El problema del poder político, por Ricardo Ciliberto Bustillos

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Hay una especie de regresión en la política. Antes de la Revolución  Francesa, el poder, salvo algunos matices y minúsculas diferencias, era  rotundamente absoluto. Quienes lo detentaban, lo alcanzaban por vía de la guerra, la imposición, la herencia o mediante la distribución de  prebendas o beneficios. El poder en aquellos tiempos no tenía límites  ni se atenía a ciertas normas prestablecidas. El rey o el gobernante de  turno decidían, por lo general, de manera unipersonal y a su real saber  y entender. Esta suerte de autocracia, más allá de algunas “actas”,  acuerdos, declaraciones de derechos, se fue haciendo frágil, llegándose a cuestionar, incluso, sus fundamentos y procederes. Entonces, advino, a partir de 1789, la famosa igualité, legalité y  fraternité de los galos, y el ejercicio del poder omnímodo cambió para  siempre, o al menos eso pensamos. De ahora en adelante, a pesar de  ciertas resistencias de las viejas coronas y monarquías europeas, los  derechos de los ciudadanos, las constituciones y los límites al poder se  abrieron, poco a poco, camino hasta adquirir una asombrosa vigencia. 

En nuestro caso, el poder siempre ha sido algo mágico, atrayente, su  búsqueda, a toda costa, ha tenido salpicaduras de violencia,  vulneración del orden jurídico y un diabólico propósito que en muchas  ocasiones ha causado daños colectivos y personales,  lamentablemente, en su mayoría irreparables. 

A partir de 1958, por más que algunos abjuren de sus beneficios y que  los menos hayan cometido desafueros y delitos contra la cosa pública – entre otras ilicitudes- la verdad es que el poder estuvo atado a una  constitución y a una serie de leyes que permitieron la pacífica  convivencia y un avance significativo como país.

Sí, 40 años en los que creímos que el mandado político estaba hecho;  que nada ni nadie nos podría arrebatar la riqueza que nos  proporcionaba el petróleo y que la sociedad venezolana daba firmes  demostraciones en su afán por superar lo rural, las necesidades  básicas, las carencias del pasado y, sobre todo, del querer vivir en  libertad y democracia. 

Desafortunadamente, la tarea no se hizo como Dios manda. El poder,  con formas absolutistas, lleno de personalismos y dispuesto a  brincarse a la torera cualquier amarre legal, salió de su merecido y  apropiado encierro para regresarnos a etapas que creímos superadas. 

Recalcamos lo que han dicho destacados estudiosos de lo público: La  democracia es un sistema político que no tiene seguro de vida. 

Da la impresión que occidente está coqueteando con el autoritarismo.  Ejemplos y casos sobran. En la misma nación norteamericana se están  dando situaciones que contradicen abiertamente su conocida e  histórica voluntad democrática. Obviamente, esto pone en peligro a  aquellas naciones que pujan por establecer un sólido sistema  republicano, en las cuales debemos incluirnos por más que estemos  atravesando momentos harto difíciles y regresivos. 

Es cierto que el mundo está cambiando y -por tanto- las democracias  deben adaptarse a estas nuevas realidades, pero eso de desenterrar  totalitarismos, cultos a la personalidad, gobiernos autocráticos, por  todo y en todo, resulta un contra sentido, rayano en la idiotez. 

El problema del poder político en la actualidad se halla en este inevitable debate entre lo que podríamos denominar la “restauración” o “resurgimiento” de cierto absolutismo, y la adaptación de las  democracias y sus instituciones a las modernas e innovadoras  exigencias de los ciudadanos. Nosotros, aquí, no escapamos de esta peliaguda polémica y engorrosa circunstancia. La historia nos hace un permanente llamado a tomar en serio este delicado asunto.

Ricardo Ciliberto Bustillos

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