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Es lo que es

El miedo que habla, por Antonio de la Cruz

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Durante mucho tiempo, el miedo en Venezuela no tuvo voz. No la necesitaba. Operaba como esas leyes no escritas que gobiernan las sociedades cerradas: se sabía que estaba allí, se sentía en el cuerpo, pero no se discutía. No hacía falta nombrarlo porque su eficacia residía precisamente en el silencio. Como ocurre con las supersticiones más arraigadas, bastaba con creer en él para obedecerlo.

Por eso el reciente discurso de Diosdado Cabello el 4F marca un punto de inflexión. No por su tono —la retórica del chavismo siempre fue áspera, incluso brutal— sino por algo mucho más revelador: su carácter confesional. “Nos van a comer uno a uno”, dijo. Y al decirlo, sin proponérselo, se salió del registro clásico del poder seguro de sí mismo.

Esa frase no pertenece al vocabulario de quien manda sin fisuras. No es una advertencia lanzada desde la cima, sino un susurro que delata vértigo. Pertenece al léxico de quien ha entrado en la zona de pérdidas, de quien empieza a sospechar que el sistema que lo protegía —esa coraza hecha de lealtades automáticas y silencios impuestos— ya no garantiza inmunidad.

En los regímenes autoritarios, el miedo cumple una función precisa: ordena jerarquías, evita deserciones, sustituye a la legitimidad. Es el atajo del poder cuando el consenso resulta imposible. Pero para que ese mecanismo funcione, el miedo debe ser mudo. Cuando necesita explicarse, cuando debe ser verbalizado y dramatizado, pierde eficacia. Ya no gobierna: se justifica.

El discurso de Cabello revela, al mismo tiempo, tres quiebres. El primero: el blindaje colectivo se ha resquebrajado. Ese “nosotros” monolítico que durante años funcionó como muralla empieza a parecerse más a un grupo de individuos expuestos, conscientes de que la protección ya no es automática ni igual para todos.

El segundo: la secuencia del poder ha dejado de controlarse desde adentro. Las caídas ya no obedecen a un orden jerárquico previsible, sino a una lógica más fría y quirúrgica, propia de los procesos de estabilización: sacrificios selectivos, pedagogía del castigo, reducción del riesgo sistémico. No cae necesariamente el más débil, sino el más conveniente.

Y el tercero —el más inquietante—: el miedo ha dejado de ser un monopolio del poder para convertirse en una experiencia compartida. Durante años, el temor fue patrimonio exclusivo de la sociedad, de los ciudadanos sometidos, de los que aprendieron a callar. Hoy, ese miedo asciende. Cambia de manos. Empieza a instalarse también en quienes lo administraban.

Ese desplazamiento lo altera todo. Mientras el miedo fue unilateral, el régimen pudo gobernar sin legitimidad, apoyado en la inercia y el terrorismo de Estado. Pero cuando el miedo alcanza a quienes daban órdenes, el poder se vuelve defensivo, reactivo, explicativo. Empieza a hablar de sí mismo, a justificarse, a pedir cohesión.

La etapa de estabilización necesita de ese momento, pero no lo produce con discursos ni con arengas. Lo produce con hechos. Al hablar, Cabello intenta disciplinar a los suyos, cerrar filas, impedir cooperaciones indeseadas. Sin embargo, en ese gesto confirma exactamente lo contrario de lo que pretende: que el miedo ya no es una herramienta de dominación, sino un síntoma de fragilidad.

Y cuando el miedo deja de ser un instrumento y pasa a ser un síntoma, la estabilización entra en su tramo más frágil: ese en el que el orden todavía puede administrarse, incluso imponerse, pero la autoridad ya no persuade. El poder continúa en pie, pero ha perdido el don más decisivo de todos: la capacidad de hacerse invisible. No estamos ante el final del poder delegado, sino ante algo más inquietante —y, en cierto modo, más novelesco—: el instante en que el poder queda expuesto, sin relato que lo proteja. Y en ese momento, el miedo cruza la calle.

Antonio de la Cruz

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