El notario del tiempo, por José Ignacio Gerbasi (@jgerbasi)

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Hay una escena que se repite en la historia de las negociaciones fallidas y que Giuseppe Tomasi di Lampedusa resumió mejor que cualquier politólogo: hay que cambiar algo para que nada cambie. En El Gatopardo, la aristocracia siciliana no combate la revolución; la invita a cenar, la casa con su hija, y once meses después el mundo sigue exactamente donde estaba, solo que con nuevos apellidos ocupando los mismos salones. Venezuela acaba de inaugurar su propio salón: un centro de convenciones dentro de una base aérea, con los teléfonos de los fotógrafos confiscados en la entrada, como si el problema de este país fuera que se filtre demasiada verdad y no que se filtre, hace treinta años, demasiado poca.

Ningún gerente serio aprobaría lo que se firmó esta semana. Un proyecto sin cronograma verificable, sin indicadores, sin línea base y sin sanción por incumplimiento no es un proyecto: es un comunicado con fecha de vencimiento, redactado con el mismo cuidado retórico que un contrato que nadie piensa cumplir. La mesa fijó una primera fase hasta el 12 de agosto y, en la misma respiración, empujó la meta real —la que de verdad importa, la del Poder Electoral, el Tribunal Supremo, el cronograma de elecciones— hasta diciembre. Cualquiera que haya gerenciado un proyecto sabe leer esa maniobra sin necesidad de traductor: cuando no hay entregables que mostrar, se rediseña el cronograma para que el fracaso de hoy se disfrace de promesa de mañana. Eso no es diplomacia, es contabilidad creativa aplicada a la esperanza de un país, y tiene un nombre técnico menos elegante que «diálogo»: dilación estratégica del riesgo, la forma corporativa de decir que alguien gana tiempo mientras otro pierde la vida.

Los propios analistas que siguieron la instalación fueron generosos al llamarlo tropiezo. Los principios suscritos —respeto, buena fe, trato paritario— son buenos modales de sobremesa, no compromisos verificables: la clase de lenguaje que cualquier manual de relaciones públicas recomienda cuando no hay nada sustantivo que anunciar. Se firmaron, además, en una instalación militar y no civil, como si la democracia que se dice perseguir necesitara pedirle permiso a un cuartel para nacer. Y mientras las delegaciones deliberaban a puerta cerrada, a una periodista la rodearon seis hombres de negro por el delito de estar ahí con una cámara. Ese gesto, más honesto que cualquier comunicado, es el verdadero acuerdo de metodología: se negocia sin testigos porque lo que se negocia no resiste testigos.

Aquí la filosofía tiene algo que decir que la gerencia no alcanza a nombrar. Camus pidió imaginarse a Sísifo feliz, empujando la piedra sabiendo que volverá a caer. Pero Sísifo al menos sabe que la piedra es suya, que el absurdo es su condena personal y no un préstamo ajeno. Lo que le piden al venezolano de a pie es más cínico todavía: que aplauda cada vez que la mesa se declara en «sesión permanente», como si la permanencia fuera sinónimo de avance, cuando es la prueba más honesta de que a nadie, del lado que controla el calendario, le urge llegar a ningún lado. Y esta película ya la vimos, literalmente: en Hechizo del tiempo, Bill Murray repite el mismo día hasta la náusea, y lo que finalmente lo salva no es la repetición sino el instante en que deja de actuar solo en beneficio propio. La mesa venezolana lleva más de una década atrapada en ese mismo día, y ya tiene nombre y apellido: Barbados 2023, acuerdos firmados y después ignorados por quien los firmó; 28 de julio de 2024, un triunfo electoral que el poder simplemente decidió que no había ocurrido. La diferencia con el cine es que Bill Murray, al final, aprende algo. Aquí quien tutela el proceso —porque hay que decirlo sin eufemismo: esta mesa no la dirige Caracas, la dirige Washington— parece conformarse con que el país siga despertando en la misma fecha, siempre a un paso de diciembre, siempre a un paso de las elecciones, nunca en diciembre, nunca en las elecciones.

Lo más honesto que se ha dicho sobre esta mesa no lo dijo un vocero, lo dijo un politólogo al advertir que todo esto podría no ser más que un acto notarial: un trámite para darle a un tercer actor la tranquilidad jurídica de que sus inversiones están a salvo, mientras el país que enterró a sus muertos de junio sigue esperando algo más sustancioso que un principio de buena fe redactado en un comunicado de Twitter. Ahí está el argumento que nunca llegó: nadie ha explicado todavía qué se negocia cuando ninguna de las dos delegaciones tiene, hoy, el poder de imponer nada por sí sola. Se negocia la apariencia de negociar. Y comprar tiempo, cuando quien paga la cuenta es un pueblo desplazado por un sismo y por tres décadas de promesas notariales, no es prudencia: es la forma más cara y más educada de la indiferencia, vestida de proceso.

Pero hay algo que esta vez es distinto, y sería deshonesto no decirlo. María Corina y con ella una nación entera están vigilantes, no inactivos: han aprendido, a fuerza de Barbados y de un 28 de julio robado a plena luz, que la trampa se repite si nadie la nombra a tiempo, y esta vez alguien la está nombrando. Nadie la pidió como mesías, y ella tampoco se ofreció como uno: es alguien de carne y hueso, que se cansa, que calcula, que se equivoca y corrige, acompañada de un equipo que entiende algo que a la mesa de La Carlota se le olvidó en la primera sesión: que Venezuela está por encima de cualquier comunicado, de cualquier acta, de cualquier acto notarial dispuesto a comprar tiempo con el sufrimiento ajeno. Esa vigilancia sin pasividad es, quizás, lo único en esta historia que todavía no tiene guion escrito de antemano.

Vamos por más…

@jgerbasi

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