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Historias del Copei que conocí (XIV): El famoso maratón copeyano, por Vladimir Petit Medina

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A lo lejos venía el maratonista concentrado en el enorme esfuerzo que demandaba mover su silla de ruedas sobre un asfalto que quemaba. Despuntaba en el cruce de la Fuerzas Armadas con Urdaneta y a su paso la gente aplaudía. Iba desprendido y en solitario… curiosamente, avanzaba sin escolta de la acostumbrada ambulancia ni el apoyo de tránsito. Sin embargo, el atleta mantenía la vista fija al frente en medio del baño de sudor producto de su empuje. Se oían los vitores de la gente apostada a ambos lados de la avenida en el canal de subida hacia La Pastora. Pero al competidor no parecía importarle nada ni nadie. Su mueca profunda de dolor se percibía a leguas. Avanzaba contra pendiente pero eso no hacía mella en su ritmo. La gente tiraba papelillo a su paso. Pero él… ni volteaba. En el cruce con la avenida Panteón, donde quedaba la sede de Copei, esperábamos el grupo de organizadores debidamente identificados, emocionados y orgullosos porque el Maratón Socialcristiano que realizábamos por primera vez ese día de comienzos de 1991, ya tendría un ganador que haría historia. Apenas 15 metros nos separaban de la acercha ubicada exactamente al frente de la sede nacional. Saludábamos la entrega del seguro ganador de su categoría… pero todos sentimos que el maratonista nos miraba de manera extraña. Ya casi en la curva pasó a verme a mí exclusivamente. En esos últimos metros finalmente pudimos observar claramente su número: 264, pero… también reparamos que venía con manchas rojas en su franelilla de competencia, restos de fruta en el pelo y el ojo un poco hinchado. Nos alarmamos porque pensamos que se había hecho daño con algo. De repente, lo impensable: el hombre paró la marcha y elevó las ruedas delanteras mientras preguntó agriamente:-¿Quién de Uds. es Vladimir Petit? Con sorpresa levanté la mano…y el atleta rápidamente me increpó: -¡Ud. es un irresponsable! Hay compañeros caídos a lo largo de la ruta ¡Los bomberos casi no se dan abasto para ayudar a la gente por el desastre que Uds. mismos armaron! Y los energúmenos esos en los puestos de abastecimiento ¡casi nos matan!

Así culminaba aquel maratón… pero veamos ahora la historia completa.

El 13 de junio de 1989 ganamos la secretaría nacional de la JRC en primera vuelta con 71% e inmediatamente iniciamos labores. Tuve entonces la suerte de contar con un equipo de primera en muchos órdenes… y en el área deportiva fue especialmente destacado. El secretario de deportes nuestro era de lujo: Gerardo Rincón, aka Plata, licenciado en educación física del Pedagógico de Caracas y experto conocedor de todo tipo de disciplina deportiva. El trajo a Marcos Oviedo, viejo amigo y quien aún hoy se mantiene como dirigente federativo de atletismo. Ambos propusieron que organizáramos el primer maratón socialcristiano de Caracas con la intención de convertirlo en tradición e incluso lograr una fecha fija en el cronograma olímpico. Fue tal su insistencia que así lo decidimos en directorio y nos pusimos en la obra apenas logramos que Carlos Luis Pacanins, compadre querido y Jefe de Finanzas Copeyanas, aprobara el presupuesto. Sin embargo, el asunto conllevaba tres grandes retos: involucrar a toda la estructura nacional que era fundamentalmente política, integrar a los directorios juveniles capitalinos del municipio libertador capitaneado por Goyo Cáribas y el de Vargas, liderado por mi compadre Pablo Da Silva y, finalmente, lograr algo tan bien hecho que se convirtiera en tradición y orgullo copeyano.

Rincón trajo un grupo de especialistas con amplia experiencia pero en las reuniones de programación comenzamos a notar que sólo hablaban los expertos. Dígame cuando mencionaban términos típicos de la jerga atlética… ¡qué pena sentíamos los demás! Recuerdo que  al  escuchar  por  primera vez  la  palabra cercha… callé  discretamente y fui  a  buscar  el 

diccionario sin que nadie se percatara. En esa época aún no había internet y los celulares parecían ladrillos. Así que busqué el Larousse en mi oficina y aprendí que era la estructura de llegada. Pero mientras los expertos comandaban y participaban… los dirigentes lucían como regañados en silencio.

