Fuerte Tiuna, 3 de enero

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A las 11:46 de la noche del viernes 2 de enero de 2026, hora de Caracas, el presidente Donald Trump dio la orden. La operación llevaba días lista, a la espera de que se abriera un claro en la nubosidad que cubría el norte del país. Poco antes de las dos de la madrugada, el sur de Caracas se quedó a oscuras. En La Carlota, en Fuerte Tiuna, en Higuerote y en el puerto de La Guaira se escucharon explosiones y el ruido de aeronaves que volaban demasiado bajo. A las 2:01, los helicópteros del 160.º Regimiento de Aviación de Operaciones Especiales del Ejército estadounidense llegaron sobre la residencia de Nicolás Maduro, dentro del complejo militar más custodiado de Venezuela. Uno de ellos recibió fuego desde tierra. Su piloto, con cuatro proyectiles en la pierna y la cadera, mantuvo el aparato estable mientras los operadores de la Fuerza Delta descendían por cuerdas. Según el relato del propio Trump, Maduro y Cilia Flores corrieron hacia un cuarto de seguridad revestido de acero, pero no alcanzaron a cerrar la puerta. El equipo de asalto llevaba sopletes por si tenía que cortar el metal. No hizo falta. A las 4:29, la fuerza ya volaba sobre el mar, con los dos detenidos a bordo, rumbo al buque USS Iwo Jima. En dos horas y media, Maduro y su mujer pasaron de ser dictadores autoritarios a reos ante la justicia norteamericana.

Para comprender mejor la historia, quisiera explicar la lógica de un cuarto de seguridad. En esencia, se trata del último anillo de protección, el recurso que se activa cuando todos los demás han fallado y cuya utilidad depende de una acción muy simple. El protegido tiene que llegar a él antes de que el atacante llegue al protegido. Esa madrugada, la lógica no se cumplió, no por una falla del último anillo, sino porque los anteriores nunca llegaron a funcionar. Entre el primer helicóptero y aquella puerta de acero había un ejército entero, un sistema de defensa antiaérea comprado a Rusia y China, una milicia que el régimen contaba por millones y un círculo de escoltas cubanos. De todo eso, solo los anillos más cercanos, los que custodiaban físicamente al dictador, llegaron a combatir cuando ya era demasiado tarde.

En el ensayo 14 describí lo ocurrido esa noche como una falla catastrófica sincronizada, una secuencia de golpes sobre varios nodos que no permitió que la red de poder se reorganizara a tiempo para absorberlos. No voy a repetir aquí ese argumento, ni el debate jurídico que la operación abrió, al que volveré en el próximo ensayo. Quiero referirme, en cambio, a la anatomía de la operación y, sobre todo, en lo que reveló del aparato que debía impedirla.

A Nicolás Maduro y a su esposa, Cilia, les habían dado una oportunidad honrosa para irse de Venezuela semanas antes de la operación. Hubo conversaciones en los últimos días de diciembre entre Caracas, Washington, Qatar e incluso el Vaticano para que el dictador dejara el poder. Dos aviones Airbus A340 de la aerolínea estatal Conviasa permanecieron parqueados en Maiquetía en esos días, a la espera de unos pasajeros que nunca llegaron. No existe una versión oficial de por qué la pareja no aceptó la oferta; la información no confirmada que se filtró desde Miraflores apunta a las recomendaciones enviadas desde La Habana, que sugerían no tomar en serio la amenaza de Trump, quien, al final, no ordenaría el ataque. Los hechos de los días siguientes probarían lo contrario.

Horas después de la captura, el jefe del Estado Mayor Conjunto, el general Dan Caine, ofreció algunos detalles. Más de ciento cincuenta aeronaves despegaron desde veinte bases terrestres y navales del hemisferio. Cazas F-22, F-35 y F/A-18, aviones de guerra electrónica y de alerta temprana, bombarderos B-1, drones y helicópteros de asalto. A medida que la fuerza se acercaba a Caracas, el componente aéreo fue desmantelando las defensas venezolanas para abrir un corredor por el que pasaron los helicópteros, mientras los comandos Espacial y Cibernético añadían sus propios efectos. Las tropas habían ensayado durante semanas en una réplica de la residencia, construida, según Trump, con el mismo acero. Caine resumió la filosofía de esa preparación en una frase que cualquier profesional de la seguridad suscribiría. No se trataba de hacerlo bien, sino de asegurarse de que fuera imposible hacerlo mal.

