Por José Ignacio Gerbasi
Existen naciones que, más que geografías, son estados del alma. Venezuela, mi amada Venezuela, es una de ellas. Por más de veinticinco años, ha sido un crisol de sombras y de resiliencia, donde la belleza de su gente se ha forjado en el yunque de la adversidad. Pero el talento, ese caudal indomable que fluye en nuestras venas, no se deja apagar. Al contrario, se transforma y se expande, como un río que busca nuevos cauces para nutrir la tierra.
Es en esta epopeya de la diáspora donde la historia de jóvenes como Juan Carlos Gerbasi adquiere un significado profundo, casi místico. Desde muy pequeño, él, como tantos, se vio obligado a buscar un horizonte más allá de la tierra de Bolívar. Partió no por falta de amor, sino por un exceso de sueños que ya no cabían en el pequeño espacio que les quedaba. Su viaje no fue una huida, sino un acto de fe. Una creencia en que el arte, su arte, podía ser un puente entre lo que fue y lo que puede ser.
Juan Carlos no se marchó con las manos vacías; llevó consigo la esencia de la venezolanidad: la calidez de su gente, la vitalidad de sus colores, y, sobre todo, una sensibilidad que le permite ver la belleza en lo cotidiano. Su amor por los animales y por el espíritu libre del skateboard no son meras aficiones, sino las dos mitades de una filosofía de vida que plasma en su obra. Los animales son el reflejo de una naturaleza salvaje e indómita, mientras que la patineta simboliza la libertad de trazar tu propio camino, de desafiar la gravedad y de caer para levantarte con más fuerza. Este dualismo es el corazón de su arte, un diálogo entre la ternura y la rebeldía que define a toda una generación.
Su exposición, «Mi Guarimba», no es solo un título; es una declaración existencial. La palabra «guarimba» fue, por mucho tiempo, un símbolo de resistencia y de dolor. Pero Juan Carlos la resignifica, la eleva a un espacio sagrado, a su “refugio” personal. Es el lugar donde su alma vuela libre, donde el dolor se transmuta en belleza y la memoria se convierte en pinceladas. En cada una de sus obras, podemos ver no solo su técnica sublime, sino también el alma de una nación que se niega a morir. Es un espejo en el que se reflejan los rostros de millones de venezolanos que, dispersos por el mundo, construyen nuevos sueños mientras mantienen vivos los viejos.
Y es este fenómeno lo que transforma la tragedia en milagro. El talento venezolano, forzado a emigrar, no solo deja en alto el nombre de su país, sino que se convierte en un agente de cambio, de sanación. Cada éxito de un joven como Juan Carlos Gerbasi es una gota de luz que va tejiendo el tapiz de una Venezuela nueva, una que existe en cada rincón del planeta. Su obra es un recordatorio de que, a pesar de la distancia, las raíces no se cortan; se extienden y se fortalecen.
Hoy, al contemplar su arte, no solo vemos a un joven talentoso. Vemos a un alquimista, un poeta de los lienzos que transforma la oscuridad en un fulgor inmenso. Y en su luz, encontramos un motivo de inmenso orgullo. El orgullo de ver a nuestros jóvenes dejar que su alma vuele como guacamayas, pintando el cielo del mundo con los colores de Venezuela. Para admirar la belleza de su arte y seguir de cerca su camino, pueden visitarlo en su cuenta de Instagram: @juan_grbsi.
Gracias, Juan Carlos, por tu tenacidad, tu valentía y tu amor inquebrantable por Venezuela. Gracias por recordarnos que, incluso en la distancia, la luz de nuestra tierra sigue brillando, fuerte y hermosa, en cada pincelada de tu alma.
Vamos por mas…
@jgerbasi


