El realismo mágico de Trump y las cifras fabulosas del petróleo venezolano

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Por David Morán Bohórquez

El escritor colombiano Gabriel García Márquez convirtió lo imposible en cotidiano. En Macondo llovían flores amarillas, las plagas del insomnio borraban la memoria colectiva y las mariposas amarillas acompañaban los pasos de Mauricio Babilonia como si fueran parte natural del paisaje. El realismo mágico logró que los lectores aceptaran fenómenos extraordinarios porque formaban parte de una novela de ficción.

El realismo mágico fue, durante décadas, un género de estudio obligatorio en las clases de literatura de los primeros años del bachillerato venezolano. No se trataba solo de una corriente literaria, sino de una puerta de entrada a una forma distinta de entender a aquella América Latina, marcada por fuertes tensiones políticas e influencias ideológicas de diverso signo, donde lo extraordinario convivía con lo cotidiano sin necesidad de explicación.

En ese recorrido formativo aparecían nombres y sus obras emblemáticas que se volvían familiares para generaciones de estudiantes: Alejo Carpentier, escritor cubano, con El reino de este mundo; Juan Rulfo, escritor mexicano, con Pedro Páramo; Miguel Ángel Asturias, escritor guatemalteco y Premio Nobel de Literatura, con Hombres de maíz; y Arturo Uslar Pietri, escritor venezolano, con Las lanzas coloradas. Autores que, desde distintas geografías y sensibilidades, construyeron universos donde la historia, la mitología y lo fantástico se entrelazan de manera natural.

De ese universo literario venimos. Y desde esa memoria compartida es inevitable reconocer cuándo el lenguaje político intenta, consciente o no, apropiarse de esa misma lógica narrativa en la que los hechos dejan de ser verificables para convertirse en un simple relato mágico.

El problema surge cuando el realismo mágico abandona la literatura y entra en la política

«La gente en Venezuela está contenta… antes eran miserables, estaban pasando hambre, pero tienen muchísimo petróleo bajo tierra. ¿Saben cómo se encuentra petróleo en Venezuela? Basta con mirar al suelo y verán petróleo brotando», comentó Trump recientemente. “Hemos sacado millones de barriles de petróleo. Y nos llevamos muy bien con la gente que lo dirige, son grandes personas. Y la gente es feliz en el país”, y remató: “Tenían un mal sistema. Ahora están ganando más dinero para el país del que nunca antes habían ganado, y nosotros también estamos ganando mucho dinero”.

Las recientes declaraciones de Donald Trump sobre Venezuela parecen extraídas de una novela latinoamericana más que de un informe económico. Según el presidente estadounidense, los venezolanos están felices, la riqueza petrolera fluye con abundancia, se han producido millones de barriles adicionales y tanto Venezuela como Estados Unidos están obteniendo ganancias extraordinarias gracias a la nueva apertura petrolera. Macondo se queda pequeño ante su relato. Se refiere a un país entero. Es realismo mágico con esteroides.

Sin embargo, existe un detallito incómodo: las cifras que respaldarían semejante transformación permanecen invisibles.

En la narrativa presidencial, el petróleo venezolano parece comportarse como un recurso encantado. Basta con mirar hacia el suelo para encontrarlo. Los ingresos aumentan. La prosperidad florece. Los ciudadanos sonríen. Las empresas ganan dinero. Todos parecen beneficiarse. Pero cuando llega el momento de presentar datos auditados, balances verificables o estadísticas independientes, el relato se desvanece como una ilusión literaria.

La situación recuerda aquellas lluvias imposibles que caracterizaban a Macondo. Solo que, en este caso, no llueven flores amarillas sino millones de barriles imaginarios cuya existencia nadie puede confirmar con precisión. También recuerda las mariposas amarillas que revoloteaban alrededor de los personajes de García Márquez: visibles para quienes participan de la historia, pero imposibles de atrapar cuando se intenta examinarlas de cerca.

Incluso hay algo de alquimia en el discurso. Durante siglos, los alquimistas, como el propio Melquíades en el universo de Macondo, buscaron transformar metales comunes en oro y descifrar los secretos ocultos de la materia. Pero en Cien años de soledad, la alquimia no solo es laboratorio: también es escritura cifrada, destino y revelación tardía en los pergaminos de Melquíades, donde la historia parece ya escrita antes de ser comprendida.

Hoy, algunos dirigentes parecen intentar una operación similar: convertir anuncios políticos en riqueza económica sin pasar por el incómodo e ineludible proceso de demostrar los resultados. Como en esos documentos herméticos de Melquíades, el relato se presenta como verdad consumada, aunque solo pueda validarse —o desmentirse— cuando ya es demasiado tarde para corregirlo.

Pero…  la realidad petrolera es tercamente mucho menos mágica

La producción de petróleo se mide. Las exportaciones se registran. Los ingresos fiscales se contabilizan. Las inversiones dejan rastros financieros. Los campos petroleros producen o no producen. Las refinerías operan o permanecen paralizadas. Nada de ello pertenece a la dimensión de la imaginación.

