secreto no era evitar al depredador; el secreto era el movimiento constante que el depredador provocaba.

Y ahí es donde la historia se cruza descarnadamente con nuestra realidad en Venezuela. Con los que estamos aquí, bregando todos los días por un país mejor, remando a contracorriente con la brújula moral intacta, sin caretas, sin la doble moral de los politiqueros de siempre que cambian de bando según sople el viento, y sin más atajos que la decencia y el trabajo duro.

Pensemos en nuestra propia pecera y en el engaño que flota en el ambiente: el gigante del norte y sus pactos bajo cuerda con la heredera del régimen en Miraflores buscan proyectar una falsa normalidad, haciendo creer al mundo que aquí todos bailan de felicidad para adormecernos, paralizarnos y mantenernos quietos en la trampa. Ese discurso cómplice no busca sacudirnos para hacernos mejores, sino inmovilizarnos; es un intento calculado de anestesiar al cardumen para que bajemos los brazos.

A veces nos cansamos. ¿Cómo no hacerlo? Hay días en los que el peso de ver cómo los politiqueros de siempre reciclan sus caretas, cómo las grandes potencias fabrican espejismos de reconciliación con la opresión y cómo las estructuras de poder mutan para perpetuarse, se siente como una losa invisible. Es humano flaquear, sentir el cuerpo pesado y pensar que el tanque nacional está demasiado turbio. En esos momentos de bajón, la tentación de bajar los brazos y dejarse flotar a la deriva es gigantesca. Nos gustaría que todo fuera más fácil, que las aguas estuvieran mansas, que el camino de nuestra libertad no exigiera tanto desgaste.

Pero la paradoja de los que no nos rendimos es justamente esa: la comodidad y la resignación son el cementerio del alma. Cuando el terreno se vuelve demasiado predecible o nos abruma la desesperanza, dejamos de vibrar.

Ese intento de paralizar al país con falsas sonrisas y pactos de cúpula no va a doblegarnos. Ante esa anestesia que el poder intenta inyectarnos, nosotros mismos tenemos que decidir meter el tiburón en nuestra propia piscina. Es decir, sacudirnos la modorra con nuestra propia fuerza, romper la ilusión de que todo está bien y mantenernos en constante movimiento.

Esa incomodidad genuina, nacida de nuestra propia rebeldía y de la negativa a tragar cuentos de camino, es la que nos mantiene lúcidos. Es la presión de saber que dependemos de nosotros mismos la que nos obliga a afilar el ingenio, impidiendo que nos volvamos espectadores pasivos de nuestra propia destrucción.

No estamos sobreviviendo a gracias a los espejismos imperiales; estamos madurando y endureciendo nuestra convicción frente a ellos, negándonos a caer en su trampa de inercia. Es esa tensión la que mantiene encendida la chispa de los que sabemos que el objetivo final —una Venezuela libre, justa y de verdad decente— no es negociable.
Así que mírate hoy, en medio del trajín venezolano, con el cansancio a cuestas pero con la frente en alto. Respira hondo, sacúdete la modorra de creer que la parálisis es una opción y hazte la pregunta incómoda pero necesaria: ¿Has metido ya el tiburón en tu piscina?

Abrásate a este desafío histórico, pon a nadar tus principios y recuerda que la frescura de nuestra libertad depende enteramente de que te niegues rotundamente a quedarte quieto. Vamos a lograr el objetivo

Vamos por más…
@jgerbasi

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