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Humberto Calderón Berti: la memoria que sueña un país, por Elizabeth Sánchez Vegas (VIDEO)

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En un pequeño pueblo de las montañas asturianas, con la lluvia golpeando los tejados y la señal de internet perdiéndose entre la niebla, nació una conversación que se convirtió en manifiesto. Desde allí —con dos entrevistadoras en Asturias, otra en México y él en Madrid— Humberto Calderón Berti habló con la serenidad de quien ha visto a un país brillar y desplomarse, y que aún guarda intacta la convicción de que Venezuela puede volver a levantarse. Lo que empezó como una transmisión accidentada terminó siendo un caudal de memoria, dolor y esperanza. Porque eso es lo que él hace: juntar pasado y futuro, equilibrar heridas, transformar la nostalgia en motor de acción.

Por Elizabeth Sánchez Vegas – Venezuela Late

Humberto Calderón Berti nació en un pueblo pequeño, sin electricidad ni carreteras, donde apenas había una escuelita a la que asistía en alpargatas. Su madre, con la firme intuición de que el estudio es herencia y salvación, insistió en enviarlo al colegio La Salle, y fue allí donde recibió la formación que lo marcaría para siempre. Aprendió disciplina en los pequeños detalles —los zapatos limpios, las manos cuidadas, el uniforme impecable—, pero, sobre todo, valores éticos y morales: la certeza de que quien más tiene, más obligado está con los demás, no por caridad sino por solidaridad. A los doce años ya participaba en la Sociedad Vanguardia, donde leían encíclicas sociales, comentaban los evangelios y hablaban de justicia y responsabilidad. A veces, confiesa, se sorprende escuchándose a sí mismo y se pregunta de dónde vienen esas convicciones; la respuesta es clara: quedaron grabadas en el disco duro de su memoria desde la adolescencia.

Esa raíz lo acompañó cuando Venezuela comenzaba a transformarse. Un país que, a partir de los años cuarenta, se convirtió en refugio de españoles, portugueses, italianos y europeos del este que llegaban tras la guerra civil y la posguerra mundial. Ese crisol de culturas, mezclado con lo criollo, lo indígena y lo afrodescendiente, dio forma al carácter venezolano: abierto, igualitario, solidario. Gabriel García Márquez lo decía con asombro y también Isabel Allende lo recordaba tras vivir en Caracas: Venezuela era un país de puertas abiertas, sin xenofobia ni divisiones raciales, un lugar donde la diversidad se convirtió en identidad.

Calderón Berti recuerda que la Guerra Federal fue una tragedia que destruyó lo que quedaba en pie después de la independencia. Fue el petróleo lo que finalmente transformó al país, primero bajo Gómez, luego en la dictadura de Pérez Jiménez y, sobre todo, en los cuarenta años de democracia. “Los mejores años de Venezuela”, dice, porque se apostó por lo esencial: la educación. De apenas tres universidades se pasó a tener instituciones en todas las capitales del país, el 95 % del territorio se electrificó, se construyeron carreteras, hospitales y aeropuertos. La democracia permitió que hijos de familias humildes estudiaran en liceos y universidades públicas y que muchos, como él, fueran becados para hacer posgrados en el extranjero. Ese acceso abrió horizontes y sembró la convicción de que la educación es la verdadera riqueza de un país.

La otra columna fue el petróleo, manejado con meritocracia y visión empresarial en los años de la vieja PDVSA. Bajo esa lógica se modernizaron refinerías, se internacionalizó la industria, se descubrieron nuevos yacimientos en Monagas y la faja del Orinoco. “Había errores, sí, pero eran la excepción. Hoy la corrupción es la regla”. Y aunque reconoce que la Venezuela de PDVSA ya no volverá, sueña con un futuro donde técnicos venezolanos regresen convertidos en pequeños empresarios petroleros, como ocurre en Colombia, donde firmas nacionales producen entre mil y dos mil barriles diarios. Que los ingenieros que hoy trabajan en Qatar, en Texas o en Arabia puedan instalarse en el Lago de Maracaibo o en el oriente del país, no como empleados de una empresa estatal quebrada, sino como protagonistas de un renacimiento energético.

Pero no todo puede depender del subsuelo. Calderón es enfático en que el Estado debe dejar de ser empresario y concentrarse en lo esencial: salud, educación, seguridad y soberanía. Lo demás debe quedar en manos del sector privado, bajo reglas claras y con seguridad jurídica. “Sin reglas firmes nadie invertirá en Venezuela. La plata es huidiza: busca tranquilidad y confianza”. El programa Venezuela Tierra de Gracia, concebido por María Corina Machado y asumido por el presidente Edmundo González Urrutia, se levanta como una propuesta de país y no como una promesa pasajera. Es la visión de una Venezuela moderna que apuesta por la dignidad del ciudadano. Propone, entre otras medidas, vouchers educativos que permitan a los niños de barrios populares estudiar en colegios de cualquier zona de Caracas. “¿Se imaginan lo que significaría que un niño de Petare compartiera pupitre con un niño de Altamira? Eso restablecería el tejido social. Nadie debería dejar de estudiar por ser pobre. Nadie debería morir por ser pobre”.

Habla con nostalgia de la diáspora. Tiene hijos a los que no ve desde hace cinco años, hermanas y amigos entrañables a quienes no pudo despedir. “Ha sido una tragedia, pero también hay un lado bueno: los nueve millones de venezolanos fuera son gente de bien, que trabaja, que ha aprendido en países democráticos con derechos y deberes. Ellos serán clave en la reconstrucción”. Y recuerda que el mundo de hoy permite estar cerca pese a la distancia: “Mi bisabuelo, cuando se vino de Italia en 1863, nunca volvió a ver a su familia. Yo, en cambio, hablo todos los días con mis hijos y mis nietos por videollamada”.

Con tono firme, insiste en que el camino es reinstitucionalizar el país: restablecer el Estado de derecho, separar los poderes, garantizar justicia imparcial. “No puede ser que alguien vaya preso por pensar distinto. No puede ser que alguien quede fuera de la educación por falta de dinero. Restablecer el tejido social es vital para la estabilidad política”.

Piensa en grande cuando habla del futuro. Propone aprovechar el petróleo, el gas y la hidroelectricidad de Guayana para convertir a Venezuela en un hub energético capaz de atraer inversiones tecnológicas de escala global. “Un país bendito por Dios, con recursos que pueden alimentar hasta la inteligencia artificial, que requiere cantidades inmensas de energía. Tenemos que vernos no como problema, sino como oportunidad”. Y cuando se le pregunta qué imagen quisiera que el mundo tenga de Venezuela en 2030, responde sin dudar: “Un país respetado, que restauró la democracia, combatió la corrupción y atendió a los más pobres. Si eso ocurre, me sentiré orgulloso”.

Así habló Humberto Calderón Berti en Venezuela LATE, dejando claro que Tierra de Gracia no es solo un plan económico, sino una visión compartida de país: abierta, solidaria, educada, democrática. Una Venezuela que se reencuentre con lo mejor de su historia y sea capaz de proyectarlo hacia el futuro.

Y esta es apenas una pincelada de todo lo que se compartió. La conversación completa está disponible en nuestro programa: los invitamos a escucharla, porque lo aquí escrito es apenas un abreboca de un diálogo lleno de memoria, propuestas y esperanza.

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