A propósito de la reciente rueda de prensa dada por María Corina Machado en la UCAB a los pocos días de su arribo al país, cabe destacar que sus pronunciamientos y respuestas estuvieron muy apartados de la diatriba y el radicalismo que algunos de sus seguidores promueven abiertamente.
En efecto, proporciona mucha satisfacción, tanto personal como ciudadana, que su intervención no haya estado sustentada en revanchismos, confrontación y sobre todo en deslices mesiánicos. Fue al grano en sus aclaratorias, no exentas -reiteramos – de firmeza, claridad y de total conocimiento de la difícil situación que atravesamos.
En hora buena -también- la restitución de su derecho a estar en Venezuela, de recorrerla a sus anchas, de reunirse y expresar sus opiniones libremente, además de tener la posibilidad de reorganizar su partido “Vente” con miras a unas futuras elecciones.
La realidad política ha ido cambiando. No es que estemos totalmente satisfechos, pero se han logrado avances significativos que nos permiten ser optimistas en este empeño por la verdadera restitución de la democracia y por la reconstrucción de sus más importantes instituciones.
Sirva de ejemplo, más allá de las distancias, el Pacto de Puntofijo, suscrito el 31 de octubre de 1958 por Rómulo Betancourt, Rafael Caldera y Jóvito Villalba, en representación de sus respectivas organizaciones políticas AD, Copei y URD. Este acuerdo histórico, guste o no, constituyó la base fundamental para el establecimiento y ejercicio de la democracia durante cuatro décadas.
Ahora, tras largos 27 años de un inentendible y perverso socialismo del siglo XXI, esperamos que las fuerzas democráticas hayan aprendido al menos una lección. Si bien una circunstancial mayoría le compró a Hugo Chávez en 1998 un discurso lleno de confrontación; de imprecaciones al sistema y de ofrecimientos demagógicos y populistas, también los partidos fundamentales cometieron excesos y grandes yerros,
cuando asumieron conductas nada acordes con las necesidades del momento y, para colmo, cuando dedicaron mucho tiempo a la fragmentación y disminución ante la opinión pública de la imprescindible
credibilidad que siempre requieren las instituciones. No están, entonces, liberados o inmunes del desastre causado.
El regreso de María Corina no lo es todo. Hace falta, simultáneamente, la recomposición de las fuerzas democráticas; el dejar a un lado los personalismos y – por supuesto – trabajar, denodadamente, por un programa y acción conjunta para un futuro gobierno, tal como lo hicieron los fundadores de la democracia por allá en 1958. En este sentido, el Pacto de Puntofijo debe
servirnos de ejemplo y guía para los afanes y planteamientos para una Venezuela que ha despertado de esta larga pesadilla. Entonces, se trata de demostrar coherencia y ante todo tino y responsabilidad en las propuestas y soluciones. María Corina no es todo. Sola no puede. El Pacto de Puntofijo tiene una vigencia incuestionable. Su ejemplo pervive entre nosotros.
Ricardo Ciliberto Bustillos


