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El juego sin reglas, por José Ignacio Gerbasi (@jgerbasi)

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Había una vez en un rincón del mundo donde los sueños y las esperanzas se mezclaban con la incertidumbre, un niño llamado Juanito que vivía en una tierra llamada Venezuela. En su pueblo, todos sabían que la vida era como un partido de fútbol, pero no un fútbol cualquiera. Este era un juego donde las reglas cambiaban constantemente, y las porterías eran cada vez más pequeñas.

Juanito amaba el fútbol, como todos los niños de su pueblo. En su mente, el fútbol era un reflejo de lo que debía ser la vida: justa, con oportunidades para todos, donde si corrías lo suficiente, podías llegar a ser el campeón. Pero un día, algo cambió.

El torneo de fútbol más importante del pueblo se acercaba. Todos los niños se preparaban con ilusión, soñando con ser parte del equipo ganador. Sin embargo, algo muy raro ocurrió. Los organizadores, que siempre habían sido los encargados de cuidar el juego, empezaron a poner cada vez más obstáculos.

Primero, dijeron que las porterías serían más pequeñas, pero eso no detuvo a Juanito ni a sus amigos. “No importa”, pensaron, “jugaremos con más destreza”. Pero al siguiente partido, los organizadores anunciaron que los niños solo podrían usar un zapato. “Uno solo”, dijeron, “para equilibrar el juego”. Juanito, mirando a sus compañeros, levantó la mano. “¿Y qué pasa si tenemos dos pies?”, preguntó. Nadie respondió.

A medida que avanzaba el torneo, las reglas se volvían más extrañas. A algunos de los jugadores más habilidosos les sacaban tarjetas rojas sin razón, solo porque no les gustaba su forma de jugar. Al otro equipo, por otro lado, les daban tarjeta verde cada vez que hacían una falta. Juanito observaba con asombro cómo el juego se convertía en algo completamente ajeno a lo que conocía. “¡Pero eso no es justo!”, gritaba. Sin embargo, nadie lo escuchaba.

Y las reglas seguían cambiando, una tras otra. Los niños ya no podían pasar más de tres segundos con la pelota. Si la tocaban por más tiempo, los organizadores les gritaban “¡liberen el balón! ¡eso no es fútbol!” Para colmo, un día les dijeron que, si querían golpear la pelota con la cabeza, debían usar sombreros. “¡Porque, claro, la cabeza sin sombrero no puede ser usada de esa forma!”, explicó el organizador con cara seria. Los niños, con el cansancio en los ojos, solo se miraban y se encogían de hombros.

Entonces, un día, los organizadores anunciaron la última regla: nadie podía tocar el balón más de una vez en todo el partido. La pelota iba de un lado a otro, y los niños, sin poder retenerla, corrían sin sentido. No sabían si estaban jugando fútbol o simplemente corriendo en círculos. “¿Esto es fútbol o es una broma?”, se preguntó Juanito, con la mente en blanco.

En ese momento, algo dentro de Juanito hizo clic. Se dio cuenta de que el juego ya no tenía sentido. No era un juego donde todos jugaban con las mismas reglas. No era justo.

Miró a sus compañeros y les dijo con voz firme: “Sabes una cosa, no juego más. Si las reglas no son las mismas para todos, si no podemos jugar como antes, no tiene sentido seguir”.

La sorpresa invadió a sus amigos, quienes, con los ojos abiertos y el corazón acelerado, se miraron entre sí. El peso de la verdad había caído sobre ellos como una lluvia inesperada. Juanito no solo hablaba de fútbol, hablaba de algo más grande. «Esto no es solo sobre el juego, chicos», continuó con voz segura. “Es sobre cómo nos tratan, cómo nos ponen obstáculos cuando estamos listos para dar lo mejor. No tenemos que jugar en estas condiciones”.

Uno por uno, los niños se levantaron. Nadie dudaba. «Si no podemos jugar bajo reglas justas, entonces mejor nos vamos», dijeron. Y así, uno a uno, se marcharon, llevando sus pelotas con ellos, como símbolo de su decisión.

El pueblo, que observaba en silencio desde sus casas, se dio cuenta de lo que estaba pasando. En ese momento, no solo los niños se habían ido. Era como si se hubiera ido la esperanza. Y aunque los organizadores pensaban que podrían seguir adelante, sabían que sin los niños, el juego ya no era lo mismo. El verdadero poder lo tenían aquellos que amaban el juego y que solo querían hacerlo de forma justa.

Pasaron los días, y algunos adultos comenzaron a acercarse a los niños. “¿Por qué no vuelven a jugar? ¿Qué podemos hacer para que regresen?”, preguntaban con humildad. Juanito, con su pelota aún en las manos, les respondió: “No volvemos porque nos trataban como si no importáramos, nos hicieron sentir invisibles. Pero ahora, lo sabemos. La pelota es nuestra. Ustedes necesitan entender que sin nosotros, no hay juego”.

Poco a poco, los organizadores comenzaron a cambiar. Las reglas fueron ajustándose. Las porterías volvieron a su tamaño original, y por fin, se permitió jugar con los dos zapatos. Los niños, con su inquebrantable unión, demostraron que el poder de la mayoría es imparable, y que solo cuando se juega con igualdad y justicia, el verdadero espíritu del juego brilla.

Y así, el pueblo entendió que no se trata de quién tiene la pelota, sino de quién está dispuesto a levantarse cuando todo parece perdido. Y Juanito, con una sonrisa en su rostro, miró a sus amigos, sabiendo que juntos, ya habían ganado mucho más que un simple partido. Porque, al final, el verdadero triunfo estaba en la unidad, la justicia y el coraje de alzar la voz cuando el juego no era justo.

Vamos por más…

@jgerbasi

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