Hay noches que no se olvidan. Noches en que el dolor y la lucidez se sientan juntos en la misma mesa, y lo que nace de esa conversación ya no es solo análisis, es historia viva, palpitando.
Por: Elizabeth Sánchez Vegas – Venezuela Late
El programa comenzó con una pausa. No con música, no con titulares. Con una noticia que llegó minutos antes de salir al aire y lo cambió todo: Carmen Navas había muerto. Ese mismo domingo. Mientras el equipo se preparaba para transmitir, la guerrera se fue.
Carmen Navas era la madre de Víctor Hugo Quero Navas, el preso político que murió bajo custodia del Estado venezolano en julio de 2025, y cuya muerte el régimen ocultó durante nueve meses mientras ella recorría cárceles y golpeaba puertas suplicando respuestas que nadie le daba. Había encontrado a su hijo. Había obligado al régimen a confesar. Y entonces, como si su alma supiera que la misión estaba cumplida, se fue a buscarlo.
Las conductoras lloraron. El invitado lloró. Y quienes los escuchaban desde todas partes del mundo lloraron también, porque Carmen Navas no era solo la madre de Víctor Hugo. Era el espejo en que todas las madres venezolanas se reconocen. La prueba de que el amor no necesita partido ni estrategia para vencer al miedo. Solo necesita no rendirse. Y ella nunca se rindió.
Antonio de la Cruz, analista político y energético, presidente de Inter American Trends, Senior Associate del Center for Strategic and International Studies en Washington, hijo de un poeta costarricense exiliado y de una bibliotecaria fundadora de las primeras bibliotecas del Zulia, tomó la voz para hablar de Carmen antes que de cualquier otra cosa, y lo que dijo estremeció a todos.
Confesó que le había compuesto una canción que se llama Los muertos no descansan, porque, dijo, la madre de Víctor Hugo no muere. Ella buscó a su hijo vivo cuando estaba muerto. Y ese detalle atroz destruye cualquier narrativa de normalización, porque no hay licencia petrolera, no hay flexibilización financiera, no hay reapertura económica que pueda borrar la imagen de una madre anciana buscando un hijo que el Estado ya había enterrado en silencio.
Las economías se negocian, dijo Antonio, pero las heridas morales no. Los regímenes pueden resistir la inflación, pueden resistir las sanciones, pueden resistir el aislamiento internacional. Lo que no resisten fácilmente son las madres. Porque una madre rompe el miedo.
Y la historia de Carmen Teresa Navas tiene la fuerza política de las Madres de la Plaza de Mayo en Argentina. No habla el lenguaje de los partidos. Habla el lenguaje universal del dolor humano. Y ese lenguaje atraviesa fronteras, mueve conciencias y reactiva palabras que el régimen quería enterrar para siempre: desaparición forzada, tortura, lesa humanidad, encubrimiento, cadena de mando. Porque mientras algunos negocian estabilidad, una madre buscando a su hijo muerto demuestra que no existe estabilidad real cuando el miedo sigue administrando el silencio. La estabilidad sin justicia, sentenció Antonio, es apenas una pausa del conflicto.
Y desde ese dolor, desde ese punto de partida absolutamente humano, la conversación se abrió hacia uno de los análisis más completos y más visionarios que se hayan escuchado en un espacio venezolano en mucho tiempo.
Pocas horas antes del programa, Antonio había publicado en X un hilo que circuló como pólvora. Trece puntos. Trece verdades sobre la deportación de Alex Saab a Miami. Y una frase que ya pertenece a la historia de este momento político: No fue una deportación migratoria. Fue la confesión silenciosa del fin de una era.
Durante años, el chavismo construyó alrededor de Alex Saab una épica completa: el diplomático perseguido, el héroe bolivariano, el mártir antiimperialista. Delcy Rodríguez lo llamó inocente, lo llamó mártir, movilizó cancillerías enteras, presionó a Cabo Verde, lo trajo de regreso a Caracas en 2023 como si fuera una victoria de la revolución. El sábado 16 de mayo lo montó en un Gulfstream con matrícula americana y lo mandó a Miami. Y este domingo 17, borró todos esos tuits. En silencio. Sin una sola explicación.
El poder, como escribió Antonio, cambió de idioma. El comunicado del Saime no habló como revolución, no hubo épica, no hubo soberanía, no hubo antiimperialismo. Fue lenguaje de oficina migratoria. Ciudadano colombiano deportado. Y ese cambio de idioma no es solo un cambio de política, es un cambio de alma. Un sistema que durante veinticinco años construyó su identidad sobre la confrontación con el imperio norteamericano ahora justifica sus decisiones en parámetros legales compatibles con Washington. Ya no gobierna la épica. Gobierna el riesgo.
