Te acuestas con cien dólares. Los cuentas antes de dormir, los guardas, cierras la puerta y apagas la luz con la tranquilidad de quien cree que su dinero está seguro. Amaneces con ochenta. No hay vidrio roto, no hay cerradura forzada, no hay huellas. Solo faltan veinte dólares y una certeza: alguien entró mientras dormías. En Venezuela ese alguien tiene nombre: inflación. Es un ladrón muy particular. No se lleva tus billetes; se lleva lo que tus billetes pueden comprar. No usa pistola: usa porcentajes. No rompe puertas: rompe el poder adquisitivo. Y lo mejor de todo es que trabaja mientras tú duermes.
Además, tiene experiencia. Lleva 27 años operando en Venezuela. Conoce nuestros supermercados, nuestras farmacias, nuestros alquileres y, sobre todo, conoce perfectamente el momento en que estamos más vulnerables: cuando creemos que el atraco terminó. Porque el ladrón nocturno también sabe bajar el ritmo para despistarnos. En 2026, según las cifras del propio Banco Central de Venezuela, la inflación fue de 32,6 % en enero, 14,6 % en febrero, 13,1 % en marzo, 10,6 % en abril, 6,3 % en mayo y 13,8 % en junio. Y cuando algunos ya hablaban de “estabilización”, julio apareció con un elegante 19,9 % en un solo mes. Reuters estimó una inflación interanual de aproximadamente 575,9 % a partir de los datos del BCV.El ladrón no se había ido. Simplemente estaba recargando.
Y aquí aparece el problema de la libreta. ¿Quién registra cuánto nos robaron? El propio BCV. Eso no significa que toda cifra oficial sea falsa, pero los años de rezagos y opacidad en la publicación de estadísticas obligan a mirar esos números con una ceja levantada. Porque si el parte policial llega tarde, ¿cómo sabe la víctima cuánto le robaron exactamente? Mientras tanto, el venezolano tiene un método de medición mucho más sencillo: ir al supermercado. La harina subió. El pollo subió. El alquiler subió. La medicina subió. El dólar subió. La factura no necesita rueda de prensa. El venezolano terminó desarrollando su propia escuela económica: no estudia el índice de precios, estudia el precio de la vida.
Y el ladrón tampoco trabaja solo. Tiene chofer: el tipo de cambio. Cuando el bolívar pierde valor, los precios reciben la noticia antes que nosotros. El comerciante necesita reponer mercancía, el importador necesita dólares y el consumidor termina pagando la fiesta. Pero la peor víctima es el trabajador, porque la inflación no solamente roba dinero. Roba salarios, ahorros, proyectos, tranquilidad y futuro. Puedes recibir hoy exactamente los mismos bolívares que ayer, pero si todo cuesta más, tu salario real vale menos. El papel dice lo mismo. La nevera dice otra cosa.
Y Venezuela conoce demasiado bien esta historia. Desde 1999 hemos atravesado inflación, devaluaciones, hiperinflación y varias reconversiones monetarias. En 2008 desaparecieron tres ceros; en 2018, cinco más; en 2021, otros seis. La moneda perdió tantos ceros que parecía estar haciendo dieta. Pero quitar ceros nunca eliminó al ladrón, porque el problema nunca fueron los ceros: el problema eran las causas que producían los ceros.
Por eso, la próxima vez que alguien diga que “la inflación bajó”, hagamos una pregunta sencilla: ¿bajó la inflación o simplemente bajó la velocidad del robo? Porque si ayer te robaron veinte dólares y hoy solamente diez, no recuperaste los veinte. Te están robando más despacio.
Ese es el truco del ladrón nocturno. No necesita llevarse tus cien dólares. Le basta con convertirlos, poco a poco, en ochenta, sesenta, cuarenta. Y mientras tú sigues contando los billetes, él sigue contando los precios.
Esta noche puedes cerrar la puerta, activar la alarma y esconder tus ahorros. Todo estará aparentemente seguro. Solo hay un pequeño problema: el ladrón nocturno no necesita entrar por la puerta. Ya vive en la economía. Y lleva 27 años haciendo la ronda.
José Ignacio Gerbasi
Vamos por más…
@jgerbasi


