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¿El gendarme necesario?, por Ricardo Ciliberto Bustillos 

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Estamos a finales de 1908. El frío de la noche decembrina calaba hasta  los huesos. La quietud arropaba la ciudad. Nada estaba fuera de lo  normal. El general Cipriano Castro se había marchado para Alemania  desde el 24 de noviembre a bordo del vapor Guadalupe. No había otra  alternativa: él se encargaría de la presidencia de la república. 

Amanece el día 19. Se toma el cuartel El Mamey, se irrumpe  violentamente en la Casa Amarilla, se detienen los funcionarios leales  a Castro. El golpe se ha perpetrado a la perfección. Ni un solo tiro. De  aquí en adelante el general Juan Vicente Gómez será el amo y dueño  de Venezuela. El 20 se publica la proclama de rigor. Ofrecimientos de  paz, reconciliación, progreso y cumplimiento de las garantías  constitucionales. Toda una fatua costumbre desde nuestros albores  como país. Hay apoyo exterior. Hasta buques han enviado a resguardar  las costas venezolanas en previsión de cualquier situación en contra  del recién estrenado mandón. Los malabarismos jurídicos están a la  orden del día. Es necesario deshacerse de don Cipriano de manera  inmediata. Se le acusa ante la Corte Federal y de Casación de traición  y homicidio (le imputan el haber mandado asesinar al general Antonio  Paredes, a la vez que se difunde un supuesto telegrama de Castro  dando órdenes de liquidar a Gómez). Todo sale a la perfección. La  sentencia no da motivos para dudas ni interpretaciones. 

Largo tiempo. 27 años de férrea dictadura. El poder lo ejerce sin  cortapisas ni ambigüedades. Sólo él decide, sólo él habla. El general  Juan Vicente Gómez muere en Maracay el 17 de diciembre de 1935. 

Le sucede el general Eleazar López Contreras, su ministro de Guerra y  Marina. 

¿Sería el Benemérito (como lo llamaban) el “gendarme necesario” para aquella Venezuela aquejada de y por aventureros políticos,  golpes de Estado, revueltas, invasiones y alzamientos por doquier? 

En efecto, la creación del ejército nacional que en definitiva acabaría  con las montoneras y cuartelazos; el hecho que, con el triunfo de  Gómez en la batalla de Ciudad Bolívar (1903), culminaría ese  interminable período de inestabilidad, conflictos, revoluciones y  revueltas regionales; la permanente construcción de caminos y  carreteras; el descubrimiento y comienzo de la explotación del  petróleo, van a constituir, entre otras cosas, los elementos claves de la  dictadura gomecista. 

Obviamente, como todo régimen dictatorial, no hubo democracia,  libertades, partidos políticos, respeto a los derechos ciudadanos y  mucho menos ejercicio del sufragio y soberanía. Costaría mucho en  cuanto a tiempo y sacrificios para lograrlo, a pesar de algunas intenciones por desempolvarlos. 

¿Fue Juan Vicente Gómez la máxima expresión del militarismo en  Venezuela? ¿Fue la otra cara de la moneda en cuanto a pluralismo,  democracia, república y desarrollo social? ¿Y qué decir de la aplicación  de la tortura, el asesinato, el encierro y el exilio para mantenerse en el  poder? 

De la Venezuela de hoy y sus complejas circunstancias, bien vale la  pena reflexionar sobre estas realidades históricas y la proyección que  ha tenido en el tiempo. La gran pregunta sería cómo superar definitivamente- esta lastimosa y abominable herencia.

Ricardo Ciliberto Bustillos 

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