Pero más allá del simbolismo, la deportación de Saab es una bomba de tiempo con mecha encendida. Alex Saab no era un simple testaferro. Era la tubería y el cableado del sistema nervioso del régimen de Maduro. Manejó cargamentos de petróleo, sanciones evadidas, empresas fantasmas, bancos, rutas marítimas, conexiones con el terrorismo islámico, cuentas en Turquía, en China, en Rusia. Era el arquitecto. Y cuando el arquitecto entra a una sala de interrogatorio sin nadie que lo respalde, sin Maduro que lo proteja, con una condena mínima de treinta años sobre la mesa y con hijos pequeños esperándolo, el edificio entero empieza a crujir.
Antonio está casi seguro de que cooperará, no porque sea valiente sino porque es humano, porque tiene una familia, porque la única salida que le queda es contar todo lo que sabe a cambio de reducir su condena. Y lo que sabe puede sacudir no solo a Maduro y Cilia, que están siendo procesados en la Fiscalía de Nueva York, sino a toda una red de nombres, rutas, bancos, operadores, empresas fantasmas y secretos que atraviesan continentes enteros. Saab tiene esa base de datos viva. La tiene él. Y el régimen lo sabe. Por eso el miedo ya no es externo, es interno. Cada operador del régimen se pregunta esta noche qué sabe Saab de mí. Y cuando un sistema basado en el secreto empieza a desconfiar de su propio custodio, ya no gobierna con poder. Gobierna con pánico.
¿Por qué Delcy entregó a Saab? Porque desde febrero la administración Trump se lo venía pidiendo. Porque Venezuela hoy es un estado tutelado, donde la verdadera soberanía no la ejerce Miraflores sino la OFAC, la Oficina de Activos Extranjeros del Tesoro americano, que decide qué empresas pueden operar, bajo qué condiciones, con qué licencias. Ya no habla el pentágono militar, dijo Antonio. Habla el pentágono financiero. Ya no ocupan Caracas con tanques. La ocupan con licencias. Venezuela produce, pero no decide. Esa es la nueva arquitectura del poder.
Y dentro de esa arquitectura, Delcy Rodríguez es la mejor acción del portafolio de Trump. La que le da mayor rendimiento. Cada vez que entrega algo que Washington pide, la ley de hidrocarburos, la ley de amnistía, y ahora Saab, el precio de esa acción sube. Pero que Delcy sea hoy la acción favorita de Trump no significa que esté consolidada. Significa que está comprando tiempo. Y si traiciona los acuerdos, Trump tiene herramientas ejecutivas que no necesitan al Congreso, las sanciones de la OFAC son órdenes ejecutivas, y todo lo que Delcy ha construido puede desmoronarse en horas.
Delcy además está calculando el ciclo electoral americano. Está mirando las elecciones de medio período en noviembre, donde las mayorías republicanas son delgadas, dos o tres votos en el Senado, once en la Cámara. Si los demócratas recuperan esa mayoría, Trump pierde capacidad para ejercer la diplomacia coercitiva que hoy mantiene a Delcy en línea. Y Delcy lo sabe. Como lo saben los cubanos. Como lo saben los iraníes. Todos los regímenes que lidian con Washington leen el ciclo electoral americano como si fuera su propio calendario de supervivencia.
Entonces, ¿qué debe hacer Venezuela? Aquí Antonio dijo algo que muchos no quieren escuchar pero que necesitan oír: a veces la sociedad venezolana es más papista que el papa. Con la ley de amnistía, la sociedad civil empezó a enriquecerla, a discutirla, a agregar condiciones, con toda la razón del mundo. Y Miraflores aprovechó ese debate democrático para darle largas y al final entregar una ley que no libera a todos los presos políticos, que era el objetivo original de Washington. La visión democrática venezolana, que es legítima y hermosa, está siendo usada por Delcy para alargar su estadía en Miraflores.
Y aquí Antonio introdujo un dato que cambia todo el enfoque: el presidente Trump, en una pregunta que le hicieron antes de abordar el avión rumbo a China, lo dijo claro y raspado, sin pausas, sin rodeos, van a salir todos los presos políticos. Esa frase es un arma que los venezolanos no están usando como deberían. La exigencia de liberar a todos los presos políticos no es solo una causa justa, es una orden del presidente de los Estados Unidos. Los estudiantes que hoy le dan a Delcy quince días para liberar a todos los detenidos tienen que invocar esa frase. Conectar esos puntos. Decir, cada vez que reclaman, que esto es lo que Trump pidió. Porque en un estado tutelado, la fuerza del tutor también puede ser la fuerza del pueblo, si el pueblo sabe usarla.
