El otro terremoto, el miedo que sigue sacudiendo a Panamá

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Por Carlos A. Fernández

Hace algunos días, Panamá sintió cómo la tierra se movía bajo sus pies. Un terremoto de magnitud 7.7 sacudió el país y, en cuestión de segundos, quebró una sensación de tranquilidad que durante mucho tiempo consideramos prácticamente inquebrantable.

El sismo no solamente dejó consecuencias materiales. Cobró la vida de una mujer, a cuya familia expresamos nuestras más sentidas condolencias; afectó viviendas, comprometió carreteras y provocó daños en distintas comunidades. Pero también nos arrebató algo que no aparece en los informes técnicos, que no se contabiliza en los balances de daños y que difícilmente puede medirse en cifras, la tranquilidad. Porque hay una parte de esta tragedia que no estamos mirando con suficiente atención. Panamá no está bien emocionalmente. Reconocerlo es tan importante como atender los daños estructurales que dejó el terremoto.

Desde aquel viernes, miles de personas viven pendientes de cualquier movimiento, de cualquier ruido, de cualquier vibración que pueda confundirse con una nueva réplica. Hay quienes duermen con temor, quienes revisan constantemente las aplicaciones de sismos en sus celulares, quienes sienten ansiedad cuando escuchan un sonido inesperado y quienes, sencillamente, no consiguen recuperar la tranquilidad con la que vivían hace apenas unos días.

La tierra puede dejar de moverse, pero el miedo no necesariamente se detiene con ella. Las más de 400 réplicas registradas después del evento principal han prolongado una sensación de incertidumbre que atraviesa hogares, oficinas, escuelas y comunidades enteras. Cada nuevo movimiento vuelve a despertar el recuerdo de aquel mediodía. Cada información sobre posibles escenarios futuros alimenta preguntas para las que nadie tiene respuestas definitivas.

¿Puede ocurrir otro terremoto de igual magnitud? ¿Cuándo dejarán de sentirse las réplicas? ¿Estamos realmente seguros en nuestras viviendas? ¿Debemos continuar con nuestras actividades como si nada hubiera sucedido? Son preguntas reales y legítimas, no son exageraciones ni manifestaciones de debilidad. Son reacciones humanas frente a una experiencia que nos recordó, de la manera más contundente, que no tenemos el control absoluto sobre nuestro entorno.

En medio de esta situación también debemos aprender a distinguir entre información científica y especulación. Los terremotos no pueden predecirse con exactitud. Ningún especialista puede establecer con certeza cuándo ocurrirá el próximo movimiento ni garantizar que no sucederá. Podemos estudiar las fallas, analizar los antecedentes, evaluar los riesgos y prepararnos, pero el futuro sigue siendo incierto. Solo DIOS tiene la certeza de lo que ocurrirá mañana.

Mientras tanto, el Gobierno Nacional tiene la obligación de fortalecer los mecanismos de prevención, evaluar las condiciones de nuestras infraestructuras y garantizar que las instituciones estén preparadas para responder ante una eventual emergencia. Los ciudadanos, por nuestra parte, debemos informarnos, prepararnos y asumir una cultura de prevención que no aparezca únicamente cuando ocurre una tragedia. Por eso, debemos ser más comprensivos. En nuestros trabajos, en nuestras empresas, en las instituciones y, sobre todo, dentro de nuestros hogares. La productividad puede esperar un poco; la condición humana merece atención inmediata.

El terremoto nos recordó nuestra fragilidad, pero también debe recordarnos nuestra capacidad de acompañarnos y ayudarnos. Panamá necesita reconstruir carreteras, reparar viviendas y atender las consecuencias materiales de esta tragedia. Pero también necesita recuperar algo que no se reconstruye con cemento, la tranquilidad de su gente. Mientras ese momento llega, abracemos a nuestras familias, cuidemos nuestra salud emocional, ayudemos a quienes más lo necesitan y tengamos FE.

Que Dios bendiga a Panamá y nos conceda la serenidad, la fortaleza y la sabiduría para superar estos días.

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