Por Miguel Angel Martinez Medina
Diría el personaje Lord Varys en la saga Juego de Tronos “Donde los hombres creen que reside el poder, ahí reside”.
Tras su arriesgada salida marítima de Venezuela —primero hacia Curaçao, luego a Oslo para recibir el Premio Nobel de la Paz— María Corina Machado, la líder indiscutible de la oposición venezolana, se ha instalado en Washington D.C.
No es un destino aleatorio, es una residencia que responde a razones estratégicas. El tiempo de Machado en la capital estadounidense también responde a cuestiones de seguridad e integridad física, pero con el tiempo ha adquirido la textura de un exilio, por eso es recurrente la pregunta sobre su vuelta a casa y ya se denota que a muchos poderosos les conviene que la líder venezolana siga lejos.
Este limbo en el que vive la Nobel en lo absoluto es un reconocimiento a su valentía. Es de hecho casi un círculo dantesco. Está suspendida entre los intereses de un liderazgo impredecible y las metrallas de una dictadura caribeña. La legítima líder de Venezuela actúa como si gobierna, pero desde ningún lugar oficial.
Maria Corina intenta mandar un mensaje entre líneas porque estudia los escenarios. Pero no estoy seguro de que todos lo entiendan.
A la venezolana es más que una consigna. Es un paramensaje. Un SOS políticamente correcto que viaja en dos direcciones. Al régimen le dice “nosotros, los venezolanos decentes —que somos la mayoría— queremos y podemos hacerlo mejor, sin la injerencia cubana que nos llevó a la miseria”; y a la administración Trump le advierte que no confunda gratitud con servidumbre. Como una manera de decir que aunque fue muy valiente y le agradeceremos siempre por llevarse al dictador y a su socia, nos sobra materia gris para poner a valer nuestra patria. Eso es, para mí, A la venezolana.
Lamentablemente, vivimos una era en la que los grandes líderes están desesperados por dejar un legado, casi a cualquier costo, aterrados de quedar como figuras menores en los libros de historia, sueñan con ampliar las fronteras de sus imperios como un día hicieron otros grandes. Putin quiere anexar Ucrania porque aspira a ser un zar. Xi quiere someter a Taiwán. Y a Trump no le basta con que su legado sea el nombre de un nuevo aeropuerto en Florida, él quiere un estado 51, sea Groenlandia o Venezuela.
En ese intersticio frágil entre potencias armadas, mafias transnacionales y megalómanos nos metió el golpista de la boina roja que, en el fallido golpe del 4 de febrero de 1992, nunca llegó a salir del cuartel de la montaña —y que sin embargo terminaría gobernando Venezuela durante más de una década—, y nos dejó a sus viles herederos, los mismos que hoy quisieran no solo cambiar de color y estilo, sino hasta de nombre.
Mientras tanto, desde una modesta oficina cercana a la Casa Blanca, el liderazgo en el que los venezolanos creen —y en el que tienen empeñadas sus esperanzas más íntimas, la más fuerte de las cuales es que sus hijos puedan volver seguros a casa— sigue con una agenda cargada de reuniones, presentaciones, mapas de escenarios e invitaciones que se acumulan para hablar sobre los desafíos de la transición democrática en Venezuela. Es un buen nombre para un foro, pero ella sabe que todos esos escenarios son también espacios de evangelización: medios para llevar mensajes, para insistir en lo mismo que lleva al menos una década repitiendo. En esa mente, en esas oficinas, con ese minúsculo equipo presencial y unos pocos colaboradores a la distancia, se cuece el futuro de Venezuela y se diagraman las palabras para combatir los relatos y los delirios de los déspotas, aliados o adversarios.
La Washington Era de María Corina Machado —tras su salida de Venezuela, casi de película, donde puso su vida al servicio de una causa que de a ratos es ingrata— nos ha mostrado a una líder modelo. Una representante íntegra, una gerente del caos que actúa con sigilo y disciplina, que conoce las normas no escritas, que envía mensajes incluso en sus prendas, que deja boquiabiertos a inversores, que entusiasma y que representa una Venezuela radicalmente distinta a la miseria, el caos y el relato chabacano de las últimas dos décadas.
D.C. y las ciudades que ha podido recorrer le han mostrado, como una experiencia inmersiva, cómo avanza el mundo libre cuando las necesidades básicas —las que Maslow describió en su conocida pirámide— están satisfechas. Cómo la tecnología, la innovación y la inteligencia artificial están transformando la vida cotidiana. Cómo lo que en algunos lugares es rutinario —tomar un Uber, ver un auto autónomo aprender— es, en Venezuela, un lujo de ciencia ficción. Cómo se hacen negocios hoy. Y principalmente, cómo la calidad de vida de la gente es buena cuando hay libertad, inversión y estado de derecho. Eso la entusiasma, porque sabe que es posible en Venezuela, una vez que la emergencia del hambre y la carencia de servicios sea atendida.
Ella sabe que esta era es solo un medio, y que el fin está en casa: en el único lugar donde concibe una vida, en el lugar que se volvió una prisión en los días más importantes de su vida y de su maternidad, en donde apostó todas sus cartas y adonde hoy, a poderosos de varios frentes, no les interesa que su voz se alce y su figura les arruine el negocio o, como diría Kissinger, el interés.
Miguel Angel Martinez Medina
Nota: este texto refleja mi análisis personal sobre la situación venezolana. No representa la posición de ninguna organización ni figura política.


