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La coartada del verdugo, por @ArmandoMartini

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Venezuela no es la víctima casta de un cerco imperial, sino el rehén agónico de su propia cleptocracia. Aplicando con precisión milimétrica el arcaico guion castrista que por décadas ha justificado la miseria, represión e incompetencia en Cuba -bajo el manoseado pretexto del embargo-, el régimen chavista ha elevado la evasión de responsabilidades al nivel de arte de Estado. Han construido una realidad paralela, una franquicia del fracaso, donde el pecado siempre es ajeno.

Cuando la crisis humanitaria asfixia, los hospitales se convierten en antesalas de la muerte por falta de insumos y la inflación pulveriza el salario hasta la indigencia, la tiranía recita su letanía predecible, la culpa es de las sanciones, la conspiración de María Corina Machado y de quienes la apoyan. Excusa patética, pero conveniente para el opresor, que se derrumba vergonzoso ante el más mínimo escrutinio de la verdad. Su narrativa del embargo no es otra cosa que la anatomía de un suicidio nacional.

La cronología, ese juez implacable que no acepta sobornos, dicta sentencia. El caos comenzó mucho antes de que se redactara la primera sanción financiera. La caída libre de la economía se inició en 2013, con el barril de petróleo rozando los cien dólares. Para 2017, dos años antes de que Estados Unidos impusiera restricciones petroleras reales, Venezuela ya había evaporado más de 35% de su Producto Interno Bruto. La hiperinflación galopaba y la escasez era humillación cotidiana. Las sanciones llegaron en 2019 a un país que ya estaba en ruinas, saqueado por una incompetencia radical y deliberada.

Pdvsa, otrora orgullo de la gerencia energética global, no fue bombardeada por Washington, fue canibalizada desde Miraflores. Pasó de ser una corporación meritocrática a convertirse en el botín de guerra y caja chica del latrocinio oficial. El despido masivo de profesionales calificados y su reemplazo por comisarios políticos sin experiencia técnica selló su ataúd. Las refinerías no se oxidaron por las sanciones; se pudrieron por la negligencia criminal de quienes prefirieron desviar millones de dólares hacia paraísos fiscales antes que mantener la infraestructura productiva del país.

El cinismo alcanza su clímax en el sector salud. Culpar a terceros resulta un insulto a la razón cuando fue el propio régimen el que, años antes, asfixió a las farmacéuticas internacionales expropiando plantas y negándoles divisas legítimas. Las sanciones vigentes incluyen, además, excepciones humanitarias explícitas. El problema no es que no puedan adquirir medicinas; es que el dinero generado mediante flotas petroleras fantasmas y oscuras tramas financieras no llegan a los hospitales, sino que satisfacen la red de corrupción que sostiene al aparato represivo. Es la prerrogativa del modelo cubano trasplantado a Venezuela.

En este teatro del absurdo, el libreto siempre exige un villano y María Corina es el blanco perfecto. Su crimen imperdonable no es haber pedido sanciones, sino haber desnudado al régimen, ganado unas elecciones y demostrado con actas la voluntad inquebrantable de un pueblo. Culpar del colapso a quien jamás ha administrado el presupuesto nacional es un acto de suprema cobardía intelectual. ¿Acaso fue ella quien expropió miles de industrias hoy convertidas en chatarra? ¿Fue ella quien imprimió dinero sin respaldo hasta pulverizar la moneda? La farsa de las sanciones es, en definitiva, la crónica de un país saqueado.

Si el bloqueo externo fuera la causa real de todos los males, ¿por qué otras economías fuertemente sancionadas no exhiben el desmoronamiento institucional ni el éxodo masivo que caracterizan a Venezuela? La diferencia es la gestión. Nuestro país es víctima de un modelo totalitario calcado de La Habana, diseñado precisamente para destruir la seguridad jurídica, la libertad y la dignidad humana como instrumentos de control político.

Las sanciones son la consecuencia de la violación de los Derechos Humanos y los crímenes de lesa humanidad, no la causa de la miseria. La reconstrucción de la República comenzará el día en que la mentira ceda el paso a la justicia. Hasta entonces, ninguna propaganda podrá ocultar que el verdadero y único bloqueo que asfixia a Venezuela opera desde Miraflores.

Basta comparar la Venezuela de hoy con la Cuba que le sirve de espejo y de amo para comprender la profundidad del abismo al que conduce este modelo. Después de más de seis décadas de revolución, ostenta una economía destruida, una diáspora que supera lo creíble y una sociedad paralizada por el miedo y la escasez. Venezuela ha replicado ese destino, un PIB que equivale hoy a menos de la mitad del que tenía en 1999, más de ocho millones de venezolanos dispersos por el mundo en el mayor éxodo de América Latina y una infraestructura -eléctrica, sanitaria, vial- reducida a la precariedad del siglo pasado. Mientras Cuba tardó generaciones en alcanzar ese nivel de ruina, Venezuela lo logró en tiempo récord. No por las sanciones. Por elección propia de sus gobernantes.

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