Dios eligió esta tierra para mí, sí, fue su vehemencia ardiente y su deseo lo que selló este juramento. No fue mi alma errante, sino Su espíritu inmenso el que detuvo mi destino en este país de gracia, y entre el resplandor de tantas mujeres que son la raíz y el cielo a la vez, fue fácil, fue el destino más bello, caer en el regazo de mi madre.
Pregunté al mensajero, susurrando el nombre del destino. Y fue el Arcángel San Miguel quien me reveló el rumor sagrado, aquel que se cuenta en la corte celestial: que el Creador, después de esculpir la obra maestra, quiso tener un espejo de su propia alegría. Me confió que Dios pensó: «Haré una nación que contenga todo el espectro de la luz.» Y así concibió el Salto Ángel, no solo una caída de agua, sino el torrente de su propia voz divina, una fuerza que se precipita desde el cielo para recordarnos que la gracia es un rugido eterno.
Un lugar que lo tuviera todo, me dijo, un diseño perfecto donde la geografía misma es una sinfonía, escrita con la solemnidad del llano que inspiró a Rómulo Gallegos en cada palabra. El llano es un mar de quietud que se mece al ritmo lento de un pasaje, más nostálgico y verdadero que la tonada más profunda de Simón Díaz a la madrugada. Y en el diamante, el trueno de un orgullo retumba con la fuerza liberadora de un batazo de Andrés Galarraga, que rompe el silencio del cielo.
La gente, me contó, tiene un corazón flexible y sustentador, un alma que abraza, vasta y generosa como la masa sagrada de una arepa, capaz de contener en su interior todos los sueños, desde la sencillez de lo humilde hasta la opulencia de la esperanza.
Me advirtió: «Sus montañas son el altar de la fe.» Y en Caracas, se alza un coloso, el Ávila, no solo como una muralla verde, sino como la espina dorsal que guarda la ciudad y la separa del mar, el vigía inamovible que te mira a los ojos y te promete que no hay vuelta atrás para el amor que se siente por este lugar.
Los Gochos son el eco de esa entereza andina, de esa devoción que se hizo milagro tangible en la santidad de San José Gregorio Hernández. Y las cimas de Mérida no son nieves, sino la elevación poética del alma que Dios puso ahí para demostrar que la majestad habita también en la dulzura.
Me susurró que en Maracaibo, el Lago es un corazón ardiente que late con una luz propia, y un Maracucho es más apasionado que una gaita tocada en diciembre. Y que en el Este, el mar tiene acento: el alma de los Orientales es noble como el oleaje que los vio nacer, y su risa, más fresca que la brisa de la costa.
Es un lugar insólito, sí, donde el talento tiene el sabor del mar Caribe y la belleza es un fuego que arde con el flow vibrante de Rawayana y el brillo de sus «Venecas». Es aquí donde al cruzar un umbral, la vida se detiene para ofrecerte, como primera bendición, el tazón humeante de un café, más fuerte y acogedor que cualquier abrazo.
Es aquí donde el arte y la lucha se funden, y la destreza al piano, como la ejecución apasionada de Gabriela Montero, revela el pulso indomable de un pueblo. Es en esta tierra que la lírica se convierte en patria, donde la palabra de Vicente Gerbasi en su «Padre el Inmigrante» nos recuerda que esta nación fue un seno abierto, una madre que recibió a millones de almas sin apellido, dándoles un nuevo hogar y una identidad, convirtiendo el exilio en pertenencia.
Donde la búsqueda de la justicia es una flecha. Donde la visión de un país pleno se convierte en un gol de Juan Arango, un grito que une y eleva. Y los crepúsculos de Barquisimeto no son atardeceres, sino lienzos de luz cinética que se mueven con la geometría abstracta de Cruz Diez, probando que la belleza es una promesa diaria. Es en esta tierra que la lucha por la verdad y la libertad es tan inquebrantable, que la voz firme de la mujer venezolana.
Aquí, la hospitalidad no se mendiga, sino que se ofrece con la llave de la puerta en la mano; esta entrega del alma no es cortesía, sino la ofrenda de un pacto inalterable de hermandad.
Y si algún día tengo que partir, pregunté con el alma rota, ¿qué me llevaré?
Me susurró el Arcángel, sellando el destino con un beso: «No temas, pues de ese lugar jamás te despides; solo te ausentas para que la nostalgia te haga más fuerte. Su recuerdo no será una foto, sino la brújula grabada en tu pecho. Tú al final, comprenderás que este lugar es de donde te vas sin despedirte nunca. Encontrarás la forma de regresar para abrazar esa paz tan rotunda y absoluta, que será el verdadero y apoteósico premio que la Patria otorga a sus hijos: la certeza inmutable de que el hogar, la eternidad, existe y te espera siempre.»
Vamos por más…
@jgerbasi


