El joyero o el basurero: La verdadera batalla por Venezuela, por José Gerbasi

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Hay una ley filosófica tan simple como incontestable: si colocas una joya dentro de una caja, la caja se convierte en un joyero; si guardas basura en ella, la caja pasa a ser un basurero. La estructura es exactamente la misma; lo único que cambia es aquello que permites que habite en su interior. Esta misma lógica define la encrucijada que hoy atraviesa Venezuela.

Las mesas de diálogo, las negociaciones diplomáticas o los palacios de poder no son intrínsecamente malos ni perversos. El diálogo, en su esencia más pura y socrática, es el instrumento más noble de la civilización para alcanzar la justicia.

El problema jamás ha sido sentarse a hablar, sino la podredumbre con la que el régimen ha decidido llenar esa mesa. Cuando una negociación se vacía de verdad y se llena de componendas a espaldas de la gente, de dilataciones maliciosas y de pactos de cúpula que ignoran el mandato contundente que la mayoría del país expresó el pasado 28 de julio de 2024, la mesa deja de ser un espacio político para convertirse en una trampa.

Desde la psicología humana, sabemos que aquello de lo que te rodeas y la forma en que permites que te traten termina marcando la arquitectura de tu mente. Por eso, ante la manipulación reiterada, el acto más profundo de cordura es poner un límite infranqueable. Decir «basta» a un falso diálogo no es violencia ni intransigencia; es un acto instintivo de autoprotección y dignidad colectiva. Hay lugares de donde hay que retirarse y conversaciones que hay que cortar cuando se vuelve evidente que allí no hay respeto ni reconocimiento a la soberanía popular. Sin embargo, en ese proceso de firmeza existe un peligro silencioso: el riesgo de permitir que la traición ajena nos amargue el alma y nos vuelva cínicos.

Que una cúpula usurpadora haya pervertido la palabra «diálogo» no significa que la diplomacia real, la democracia o la fe en el cambio hayan perdido su valor. No podemos cometer el error de convertir el dolor de las heridas del pasado en una muralla inexpugnable que nos aísle de las oportunidades del futuro.

Para volver a llenar nuestra historia de experiencias verdaderas y de la libertad que merecemos, primero debemos tener el coraje de vaciar la frustración y la rabia que esos engaños nos dejaron. El 28 de julio no solo dejamos una huella en las urnas; dejamos al descubierto el alma de una nación que ya eligió su camino y que no tiene marcha atrás. Hoy más que nunca debemos recordar que no estamos obligados a aceptar basura política vestida de consenso. Lo que permites entrar en tu interior y lo que decides dar al mundo es lo que termina definiendo quién eres. Venezuela no es un basurero donde se acumulan los despojos de un régimen en decadencia. Venezuela demostró con creces ser un joyero repleto de valentía, dignidad y grandeza, y no hay oscuridad capaz de extinguir una joya que ya decidió brillar.

José Gerbasi
Vamos por más…

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