Por James Holloway
Nicolás Maduro suele hablar del “imperialismo”, de los “halcones de Florida” o de “la ultraderecha estadounidense”, pero rara vez —por no decir nunca— menciona el nombre de Donald Trump. Elude pronunciarlo con el mismo cuidado con que un supersticioso evita decir el nombre del demonio. Y no es casualidad. Detrás de ese silencio hay un cálculo político, una estrategia de supervivencia y, sobre todo, un temor muy real.
Maduro sabe que Trump no es un político convencional ni un burócrata de pasillo. Es un hombre de acción, que entiende el poder como una ecuación de costos y consecuencias. El régimen venezolano aprendió durante su primera administración que la disuasión funciona: cuando Trump decía “todas las opciones están sobre la mesa”, lo decía en serio. Y lo demostró. La presión internacional, las sanciones personales y financieras, y el aislamiento diplomático de aquellos años colocaron al chavismo contra las cuerdas.
Por eso Maduro no osa nombrarlo. Porque hacerlo sería reabrir el recuerdo del único periodo en el que el régimen sintió verdadero miedo. No a un bloqueo, ni a la ONU, ni a las sanciones europeas, sino a un presidente estadounidense dispuesto a actuar sin pedir permiso.
El chavismo ha intentado convertir al “imperialismo” en un enemigo eterno, abstracto y cómodo. Es una fuerza sin rostro, sin dirección y sin capacidad de responder. En cambio, Trump tiene rostro, voz y voluntad. Nombrarlo es reconocer que la amenaza no es ideológica, sino personal. Y eso trastoca todo el libreto de propaganda.
Por eso el régimen prefiere culpar a intermediarios: Marco Rubio, los “halcones del Pentágono”, o la “mafia de Miami”. Son nombres útiles porque permiten mantener la narrativa antiimperialista sin provocar directamente al poder que temen. Maduro necesita un enemigo distante y difuso, no uno que tenga la llave del músculo militar y financiero más poderoso del planeta.
El silencio, en este caso, no es prudencia diplomática: es miedo. Miedo a ser notado. Miedo a que una palabra imprudente lo ponga de nuevo en el radar de un hombre que no responde a códigos diplomáticos ni a complacencias multilaterales. Trump no juega a contener; juega a ganar. Y Maduro lo sabe.
El silencio, entonces, se convierte en su escudo. Prefiere refugiarse en la retórica vacía del “imperialismo” antes que pronunciar el nombre del único líder capaz de ponerlo realmente en jaque.
En política, a veces los silencios dicen más que las consignas. Y en el caso de Maduro, su silencio sobre Trump grita su miedo más profundo.
James Holloway — Analista independiente en seguridad hemisférica