El objetivo concreto, la brújula de todo, es fijar un cronograma electoral. Si mañana Trump anunciara una fecha de elecciones en Venezuela, cualquier fecha, el proceso político cambiaría de inmediato. Habría un horizonte. Un punto de llegada. Y quien crea que el pueblo venezolano no aguanta la lucha hacia ese objetivo que recuerde lo que ya demostró: en febrero de 2023 María Corina Machado tomó la decisión de ir a las primarias, y diecisiete meses después Venezuela fue a votar y demostró que la ventaja opositora no era 70 a 30 sino 80 a 20 o más. El pueblo aguantó. El pueblo siempre ha aguantado. Y lo hará de nuevo.
Sobre María Corina, Antonio observó algo que pasó casi inadvertido en el ruido noticioso de la semana: sus dos entrevistas recientes, particularmente la de Amanpour. En su lectura, María Corina abrió una puerta completamente nueva, una en la que, sin decirlo explícitamente, dejaba ver que podría haber una solución pactada con Delcy que llevara al país a las urnas. Eso, dijo Antonio, tuvo que haberle llegado a Marco Rubio y a la Casa Blanca. Y tuvo que haber generado nerviosismo dentro del grupo de Delcy, porque ella necesita ser percibida como la única que puede garantizar la estabilidad. Si María Corina también puede garantizarla, ese monopolio empieza a fracturarse.
¿Y quién más debería estar nervioso esta noche? Antonio no dudó: Diosdado Cabello. Porque tiene un precio de 25 millones de dólares sobre su cabeza, está en la misma causa judicial que hoy tiene a Maduro siendo procesado en Nueva York, y en el momento en que Delcy necesite mostrar otra entrega a Washington, Diosdado puede convertirse en la siguiente ficha sacrificada.
Y sobre el petróleo, Antonio trazó un mapa geopolítico que va mucho más allá de Venezuela. El estrecho de Ormuz, bloqueado por el miedo a los drones iraníes, no por un problema geológico sino por el pánico de las aseguradoras que se niegan a cubrir cargas que pueden ser hundidas, ha convertido al petróleo venezolano en una variable de seguridad hemisférica que no existía hace cuatro años. Trump acordó con Xi Jinping la compra de 900.000 barriles diarios de petróleo americano a China, parte de ese equilibrio geopolítico que Antonio compara no con Bretton Woods sino con Yalta, cuando las grandes potencias se repartieron el mundo. Hoy, Trump y Xi están trazando en silencio las nuevas áreas de influencia del siglo veintiuno. Y Venezuela está claramente dentro del área americana. No por democracia, por geometría. Por petróleo. Por tierras raras. Por energía hidráulica. Por su posición en el Caribe que Washington ha definido, desde Groenlandia hasta la Patagonia, como su zona de seguridad en occidente.
Pero la noche no terminó en geopolítica. Terminó en poesía. Débora le preguntó a Antonio si podía cerrar con un verso. Uno solo. Dirigido a los venezolanos que están esperando que esto termine bien. Y Antonio buscó en su memoria, en ese rincón de sus más de sesenta poemas donde guarda lo que no cabe en los análisis, y encontró esto:
El futuro tiene las manos abiertas, como el río que despierta en la montaña, como la raíz que busca la sombra y asciende hacia la luz sin vacilar. Hoy, Venezuela, es tu encrucijada, la hora en que la historia te llama por tu nombre. No es un sueño cualquiera, es el latido de la libertad golpeando en cada puerta. El miedo, arma de los poderosos, se vuelve contra ellos, porque un pueblo sin miedo es un trueno que estalla en el cielo. Y nosotros, los que hemos perdido el miedo, alzamos nuestra fuerza en un solo cauce, en un solo nombre, que es el nombre de todos: libertad.
El programa cerró con una canción suya que se llama Abajo cadenas. Y en el chat, alguien escribió lo que muchos sentían pero no sabían cómo decir: aquí no se rinde nadie.
Carmen Navas se fue un domingo. El mismo domingo en que Venezuela pensó en voz alta, lloró sin vergüenza y recordó, una vez más, para qué está luchando. Quizás esa fue su última enseñanza: que el dolor y la esperanza no son opuestos. Son compañeros de camino. Y que una madre que amó sin rendirse es, en este país y en este tiempo, la forma más pura y más poderosa de hacer política.