Era difícil lograr mucha participación en esto ya que mi directorio era muy particular. Comencemos por describir a algunos de los protagonistas: Goyo Cáribas, Pablo Da Silva y Enrique Cedeño aka El Macizo, pesaban ya cerca de 120 kgs cada uno y jugaban pelota… pero con caja de cerveza de por medio; Carlos Alvarado, Goyo Graterol y el Cabezón Colina en su vida habían hecho deporte; Urreiztieta y Jean Yatim eran unos cracks internacionalistas pero de deportes nada; Lancianese boxeaba pero…de vez en cuando; Juan Ignacio Cato levantaba el codo y apenitas; Luis Carlos Solórzano hacía pesas… pero solo eso; Goyo Contreras leía, escribía y cantaba pero nada parecido a disciplina física alguna; Máximo Oberto ganaba universidades así como Eduardo Torres, Yvan Noé Duim, Henry Figuera, Jorge Márquez, Leonardo Guzmán, Isaac, Metodio y Carmen Alicia ganaban liceos…pero de deportes nunca; Indalecio Vargas si acaso levantaba las piedras del dominó al igual que Correa; Mariela Martínez era un crack organizativo… pero nada de ejercicio; Richard Lisandro Barrios practicó futbolito en sus años mozos y hasta allí; los Osos Mourad eran competetentísimos en su área de propaganda pero gordos y sin especial vocación por el cultivo físico y yo, por mi parte, había sido un excelente bateador en las ligas preinfantil, infantil y junior, caracterizado por el curioso hecho de que con lo pesado que era o bateaba lejos o me hacian out en primera… pero jamás había estado en un maratón ni como invitado con mis 130 kgs a cuestas. El único que practicaba deportes con seriedad era Pedro Pablo Fernández, karateca consumado que para el momento de la organización de aquel primer maratón se recuperaba de una lesión. Ante eso, tomé una decisión: a juro había que incorporarlos a todos en las distintas tareas de soporte del maratón y así se lo impuse a la secretaría de deportes. No podía advertir en ese momento la calidad de error que estaba cometiendo.

Llegó la ansiada reunión de programación y la gente de deportes acató la orden abriendo áreas de integración: unos ayudarían en la premiación, otros en la animación, la gente de Caracas se encargaría de uno de los puntos de refrescamiento y los de Vargas de otro, un grupo ayudaría a organizar el área de registro, otros en la llegada, otro grupo coordinaría con tránsito y bomberos. Todo el mundo tendría algo que hacer… menos Lancia y yo. Con pena, pedí nos encomendaran algo… y finalmente nos asignaron el trazado de la ruta. Las especificaciones fueron claras: se correría media maratón (21 kms), la salida y llegada debía ser la casa nacional de Copei y la ruta debía ser fácil de seguir. Al oir eso, Lancianese y yo salimos esa misma noche a configurar una ruta que cumpliera con los detalles mencionados. Incluso hicimos que la dibujaran en mapas que fotocopiamos para facilitarlos al equipo de tránsito y  bomberos.

Y al fin llegó el gran día.

6:30 am… y todo estaba full. Gerardo Rincón con orgullo me dijo: -Dr. hay más de 700 atletas inscritos… los alrededores están colapsados del gentío… ¡un exitazo! Le felicité y acto seguido me puso una pistola de percusión en las manos para dar la salida de la primera categoría. Con gran ilusión di el pistoletazo histórico con la vista fija en el cielo dando gracias a Dios… pero casi me desmayo al volver la mirada hacia la arrancada de atletas. Mis ojos no daban crédito: los primeros que arrancaron eran todos atletas… ¡en sillas de ruedas! Lancianese me miró con estupor mientras yo le advertía a los expertos: -¡Epa…nadie nos habló de maratonistas en sillas de ruedas… esto no va a salir bien! Me contestaron: -Tranquilo que todo va bien. Ellos son los primeros que salen y los primeros que llegan. Peor¡¡¡… no pude evitar insistir: -Nadie nos dijo eso. Pero mientras yo reclamaba y no me entendían bien la razón del reclamo… procedieron a dar los pistoletazos de salida del resto de las categorías participantes.

