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La mujer que desafía al narcoestado que envenena a Estados Unidos, por Elizabeth Sánchez Vegas

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María Corina Machado no es una política de discursos huecos. Su trayectoria está marcada por una claridad que pocos se atrevieron a sostener: desde hace más de 15 años denunció que Venezuela avanzaba hacia un narcoestado, señalando la penetración del narcotráfico en la Fuerza Armada Venezolana y las alianzas del régimen con grupos criminales y terroristas. Hoy, esas advertencias son una realidad: el Cartel de los Soles, la red criminal incrustada en la cúpula militar y dirigida por Nicolás Maduro, convirtió la producción y el tráfico de cocaína en herramienta de poder y desestabilización hemisférica. Su voz fue solitaria, pero inquebrantable: la de una mujer que eligió la verdad, aunque le costara la persecución y el destierro de los suyos.

Lo que entonces parecía advertencia, hoy es una bomba de tiempo estallando en las narices de Estados Unidos. Desde el puerto internacional de Guaranao, en Paraguaná, y desde el Aeropuerto Internacional de Maiquetía, además de pistas clandestinas en Zulia y Apure, la cocaína se despacha hacia el Caribe y el mercado estadounidense. Esas mismas rutas sirven para implementar redes de trata de personas, convertidas en autopistas invisibles de explotación en toda la región. Niñas, niños y adolescentes venezolanos terminan siendo víctimas de abuso sexual en islas del Caribe o en ciudades fronterizas. Cada historia es un desgarrón más en un país ya herido.

En Venezuela, decenas de laboratorios clandestinos producen fentanilo, metanfetamina y cocaína que no se quedan allí: cruzan fronteras, burlan radares y terminan inundando las calles de Estados Unidos. Lo que se fabrica en territorio venezolano no solo financia a una estructura de poder mafiosa, sino que también siembra muerte y destrucción en comunidades norteamericanas. En 2024, este negocio criminal generó más de 8.200 millones de dólares solo en Venezuela, una economía paralela que desangra al continente y golpea el corazón mismo de EE.UU., donde miles de jóvenes caen cada año víctimas de estas redes transnacionales. El enemigo ya no está a la puerta: está en los hogares americanos, y su raíz lleva el sello del narco-régimen venezolano.

Más de 74.000 estadounidenses mueren cada año por sobredosis de fentanilo, una cifra que ya supera las 58.000 bajas militares sufridas por EE.UU. en la guerra de Vietnam. Una parte creciente de ese veneno proviene de laboratorios clandestinos en Venezuela, que se han convertido en eslabones clave de las rutas que alimentan esta tragedia.

María Corina Machado ha enfrentado esa maquinaria con una sola arma: la verdad. Sin pactos, sin dobleces, sin aceptar dinero manchado. Es la heroína incómoda para los corruptos: su palabra encarece la mentira y derrumba la impunidad.

Su fuerza no proviene de estructuras partidistas ni de alianzas oscuras, sino de una legitimidad ganada a pulso: la confianza de un pueblo que la vio resistir con firmeza. Esa autoridad no se hereda ni se decreta: se conquista. Por eso millones la reconocen como una voz que no se compra ni se arrodilla, una autoridad moral conquistada en la adversidad, que hoy la convierte en una figura de talla mundial. No es una alternativa: es la única dirigente que ha demostrado estar dispuesta a enfrentar con decisión a una red criminal convertida en peligro global.

El desafío que ella denuncia no golpea solo a Venezuela: lo que sale de los laboratorios clandestinos, las pistas ocultas y los puertos controlados por esa maquinaria criminal no se queda en Sudamérica: termina en hospitales, morgues y comunidades rotas de Estados Unidos. Alimenta adicciones, inunda cárceles, debilita familias y fortalece al crimen organizado. Cada día que este narco-régimen sigue en pie, la seguridad nacional de EE.UU. se erosiona un poco más. Esta ya no es una crisis extranjera: es una guerra encubierta en suelo americano.

Frente a eso, María Corina no ofrece compasión ni victimismo. Ofrece una alianza de fuerza, legitimidad y verdad. Una posibilidad real de enfrentar a los carteles y a las redes de trata de personas, no con diplomacia cómoda, sino con la decisión política necesaria para destruir el sistema criminal que ha convertido a una nación entera en plataforma del crimen organizado. Y esa posibilidad solo puede materializarse si Estados Unidos asume que esta batalla también es suya. Washington tiene en ella una aliada lista, firme y comprobada: una figura con la claridad y el coraje que esta hora demanda. Ella entiende que, sin Venezuela libre, tampoco habrá América segura.

Su liderazgo no se negocia: se impone por necesidad histórica. No se trata solo de drogas: se trata de familias rotas en Caracas y en Nueva York, de niños huérfanos en Maracaibo y en Chicago, de madres que entierran a sus hijos en Barquisimeto y en Miami. La tragedia golpea a ambos pueblos, atados por un mismo enemigo que se alimenta de la miseria de unos y de la adicción de otros. María Corina entendió antes que nadie que esta no es una lucha local ni pasajera: es una batalla continental, una defensa de la civilización frente al crimen. Su fortaleza personal y su posición inquebrantable la han convertido en la dirigente que el continente reclama y la aliada que Estados Unidos necesita.

A estas alturas, el Cartel de los Soles ya no es solo una advertencia: ha sido designado como organización terrorista por Estados Unidos, objeto de sanciones, recompensas millonarias y operaciones en el Caribe para contener su alcance. Pero ninguna estrategia, por más contundente que sea, será definitiva sin la integridad, la claridad y la determinación de una voz global capaz de encarnar ese combate desde adentro.

No hay más tiempo que perder. La heroína continental que ofrece a Washington la alianza capaz de cambiar el rumbo de esta guerra silenciosa, que desangra a América, se llama María Corina Machado.

Elizabeth Sánchez Vegas

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