En el sutil arte de la diplomacia hay gestos que pesan más que los discursos, y silencios que gritan. Colombia, en voz de su comandante de las Fuerzas Militares, acaba de declarar lo que en otras latitudes equivaldría a una claudicación estratégica: no está en condiciones de resistir un ataque militar de Estados Unidos contra Venezuela. Lo dijo sin pudor, como quien comenta el clima. Pero lo grave no está solo en el hipotético escenario del conflicto entre Caracas y Washington, que en los tiempos que corren es más remoto que plausible. Lo inquietante —lo verdaderamente alarmante— es lo que esta confesión anticipa sobre lo que no se dice: el Esequibo.
Por: Humberto González Briceño
Mientras la retórica chavista multiplica amenazas hacia Guyana y proclama su «irrenunciable» soberanía sobre ese territorio, los únicos que se están preparando para un escenario bélico son, paradójicamente, los guyaneses. Arropados bajo el paraguas protector del Comando Sur y con chequera petrolera en mano, están convirtiendo a Georgetown en una especie de portaaviones occidental en el Caribe. Y Venezuela, atrapada en su laberinto económico y político, agita su gastada narrativa antiimperialista mientras exhibe una musculatura militar atrofiada por la corrupción y la desprofesionalización.
Colombia, por su parte, que comparte no solo una extensa frontera con Venezuela sino una historia de conflictos larvados, ha optado por mirar hacia otro lado. El problema no es que se reconozca la imposibilidad de enfrentar a Estados Unidos —eso, en términos realistas, lo saben incluso los generales más pomposos de la región—. El problema es que se haga pública esa admisión sin calcular las implicaciones regionales, sin preguntarse cómo esa debilidad estructural podría incidir en otros escenarios donde no es Washington el actor principal, sino Guyana, acompañada de fuerzas militares “asociadas” bajo acuerdos de defensa recíproca.
La diplomacia colombiana ha jugado a la ambigüedad en el diferendo del Esequibo, apostando a una neutralidad que le permite mantener relaciones fluidas con Guyana, alinearse con los intereses energéticos globales, y al mismo tiempo evitar provocar al régimen chavista. Pero esa “neutralidad” es un eufemismo. En la práctica, Colombia ha asumido que si un conflicto estalla en el Esequibo, no se interpondrá. Es decir, si fuerzas militares extranjeras (británicas, estadounidenses o “asociadas”) acompañan a Guyana en una ofensiva quirúrgica para “tomar el control efectivo” del territorio, Bogotá no moverá un músculo. Porque, en sus propias palabras, no puede.
Venezuela se encuentra sola. Con una Fuerza Armada deteriorada, atomizada y más ocupada en proteger negocios internos que en defender el territorio. Con una clase política fracturada y una oposición que ha optado por jugar el juego electoral bajo reglas impuestas por sus verdugos. Y con un régimen que necesita desesperadamente una causa nacionalista para aglutinar apoyos que ya ni siquiera el hambre logra contener. El Esequibo puede ser, y quizás lo será, esa válvula de escape. Pero no por iniciativa propia. Bastará que Guyana, sintiéndose protegida y provista de superioridad logística, decida dar el paso.
No habrá resistencia en el frente occidental. Colombia no intervendrá, ya lo ha dicho. Brasil se mantendrá en su rol de gran árbitro silencioso. Y la comunidad internacional, mientras no se vea afectado el suministro de petróleo, aplaudirá los acuerdos que sigan a la ocupación, como quien firma un acta de defunción sin leerla.
El gobierno colombiano, al admitir su impotencia, ha contribuido sin quererlo a delinear el mapa del futuro conflicto. Un conflicto que, si estalla, no será entre Venezuela y Estados Unidos, sino entre una Venezuela en ruinas y una Guyana envalentonada. Y en ese escenario, la debilidad colombiana no es una anécdota, es una advertencia.
Y aún más: ante ese hipotético desarrollo, toda la movilización militar, logística y diplomática de Estados Unidos en el Caribe y el Atlántico Sur —incluyendo ejercicios conjuntos, presencia naval, y acuerdos bilaterales con Guyana— adquiriría una lógica geopolítica que la explica y la justifica. No se trata, entonces, de una provocación gratuita ni de un capricho imperial. Se trata de construir el andamiaje de una respuesta anticipada, eficaz y controlada, que le permita a Washington garantizar estabilidad en una región que, aunque periférica, alberga petróleo, agua, rutas marítimas y, sobre todo, aliados estratégicos.
Después de todo es probable que veamos un desenlace dramático y doloroso. Pero no precisamente el que muchos deseamos.