Apenas arrancaron todos… comenzó el desastre que advertí aunque nadie me entendía. La ruta planificada era lo más recta posible. Arrancaba por la Panteón y después cruzaba por la Vollmer para tomar la rampa de la mega subida de la cota mil, una cuesta que se hizo eterna para aquellos atletas, hasta llegar a la estación del teleférico donde inmediatamente cruzaban para tomar la abrupta bajada de Mariperez hasta el paseo Colón. Allí, ante la pendiente tan pronunciada comenzaron a ganar demasiada velocidad los que iban en silla de ruedas y a sufrir las rodillas del resto de los maratonistas… hasta el punto que comenzaron a caer al intentar zigzaguear para no experimentar la bajada libre en línea recta. Primero quedaban levantados en una sola rueda y luego derrapaban. La ambulancia no podía con tanto. Tránsito tuvo también que auxiliar a los numerosos atletas que yacían a lo largo de la bajada. Lo que era peor… a la altura de la Sinagoga de Caracas debían cruzar a la izquierda pero por la velocidad con la que atravesaban la Andrés Bello, producto de la aceleración ganada en la pronunciada bajada… se volteaban por la inestabilidad. Incluso daban varias vueltas…y sin casco. Cuando por fín llegaron al frente de lo que hoy es Ciudad Banesco, estaba el primer punto de refrescamiento atendido por la gente de Vargas. -Al menos eso… pensé… pero lo peor estaba por suceder.

A las 5am Pablo Da Silva y Goyo Cáribas con su gente pasaron a buscar los chupis que ofrecerían a los atletas para refrescarse, los tobos y el hielo con los cuales los mantendrían fríos. Ya venían con patillas, naranjas y melones cortados en trozos que también les serían ofrecidos a los competidores. A esa hora quedé preocupado porque venían amanecidos ambos equipos ya que los jefes respectivos les habían convocado a su salida de sendas fiestas a golpe de madrugada. Llegaron en pickups con el gentío atrás, música a todo volumen y evidentemente… caña. Aun así me tranquilizaba el hecho de que normalmente eran muy responsables. Instalaron sus respectivos puntos de abastecimiento con algarabía e ilusión. Sin embargo, cuando el primer atleta pasó cerca del puesto y le ofrecieron en una mano chupis congelados y pedazos de frutas en la otra, quizás por el problema surgido en la ruta, los atletas no venían con el mejor carácter y rechazaban drásticamente lo que les ofrecían. El gesto quizás fue exagerado y automáticamente malinterpretado por quienes estaban procediendo con tanto cariño… e inexperiencia. Al pasar el tercero en ese mismo plan, los compañeros se sintieron humillados, despreciados y conforme les rechazaban de peor manera… optaron por arrecostarles los chupis en la cabeza a quienes ya consideraban malagradecidos y maleducados. Igual hicieron con quienes no aceptaron los pedazos de frutas. Esa es la razón por la cual muchos de los participantes  llegaban manchados por el impacto de las frutas en sus atuendos e incluso… en sus cabezas y algunos registraron hematomas por el golpe recibido por chupis congelados duros como piedras.

En el segundo punto de abastecimiento pasó otro tanto, aunque peor, terminando el paso de los maratonistas en una encarnizada guerra campal, ya que a su vez, algunos competidores optaron por devolver el ataque con los mismos chupis y las frutas lanzadas. Un desastre.

Así las cosas… finalmente llegaron los atletas a la meta y de allí el agrio reclamo del cual fui objeto. Con la premiación en metálico los ánimos bajaron, los hematomas dolían menos y la gente se involucró con el buen ambiente en la llegada. Sentían que habían logrado algo importante al sobrevivir la ruta y la batalla de chupis y frutas. Pero faltaba algo para cerrar con broche de oro.

Alguien del equipo había dado permiso a un grupo de magos para que animaran a la gente después de culminada la competencia. Esos magos, a su vez, trajeron unas mesas de apuestas y convirtieron las inmediaciones de la casa nacional en un garito con show de magia en el medio. Al percatarnos tuvimos que suspender el asunto pero todo se tornó más difícil cuando un mago desapareció el casco de un bombero y se negó a devolverlo. Allí ya tuvo que intervenir la policía.

La prensa deportiva del día siguiente fue muy amable con lo acontecido. Las federaciones incorporaron el evento en sus cronogramas y se hizo tradición durante los años de mi gestión. Cada edición fue mejor ejecutada. Pero sin embargo, nada de eso compensó lo vivido en aquella primera oportunidad. Aún en las noches difíciles tengo pesadillas relacionadas con ese maratón.

Y pensar… que la vida después me puso en la situación inédita de ser Presidente de la Comisión Permanente de Juventud y Deportes de la Cámara de Diputados. Cuando me juramenté en el cargo, se acercó el flamante nuevo director técnico de la comisión, el mismo Gerardo Rincón que fue mi secretario de deportes en la JRC y me dijo al oído: -Tranquilo presidente. Esta vez no tenemos que organizar maratones.

Pero esa es otra historia.

@vladimirpetit

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