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El fracaso de la política energética europea, por Anders Aslund

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El disparado precio de la energía es un desastre para la economía europea y sus políticos… pero, considerando las irresponsables políticas energéticas de la región, los perjuicios económicos que causaron no debieran sorprender a nadie.

Los políticos europeos tienen que repensar su enfoque. Los problemas que acucian a Europa no se deben tanto a las políticas de la Unión Europea sino a su ausencia. La UE necesita una estrategia energética común más sólida, unificada y mucho más coherente.

Durante años la política energética de la UE improvisó frente a problemas inesperados, en su mayoría causados por Rusia. Por ejemplo, Rusia dejó entregar gas a Europa en el frío enero de 2006, pero como este trastorno solo duró cuatro días, Europa no reaccionó a sus implicaciones de largo plazo.

Luego, en el helado enero de 2009, Rusia suspendió sus entregas de gas a través de Ucrania como castigo y trastocó los suministros a 18 países europeos durante dos semanas. Esa vez la UE reaccionó —al menos un poco— y adoptó el tercer paquete energético conjunto de gas y electricidad. El paquete promovió la diversificación y mercadización del sector energético, y procuró evitar la integración vertical. Tuvo un efecto real porque gracias a él los productores de gas y electricidad ya no pudieron ser además propietarios de los gasoductos y las redes de transmisión. Gazprom debió vender sus gasoductos en los estados bálticos y se incentivó a Lituania y Polonia a instalar terminales de gas natural licuado (GNL).

Pero Alemania era demasiado grande y vanidosa como para preocuparse por esos cambios, avanzó en la dirección opuesta y cometió errores fundamentales. Justo antes de perder las elecciones en 2005, el canciller alemán Gerhard Schröder aprobó el gasoducto Nord Stream 1 entre Rusia y Alemania a través del mar Báltico. Incluso después de que Rusia anexara a Crimea en 2014, junto con otros alemanes eminentes siguió promoviendo el Nord Stream 2, que hubiera dejado a Alemania aún más dependiente del gas ruso. No solo hubiera importado todo el gas que necesitaba de Rusia, sino que se hubiera convertido en uno de los principales países de tránsito.

La canciller Angela Merkel profundizó el problema en 2011 cuando decidió cerrar por capricho las centrales de energía nuclear alemanas —que eran seguras y funcionaban bien— después de que un tsunami afectó a la planta nuclear japonesa de Fukushima. Esa decisión también llevó a que Alemania dependiera excesivamente del gas ruso, en tal medida que, hasta que el Kremlin dejó de entregar gas a Europa este año, sus importaciones representaron aproximadamente un tercio de las ventas de gas ruso a Europa. Las empresas alemanas, para empeorar aún más las cosas, vendieron la mayor parte de sus instalaciones de almacenamiento de gas a Gazprom, que las vació el año pasado en una flagrante maniobra de manipulación de precios.

Así, mientras la mayoría de los demás países europeos se habían preocupado desde hacía tiempo por su excesiva dependencia del gas ruso, Schröder y Merkel llevaron a que Alemania dependiera completamente de él, ignorando la seguridad energética de su país. Y mientras otros países europeos construían nuevas terminales de GNL (que les permitían importar gas de Estados Unidos y otros lugares), Alemania simplemente redobló sus compras a Rusia. Ahora toda Europa sufre por su irresponsabilidad. Los altísimos precios del gas y la electricidad en Europa reflejan en gran medida la política energética alemana desde 2005.

Ciertamente, Alemania no fue la única insensata. Hungría y Australia se mostraron igualmente favorables a Putin, y ni Bulgaria, la República Checa ni Eslovaquia se adaptaron a las cambiantes condiciones geopolíticas… pero son mucho más pequeñas y menos importantes que Alemania. Y aunque Italia se convirtió en el segundo mayor importador de gas de Rusia, buscó rápidamente proveedores alternativos como Argelia y Azerbaiyán. La responsabilidad es, por lo tanto, alemana.

¿Qué hacer entonces? Ninguna otra empresa causó más problemas a la UE por la manipulación del mercado que Gazprom, que claramente es excesivamente inestable. Lo ideal sería que la UE le impidiera participar en actividades económicas en su territorio o la sancionara por ello. El paquete energético de 2009 incluyó correctamente la idea de reducir la integración vertical del sector, pero no avanzó lo suficiente. No se debe permitir que los productores y exportadores de gas —principalmente Gazprom y Catar— posean instalaciones de almacenamiento en la UE. Además, la UE debe establecer normas obligatorias para que su capacidad de almacenamiento se mantenga de manera confiable en un cierto nivel mínimo.

Durante la crisis del petróleo en la década de 1970 Europa no tuvo reparos en imponer normas para lograr ahorros energéticos. Debiera volver a hacerlo y empezar por presionar a Alemania para que restrinja la velocidad en sus autopistas, como lo han hecho todos los demás países de la UE. La UE también debe exigir a sus estados miembros que mantengan suficientes terminales de GNL. Su ausencia en Alemania es tan solo una de las muchas deficiencias de los 16 años de gobierno de Merkel.

Por otra parte, como las empresas energéticas nacionales naturalmente desean monopolizar los mercados, no hay suficientes conexiones para transmitir energía entre muchos países de la UE. Aunque la capacidad de GNL de España y Portugal es abundante, los gasoductos son insuficiente para aprovisionar a Francia, en gran medida porque los franceses implementaron una política estrecha de miras para excluir al gas español, más barato, de su mercado interno.

De manera similar, el precio de la electricidad en el norte de Suecia y Noruega es varias veces menor al que tiene en el sur de esos países, sencillamente porque no hay suficientes líneas de transmisión eléctrica que conecten la producción del norte (en su mayor parte, hidroeléctrica) con la demanda real del sur. La UE debiera exigirles que las extiendan.

Finalmente, Ucrania cuenta con amplias reservas energéticas —gas natural, electricidad y petróleo— que no puede vender debido a obstáculos comerciales incomprensibles en Europa. Para reducir los excesivos precios de la energía, la UE debe abrir con urgencia su mercado y exigir la ampliación de los gasoductos y la red eléctrica para crear un mercado parejo.

La Comisión Europea debe asumir una mayor responsabilidad en la política energética del continente para garantizar que el mercado energético funcione y proteger a los europeos de los políticos irresponsables e incompetentes a escala nacional. El paquete energético de 2009 fue un paso en la dirección correcta, pero la UE debe avanzar aún más: en el próximo año, o el siguiente a más tardar, Europa debe ser capaz de declarar su completa independencia de los caprichosos rusos.

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