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Es lo que es

El Peso que te define, por José Ignacio Gerbasi (@jgerbasi) 

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Todos caminamos encorvados. Es una verdad universal, más profunda que cualquier axioma matemático. No es la gravedad la que nos doblega, sino un peso silencioso y acumulativo: la mochila existencial. Esta carga invisible es el compendio de nuestro ser no resuelto: las inseguridades susurradas en la noche, el lastre inerte de los miedos irracionales, el recuerdo lacerante de los errores pasados que aún nos definen y, sí, también la promesa no cumplida de los sueños aparcados. Es un peso que normalizamos hasta que el dolor de la espalda curvada se confunde con la propia textura de la vida.

La mochila no se llena de golpe. Es una acumulación lenta y constante, piedra a piedra, de cada decepción, de cada palabra no dicha, de cada batalla interna que libramos en soledad. Y en el corazón de esta pesada acumulación reside el verdadero obstáculo, la barrera que se alza entre nosotros y la liberación: la arrogancia del ego.

¿Por qué nos aferramos al peso? Porque, para el ego, la mochila es una prueba de nuestra autosuficiencia. Creemos, erróneamente, que el tamaño de nuestra carga es la medida de nuestra experiencia o de nuestra fortaleza. Soltar se percibe como una derrota, un acto de debilidad.

Esta soberbia se manifiesta principalmente en el error de querer tener siempre la razón. Es un mecanismo psicológico de defensa. Admitir que podemos aligerar la mochila implica aceptar que algunas de las «piedras» que cargamos —nuestras culpas, rencores o temores— son, en realidad, percepciones obsoletas o juicios equivocados sobre nosotros mismos. Al negarnos a escuchar una perspectiva externa, atamos el nudo de nuestra mochila con el pestillo de nuestra propia obstinación. Nos volvemos, en palabras del filósofo Friedrich Nietzsche, camellos que se arrodillan y se dejan cargar bien, convencidos de que «solo el hombre es para sí mismo una carga pesada» porque lleva demasiadas cosas ajenas.

Nos encerramos en una ciudadela, robusta e impenetrable, tal como advirtió Osho, creyendo que la fortaleza es ser invulnerable. Pero esta armadura, lejos de protegernos, nos asfixia; nos impide la vulnerabilidad, el acto supremo de coraje que exige la ligereza.

Pero en medio de este camino existencial, de vez en cuando, aparece la preciosa excepción. Son esas personas que te ven, no la carga, sino a ti. No señalan el peso, sino la curvatura de tu alma. Son quienes, sin juicio y con una empatía radical, se sientan a tu lado y comienzan la tarea sagrada: ayudarte a vaciar la mochila.

Ellos no te dan la solución; te ofrecen la luz. Su herramienta más potente es la escucha activa, el espejo que te permite ver el peso por lo que realmente es: no un defecto, sino un error de cálculo. Ellos sacan la piedra de la inseguridad y te preguntan: ¿Y si esto solo fue una mala interpretación de tu valor? Sacan el error pasado y te dicen: Esto no es un ancla, es solo una lección costosa. Mírala, agradécela y déjala ir. Sacan el miedo y te recuerdan: La vulnerabilidad no es debilidad, es la base del coraje. Como afirma Brené Brown, «El valor empieza por mostrarse y dejarse ver.»

Ellos nos enseñan que el acto de soltar no es rendición, sino un reajuste profundo de nuestra identidad. Nos permiten ser imperfectos, nos liberan del perfeccionismo que se centra en el juicio de los demás («¿Qué pensarán?») y nos invitan a un esfuerzo saludable centrado en nosotros mismos («¿Cómo puedo mejorar?»).

Vaciar la mochila no es un evento, sino una práctica constante. Es el primer paso para afirmar nuestro destino, para forjar un ego que no se derrumba cuando las cosas incomprensibles suceden, sino un ego que aguanta la verdad y es capaz de hacer frente al destino, como sugería Carl Jung.

El verdadero regalo que nos da la preciosa excepción no es la eliminación de la carga, sino la recuperación de nuestra capacidad de caminar ligeros. Es la posibilidad de elegir la valentía sobre la comodidad, de mirar el futuro y no arrastrar el pasado. La lección final es doble. Primero, tener el coraje de admitir: «Necesito ayuda para soltar esto». Segundo, y quizás lo más importante, es aspirar a convertirnos en esa excepción preciosa para alguien más. Solo cuando aprendemos a despojarnos del peso innecesario, podemos extender la mano a otro que lucha bajo el yugo de su propia soberbia, y comenzar juntos, piedra a piedra, el camino hacia la auténtica libertad.

Doblamos la espalda para mirar hacia el cielo, entendiendo que cada paso de liberación es una gracia. ¡Gracias, Vida, por la pesadez que obligó a la reflexión, por la lección dolorosa que nos enseñó a distinguir entre el equipaje necesario y el lastre inútil! ¡Gracias, Dios o fuerza superior que organiza el cosmos, por la infinita misericordia que nos permite reescribir nuestra historia, por dotarnos de la capacidad de redención y por permitir que el amor se manifieste a través de los demás, siendo ellos nuestro reflejo en la Tierra!

Y a esas personas preciosas, esos ángeles terrenales que nos mostraron la salida del laberinto, a ustedes les consagramos esta ligereza. Ustedes no solo sacaron piedras; sembraron semillas de futuro en el vacío que dejaron. Son la prueba viviente de que la humanidad es capaz de la redención más hermosa. Que esta experiencia nos impulse a una misión: a mantenernos eternamente ligeros y a ser, a su vez, el bastón y el alivio para el próximo caminante cansado. Que la preciosa excepción se multiplique sin medida, hasta que la esperanza sea el aire que todos respiramos y la ligereza, nuestro destino compartido. ¡A caminar, con el corazón libre y la espalda erguida, hacia la luz que nos espera!

Vamos por más…

@jgerbasi

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