En el ensayo anterior escribí sobre la fricción de Clausewitz, esa distancia entre el plan y la realidad que convirtió la travesía de Machado en una noche a la deriva. La operación del 3 de enero fue diseñada para reducir al mínimo la fricción. Se esperó a que el clima cediera, se ensayó cada movimiento hasta volverlo automático y se multiplicaron las redundancias. Aun así, la fricción apareció, en forma de un helicóptero alcanzado y un piloto herido. Pero el margen previsto era tan amplio que la absorbió sin desviarse del objetivo.

Lo más revelador, sin embargo, no fue la potencia de fuego, sino la inteligencia que la precedió. Desde agosto, un pequeño equipo de la CIA había estado siguiendo en el terreno los movimientos y hábitos de Maduro. Caine lo dijo sin rodeos. Sabían dónde vivía, adónde viajaba, qué comía y qué vestía, e incluso conocían a sus mascotas. Los especialistas llaman a esto patrón de vida. Es la huella que deja cualquier cuerpo que duerme, come y se desplaza con cierta regularidad, y es exactamente lo que un ser multiplexado aprende a no dejar.

En el ensayo 20 conté cómo el régimen intentó, sin éxito, identificar el patrón de vida de María Corina Machado. Cortaba la electricidad de sectores enteros de Caracas mientras ella transmitía en vivo, para ver en qué zona se interrumpía la señal y llegó a buscar a sus peluqueras con la esperanza de que los condujeran a su escondite. Menos de un año después, la escena se invertía punto por punto. Esta vez fueron otros quienes apagaron la luz de la ciudad, no para encontrar a alguien, sino para que nadie los viera llegar. Y quien tenía rutina, domicilio y perímetro era el dictador.

A lo largo de esta serie he sostenido que la fortaleza del chavismo residía en su liquidez, en una red heterárquica capaz de perder nodos sin perder la forma, de disolver responsabilidades y de reconfigurarse ante cada presión. Pero toda red líquida, en momentos de máximo estrés, conserva un punto rígido del que no puede desprenderse: el cuerpo de quien la coordina. Una red puede no tener centro; un hombre no puede dormir en todas partes a la vez. Según varios reportes, Maduro alternaba los lugares en los que pasaba la noche. Pero alternar entre unos pocos sitios fortificados no es multiplexación, es apenas una rutina más compleja. El régimen, además, necesitaba ese cuerpo de otra manera. Un poder que gobierna desde el simulacro requiere un rostro en la pantalla, un programa semanal en televisión, una voz en cadena nacional y una figura bailando en una tarima. Machado había aprendido a no tener rostro. Maduro no podía permitirse dejar de tenerlo.

Queda la pregunta más difícil de responder para la Fuerza Armada Nacional Bolivariana. El 11 de septiembre de 2025, ante el despliegue naval estadounidense en el Caribe, Maduro había activado el Plan Independencia 200 y había anunciado 284 «frentes de batalla» a lo largo del país, con la movilización de millones de milicianos. Durante años, desfiles y transmisiones oficiales exhibieron los sistemas antiaéreos S-300 y Buk-M2 adquiridos a Rusia, que Hugo Chávez había presentado en 2009 como un disuasivo frente a cualquier agresión de Washington. En octubre, Maduro todavía presumía de sus misiles portátiles 9K38 Igla. La madrugada del 3 de enero, según una reconstrucción de The New York Times basada en fotografías, videos e imágenes satelitales, muchos componentes de esas baterías seguían almacenados y los sistemas no llegaron a conectarse a sus radares. Hubo al menos un lanzamiento de misil portátil, al que se respondió con fuego masivo. La aviación militar venezolana, según reportes publicados meses después, no habría respondido.

En 1991, Jean Baudrillard publicó un ensayo de título deliberadamente provocador, La guerra del Golfo no ha tenido lugar. No negaba los bombardeos ni las víctimas. Sostenía que lo que el mundo había presenciado no era una guerra entre dos contendientes, sino un espectáculo unilateral, mediado por las pantallas, en el que uno de los bandos nunca llegó a combatir como tal. Treinta y cinco años después, en Caracas, el simulacro estaba del otro lado. Los 284 frentes existían en las cadenas nacionales. Las baterías antiaéreas estaban presentes en los desfiles. La milicia figuraba en las cifras oficiales. Cuando por fin llegó lo real, el simulacro no combatió, simplemente se evaporó. En el sentido de Baudrillard, la defensa del 3 de enero no tuvo lugar.

