La Odisea de Nolan

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Hay una palabra inglesa, ‘disingenuous’, con la que me rompo la cabeza para traducirla correctamente y que estoy siempre tentado de incorporar al español sin permiso de la Academia. Hace referencia a la persona que, por ganar un debate, finge ignorancia sobre un factor importante, a menudo el esencial.

No me digan que no es importante el término. «Desingenuos» —si me lo toleran— son casi todos los argumentos del progresismo imperante.

«Desingenuo» es preguntarse qué ha podido pasar en los últimos años para que se multipliquen los llamados ‘turbocánceres’, sin permitir que se mencione el único factor que los engloba a todos. «Desingenuo» es tratar de hacer pasar por «delincuente español» a un tipo llegado de muy lejos, con nula identificación con el pueblo español, por el solo hecho de portar un DNI. «Desingenuo» es asombrarse de que Suecia haya pasado de ser uno de los países más pacíficos y ordenados del mundo a convertirse en la capital europea de las violaciones sin mentar la curiosa coincidencia de que en ese periodo importaron media Somalia.

Y «desingenuo» es el argumento más usado para aplaudir que el cineasta Christopher Nolan haya tomado para su nueva versión de la Odisea decisiones de reparto, digamos, bastante peculiares. Como es sabido, Nolan ha elegido para representar «el rostro que lanzó al mar mil naves», Helena de Troya, a la kenianomexicana Lupita Nyong’o, con la que epítetos homéricos como «la de níveos brazos» suenan reguleros.

Peor, el mejor guerrero del mundo, el pélida Aquiles, lo interpretará un transexual, Elliot Page, nacida Ellen Page, con lo que necesitaríamos toda la elocuencia de Odiseo para creernos que podría aguantarle medio asalto al troyano Héctor.

El argumento que usan los defensores de Nolan es que la obra de Homero es universal, un cliché que, como la mayoría, es cierto pero muy matizable. Sí, la primera obra literaria de nuestra historia (del Poema de Gilgamesh no supimos hasta mucho después) expresa nociones compartidas por la humanidad entera; sus prototipos humanos son probablemente reconocibles para cualquier pueblo. Pero hay otro sentido en el que los dos poemas homéricos nos pertenecen muy especialmente a la civilización que, cercenados el sur y el este por el Islam, hoy reconocemos como europea.

La Guerra de Troya que constituye el ‘macguffin’ de la Ilíada y la Odisea puede o no haberse librado con la grandiosidad que describe Homero, pero en cualquier caso ha quedado en el imaginario europeo como la gran alegoría de ese dictum de Kipling: «Oh, East is East, and West is West, and never the twain shall meet» (“Oriente es Oriente, y Occidente es Occidente, y ambos no se encontrarán nunca”), de la perpetua contraposición de dos cosmovisiones incompatibles y periódicamente en conflicto. En la llanura de Troya está la prefiguración de Maratón y Platea, de Gránico, Isos y Gaugamela, de Manzikert y Lepanto.

Homero es nuestro, y la razón por la que tanta gente se ha indignado con Nolan, y por la que Nolan ha tomado esas decisiones ‘woke’, es la que se quiere ocultar. Porque no es el racismo lo que empuja a juzgar desafortunada la elección de Lupita Nyong’o. No recuerdo protesta alguna cuando Kenneth Branagh dio el papel de Príncipe de Aragón a actor de aspecto tan improbable como Denzel Washington. Sencillamente porque nadie veía en la elección una intención política, una declaración de lealtad ideológica al dogma multicultural. Era solo una decisión artística que, en mi modestísima opinión, funciona estupendamente.

Pero el travestismo artístico ha llegado tan lejos que resulta, una vez más, «desingenuo» aceptarlo como casualidad ajena a una intención deliberada. Es difícil no pensar en un deseo revanchista de borrarnos de nuestra propia historia, de someternos a una masiva damnatio memoriae.

No es Nolan, al que sólo se puede acusar de debilidad o cobardía, el culpable. La Academia del Cine ha decretado cuántos actores pertenecientes a las preceptivas ‘minorities’ (lo dejo en inglés porque a menudo ya han dejado de ser minorías o, como en el caso de las mujeres, nunca lo han sido) debe tener una cinta para aspirar siquiera a un oscar. La idea tiene toda la sutileza artística de una tabla de precios en una carnicería; si Shylock exigía su libra de carne, los magnates de Hollywood demandan su lista de colores admisibles. Y el blanco resta puntos.

Carlos Esteban – La Gaceta de la Iberosfera

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