Precisamente por eso resulta llamativo que, seis meses después de iniciada lo que llamaremos la «apertura petrolera» impulsada por Washington, las autoridades continúen evitando la publicación de cifras auditadas. Esta opacidad es aún más crítica si consideramos que la supuesta «apertura» se desarrolla bajo un marco legal —centrado en la Ley Orgánica de Hidrocarburos (LOH)— que, lejos de ofrecer seguridad jurídica plena, mantiene esquemas contractuales y de licenciamiento que, por su naturaleza, exigen una transparencia que hoy brilla por su ausencia.

La industria petrolera mundial no funciona sobre la base de relatos épicos, y mucho menos mágicos, sino de datos verificables. Los inversionistas analizan reservas certificadas, riesgos regulatorios, tasas de retorno y estabilidad institucional. Ninguna empresa de escala global compromete miles de millones de dólares porque un líder político afirme que todo marcha maravillosamente bien.

El economista Douglass North explicó que el crecimiento económico depende de instituciones capaces de generar confianza y reducir incertidumbre. Las instituciones son las reglas del juego que permiten la cooperación entre individuos, empresas y gobiernos. Sin ellas, los discursos pueden generar curiosidad y expectativas, pero difícilmente generan inversiones sostenibles. No es la primera vez que cito a North en mis análisis de la Venezuela tutelada. Pero el tiempo, en efecto, le ha dado la razón.

Ese es precisamente el núcleo del desafío venezolano. La principal riqueza del país nunca ha sido únicamente el petróleo que yace bajo tierra, sino la capacidad de construir instituciones que permitan transformarlo en bienestar colectivo. Para un observador internacional, este no es un tema doméstico menor; la persistencia de un sector energético opaco en Venezuela proyecta una sombra de inestabilidad sobre el suministro energético global y regional, impidiendo que el mercado petrolero recupere la previsibilidad necesaria para su recuperación a largo plazo. Además, el petróleo es un commodity común en otros países, y las petroleras globales los comparan con meticulosa objetividad.

Por eso, la pregunta central no es cuántos barriles adicionales se están produciendo, sino por qué quienes aseguran que la recuperación avanza con éxito siguen evitando mostrar las evidencias que lo demostrarían.

La «insolvencia de credibilidad»

Para Trump y para su interina Delcy Rodríguez, el riesgo es común pero asimétrico: la «insolvencia de credibilidad«.

Para el primero, el riesgo es que su relato termine pareciéndose demasiado a una novela fantástica y demasiado poco a una evaluación económica seria ante el electorado y los mercados, nacionales e internacionales

Para la interina, el problema es aún más delicado: la transparencia que exige una industria petrolera moderna no solo permitiría evaluar los resultados actuales, sino que también expondría con crudeza las responsabilidades acumuladas durante los años en que Venezuela, (con ella como pieza importantísima y figura clave de esas gestiones), pasó de ser una potencia energética global a convertirse en un símbolo mundial de colapso productivo, captura institucional y opacidad sistemática en el manejo de la principal riqueza nacional.

Esa misma opacidad histórica no solo arrastra el pasado, sino que termina contaminando el presente. En la medida en que no se publiquen cifras auditadas, verificables e independientes sobre producción, exportaciones e ingresos, el discurso de la “recuperación petrolera” también queda atrapado en incentivos políticos que benefician a todos los actores del relato, incluido Donald Trump. La ausencia de datos duros permite sostener narrativas de éxito sin someterlas al escrutinio técnico que podría confirmarlas o desmentirlas.

Pero la historia económica y política tiene una característica ineludible: los relatos pueden sostenerse por un tiempo, pero no indefinidamente. Como ocurre en toda evolución de los procesos históricos, el futuro termina imponiendo su propio veredicto y, tarde o temprano, termina juzgando a quienes intentaron sustituir la evidencia por la narrativa

En ese sentido, el problema deja de ser únicamente venezolano y se convierte en un problema de credibilidad internacional: un sistema donde la falta de transparencia protege simultáneamente a quienes administraron el colapso y a quienes hoy aseguran estar liderando la recuperación. Sin cifras abiertas, el petróleo venezolano no solo sigue siendo un activo geológico, sino también un activo narrativo moldeable por conveniencia política.

Una cosa es que en Macondo lluevan flores amarillas. Otra muy distinta es pretender que millones de barriles de petróleo aparezcan en las estadísticas sin que nadie pueda mostrarlos.

En Cien años de soledad, la historia de los Buendía no escapa a su destino: los ciclos se repiten, pero finalmente se cierran, y el orden de las cosas termina imponiéndose. Es la parte real del realismo mágico. De igual forma, en la vida política y económica, las narrativas no pueden sustituir indefinidamente a las instituciones: las elecciones, que constituyen una demanda popular expresada de forma nítida el 28 de julio de 2024, la transparencia y una nueva institucionalidad no son una opción retórica, sino una necesidad inevitable para cerrar el ciclo de opacidad y reconstruir la soberanía y credibilidad de la nación venezolana.

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