No se trata de un problema de equipos ni de valentía individual. Durante dos décadas, la Fuerza Armada fue reconfigurada para otra guerra, la de un régimen contra su propia población. William Lind describió la guerra de cuarta generación como aquella en la que se desdibujan las fronteras entre lo bélico y lo político, entre el soldado y el civil, entre el combate y el delito. La FANB chavista absorbió esa confusión hasta convertirse en ella. Fue policía política, administradora de negocios, custodia de economías ilícitas y, como describí en el ensayo anterior, el carcelero de un país entero. Su contrainteligencia se especializó en perseguir a los disidentes y a sus propios oficiales. Una institución organizada para revisar teléfonos en una alcabala, reprimir protestas y vigilar los cuarteles desde adentro puede ser muy eficaz en esas tareas, pero no sirve para detener a ciento cincuenta aeronaves.

El dato que mejor lo resume llegó desde La Habana. Al día siguiente de la operación, el gobierno cubano confirmó la muerte de 32 de sus ciudadanos, todos ellos miembros de sus fuerzas armadas y del Ministerio del Interior, y decretó duelo nacional. Formaban buena parte del anillo de protección más cercano de Maduro. En la primera parte de esta serie describí la escuela internacional del poder líquido y el papel de la asesoría cubana en la inteligencia, la contrainteligencia y la seguridad presidencial del chavismo. Aquella noche se vio su consecuencia final. Desde la perspectiva de la protección, no hay confesión más elocuente. Quien pone su último anillo en manos de los soldados de otro país es porque no confía en los del suyo. También murieron militares venezolanos, 47 según la cifra que Vladimir Padrino López ofreció el 16 de enero y al menos dos civiles. Esas muertes no deben quedar diluidas en el análisis. Fueron el costo humano de una defensa que solo existía para la propaganda.

Lo que ocurrió en los días siguientes fue, otra vez, el método. El domingo 4 de enero, Padrino López leyó en la televisión estatal un comunicado en el que la Fuerza Armada calificaba la operación de «cobarde secuestro», se declaraba «unida, cohesionada» y exigía la liberación de Maduro, a quien llamaba «el auténtico y genuino líder constitucional de todos los venezolanos». Esa misma Fuerza Armada reconoció enseguida a Delcy Rodríguez, a quien el Tribunal Supremo había ordenado asumir la presidencia encargada y a quien su hermano Jorge juramentó el 5 de enero. El 7 de enero, los jefes de la Guardia de Honor Presidencial y de la contrainteligencia militar fueron relevados y sustituidos por un solo hombre de confianza de la nueva presidenta, Gustavo González López. En marzo le llegó el turno a Padrino, tras más de once años en el Ministerio de Defensa. Para julio, según un recuento publicado por Infobae, 110 generales y almirantes habían pasado a retiro, entre ellos el jefe del Comando de Defensa Aeroespacial Integral.

En el ensayo 15 expliqué cómo la red conserva, reubica o sacrifica a sus nodos según convenga a su supervivencia. Después del 3 de enero hizo exactamente eso. Sacrificó a quienes habían fallado, reubicó a quienes todavía le resultaban útiles y siguió funcionando. La paradoja es que esa misma capacidad de adaptación fue la que, durante años, permitió al régimen descuidar lo que no necesitaba para sobrevivir hacia adentro. Una red que nunca tuvo que defenderse de un enemigo exterior real terminó dejando sus defensas en un depósito.

Menos de cuatro semanas separan las dos escenas que cierran esta parte del relato. En la primera, una mujer con peluca, sin escoltas ni perímetro de seguridad, atravesó alcabalas militares y salió del país por tierra, mar y aire sin que el aparato represivo lograra verla. En la segunda, un hombre, rodeado de un ejército, de baterías antiaéreas y de escoltas extranjeros, no logró recorrer los pocos metros que lo separaban de su cuarto de acero. Una se hizo inasible porque aprendió a no tener patrón. El otro fue alcanzado porque no le quedó otra opción que tenerlo. Como he sostenido a lo largo de esta serie, la liquidez no es un atributo moral, sino una capacidad. El chavismo la repartió generosamente entre su red y se reservó para su jefe la última solidez que le quedaba. Aquella madrugada, el poder que se creía inalcanzable descubrió que también tenía un domicilio en Fuerte Tiuna.

Pocas horas después, desde Mar-a-Lago, Trump anunciaría que Estados Unidos iba a «gobernar» Venezuela hasta que pudiera realizarse una transición segura, adecuada y juiciosa. Al día siguiente, Marco Rubio aclaró que Washington no reconocía a Delcy Rodríguez como presidenta. Dos meses más tarde, ante un tribunal de Nueva York, el gobierno estadounidense la declaró la única jefa de Estado de Venezuela. Entre esas tres afirmaciones cabe toda la incertidumbre de lo que vino después. ¿Liberación o tutela? De ese dilema hablaré en el próximo ensayo.

Alberto Ray

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