El Regreso, por Ricardo Ciliberto Bustillos

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A propósito de la reciente rueda de prensa dada por  María Corina Machado en la UCAB a los pocos días de  su arribo al país, cabe destacar que sus  pronunciamientos y respuestas estuvieron muy  apartados de la diatriba y el radicalismo que algunos de  sus seguidores promueven abiertamente.  

En efecto, proporciona mucha satisfacción, tanto  personal como ciudadana, que su intervención no haya  estado sustentada en revanchismos, confrontación y sobre todo en deslices mesiánicos. Fue al grano en sus  aclaratorias, no exentas -reiteramos – de firmeza,  claridad y de total conocimiento de la difícil situación que  atravesamos. 

En hora buena -también- la restitución de su derecho a  estar en Venezuela, de recorrerla a sus anchas, de  reunirse y expresar sus opiniones libremente, además de  tener la posibilidad de reorganizar su partido “Vente” con  miras a unas futuras elecciones. 

La realidad política ha ido cambiando. No es que  estemos totalmente satisfechos, pero se han logrado  avances significativos que nos permiten ser optimistas en  este empeño por la verdadera restitución de la  democracia y por la reconstrucción de sus más  importantes instituciones.

Sirva de ejemplo, más allá de las distancias, el Pacto de  Puntofijo, suscrito el 31 de octubre de 1958 por Rómulo  Betancourt, Rafael Caldera y Jóvito Villalba, en  representación de sus respectivas organizaciones  políticas AD, Copei y URD. Este acuerdo histórico, guste  o no, constituyó la base fundamental para el  establecimiento y ejercicio de la democracia durante  cuatro décadas. 

Ahora, tras largos 27 años de un inentendible y perverso socialismo del siglo XXI, esperamos que las fuerzas  democráticas hayan aprendido al menos una lección. Si  bien una circunstancial mayoría le compró a Hugo  Chávez en 1998 un discurso lleno de confrontación; de  imprecaciones al sistema y de ofrecimientos  demagógicos y populistas, también los partidos  fundamentales cometieron excesos y grandes yerros, 

cuando asumieron conductas nada acordes con las  necesidades del momento y, para colmo, cuando  dedicaron mucho tiempo a la fragmentación y  disminución ante la opinión pública de la imprescindible 

credibilidad que siempre requieren las instituciones. No  están, entonces, liberados o inmunes del desastre causado. 

El regreso de María Corina no lo es todo. Hace falta,  simultáneamente, la recomposición de las fuerzas  democráticas; el dejar a un lado los personalismos y – por supuesto – trabajar, denodadamente, por un  programa y acción conjunta para un futuro gobierno, tal  como lo hicieron los fundadores de la democracia por allá  en 1958. En este sentido, el Pacto de Puntofijo debe 

servirnos de ejemplo y guía para los afanes y  planteamientos para una Venezuela que ha despertado de esta larga pesadilla. Entonces, se trata de demostrar  coherencia y ante todo tino y responsabilidad en las  propuestas y soluciones. María Corina no es todo. Sola  no puede. El Pacto de Puntofijo tiene una vigencia  incuestionable. Su ejemplo pervive entre nosotros.

 Ricardo Ciliberto Bustillos 

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