Dijo que él no reacciona como la gente normal. Cuando un cohete explota, la mayoría de la gente en la sala se queda en silencio. Algunos lloran. Otros empiezan a calcular las pérdidas económicas.
Musk saca su teléfono y empieza a hacer llamadas. No llamadas emocionales. Llamadas técnicas. «¿Qué falló? ¿Cuándo podemos arreglarlo? ¿Cuándo es el próximo lanzamiento?». Su voz no cambia. Su rostro no cambia. El cohete que acaba de costar 60 millones de dólares ya es cosa del pasado. El siguiente es lo único que importa.
Dijo que fue lo más inquietante que jamás había presenciado. No porque fuera frío, sino porque realmente no le afectaba. El fallo no se percibía como un fallo, sino como datos. Un experimento que produjo resultados. Resultados que sirven de base para el siguiente experimento.
Por eso gana. No porque no fracase. Fracasa de forma más espectacular que nadie en la historia. Gana porque el fracaso no ocupa ningún espacio psicológico. Entra como datos y sale como acción.
La mayoría de la gente pierde no porque falle, sino porque pasa semanas procesando el fracaso antes de volver a actuar. Musk pierde cero segundos. El lapso entre el fracaso y el siguiente intento es una llamada telefónica.


