Por José Luis Farías
El 24 de junio, a las 18:04:33, la placa del Caribe y la placa Sudamericana resolvieron su litigio milenario con un deslizamiento lateral derecho de 4,3 metros a lo largo de la falla de Boconó. Esa es la cifra fría, la que los sismógrafos registran sin pestañear. La otra, la que ningún aparato puede medir, fue el desplazamiento de 29.469 almas hacia la categoría incierta de los desaparecidos. La ciencia mide el salto de la tierra; la literatura, el vacío que deja.
El primer temblor, de magnitud 7,2, fue un aviso. Treinta y nueve segundos después, cuando los edificios aún no terminaban de quejarse, el segundo—de 7,5, a solo diez kilómetros de profundidad—partió el espinazo del país. Tres minutos, contados por los relojes atómicos, bastaron para que la historia se dividiera en un antes y un después que nadie pidió.
En Altamira, Heidi Romero sintió que las estanterías del centro comercial se doblaban como juncos. Odalis Escalona, en el banco donde trabajaba, vio cómo las escaleras se desprendían «físicamente» del edificio, como si el hormigón hubiera sido yeso. Diego Ignacio Contreras juró que la estructura se movía «de tres metros de un lado, a tres metros para el otro» y confesó que llegó a aceptar su muerte. No es una hipérbole: hay segundos que pesan más que vidas enteras. Un sismólogo del FUNVISIS, que prefirió guardar el anonimato, me confesó después: «Vi la aguja del acelerógrafo salirse de la escala. Supe, en ese instante, que no estábamos ante un sismo, sino ante una sentencia. Los datos no sangran, pero yo sangré por dentro».
En Catia, un residente confundió el estruendo con un aguacero. Pero no llovía. Eran los tanques de agua de las azoteas reventándose contra el pavimento. La oscuridad llegó rápido, y con ella, el primer saqueo de una farmacia. Un joven, con la cara manchada de polvo, justificó su acto con una verdad incómoda: «No robé por gusto. Robé insulina para mi madre diabética. ¿Dónde está el gobierno?».
Mientras los vecinos cavaban con las manos, la vicepresidenta declaró en cadena nacional que el Estado se había «activado en su conjunto». Un ministro leyó cifras: 5.398 fallecidos, 16.740 heridos. Las cámaras enfocaban los gráficos, no las fosas. Un trabajador de protección civil, que pidió reserva de su nombre, me dijo al oído: «Nos ordenaron priorizar las avenidas principales, dejar los barrios para después. ¿Sabe qué? En los barrios es donde está la gente».
En Playa Grande, un hombre suplicaba que ayudaran a su esposa y a sus dos hijos de cinco y nueve años, atrapados bajo su edificio. «Me caí cuando intenté salir, ahí quedaron», dijo. Luego, como si el llanto se le hubiera secado, añadió: «Uno esperaría más celeridad… No hay más nada que recuperar. La resignación». Esa palabra, resignación, es el epitafio de una sociedad que aprendió a esperar, pero no a recibir.
En la urbanización Páez de Catia La Mar, el ala entera de un bloque de apartamentos de quince pisos se desprendió, como si la montaña hubiera decidido devolverle al mar lo que nunca fue suyo. El cemento y el hierro se hicieron polvo, y entre ese polvo, decenas de vidas quedaron envueltas en un silencio que aún pesa.
Allí estaban Ernesto y Arelys, con sus dos hijos, Christian y Maximiliano. Cheo Campos y la negra Josefina, los abuelos, junto a familiares, permanecieron en vela alternándose veinticuatro días y veinticuatro noches, el tiempo que demoró la tierra en devolverlos. Veinticuatro jornadas de pico y pala, de manos desolladas y de esa luz amarilla de los reflectores que no alcanza a calentar los huesos.
Cuando al fin los encontraron, Cheo —que había buscado como quien busca su propio cadáver — dijo apenas: «Fue muy arrecho». Y luego, con la voz quebrada pero seca: «Ernesto no solo era mi hijo, también era mi mejor amigo. Y qué te puedo decir de mis dos nietos y Arelys».
No dijo más. No hacía falta. Porque hay pérdidas que no caben en las palabras, y hay escombros que uno sigue removiendo aunque ya no quede nada por sacar. En La Guaira, el viento salado todavía arrastra ese nombre: Páez. Y el bloque 3 sigue en pie, pero con un ala menos, como un pájaro que ya no puede volar.
El pescador Víctor Calderón no ha querido llorar todavía. «No lloraré hasta que encuentre los cuerpos que quiero rescatar», dice. No busca sobrevivientes. Busca restos, nombres, la certeza de que su dolor tenga un rostro. Juan Chirinos, en Catia La Mar, perdió a su hijo, a dos nietos y a su nuera. Cuando un periodista le preguntó si temía al gobierno, respondió: «No le temo al gobierno». Quizá porque el miedo verdadero ya lo había conocido esa tarde. En su barrio, las familias retiraban los cadáveres con sábanas y bolsas de plástico porque las morgues estaban colapsadas. Un voluntario, con los brazos ensangrentados, musitó: «No hay recursos, pero sobran manos. El problema es que las manos no mueven una losa de cinco toneladas».
El padre Luis, en la parroquia de Macuto, dio la extremaunción a veintitrés personas que no pudo sacar de los escombros. «Bendije el polvo, bendije el hormigón, porque ya no podía bendecir los cuerpos», me dijo con la voz rota. «Dios estaba allí, pero también el silencio de los vivos». Después, los técnicos del Banco Mundial hablarían de 19.500 millones de dólares en pérdidas. La NASA, de 58.870 edificios dañados a lo largo de una franja de 210 kilómetros, y de dos millones ciento seis mil toneladas de escombros. Pero esa noche, para el padre Luis, la única cifra que importaba eran esas veintitrés bendiciones sin cuerpo.
María Romero, de ochenta años, sobrevivió al terremoto de Caracas de 1967. Lo recuerda con claridad. Pero afirma que este fue «significativamente peor». Esa comparación, dicha por una mujer que ha visto temblar a la ciudad dos veces en su larga vida, es un testimonio que no necesita adornos. La tragedia venezolana se parece más al México de 1985 que al Japón de 2011. Allá, la sociedad civil organizó el rescate antes que el Estado. Aquí ocurrió lo mismo: los vecinos, los estudiantes, las amas de casa fueron los primeros en llegar. La diferencia es que en México el movimiento ciudadano forzó un cambio político; aquí, la tierra tembló sobre un edificio político que ya se sostenía de pura inercia. El terremoto no causó la crisis; la reveló. Como una radiografía que muestra el hueso roto que llevabas años fingiendo que no dolía.
Nicole Kolster, periodista, pensó que el edificio le caería encima. En la calle, la gente lloraba por las mascotas atrapadas. Ese detalle —los perros, los gatos, los pájaros— es el que revela la dimensión íntima de la catástrofe. Nicole Torres, por su parte, no habló de ella, sino de su abuelo de noventa años. En la angustia, los jóvenes piensan en los viejos. Eso también es una falla: la que separa a los que pueden correr de los que solo pueden esperar.
Más de seiscientas réplicas sacudieron las semanas siguientes, como si la tierra, insatisfecha, se negara a cerrar la herida. Pero el epicentro no está en San Felipe, ni en la falla de Boconó. El verdadero epicentro está en la conciencia de un país que se desmoronó antes de que el suelo lo hiciera. La magnitud 7,5 fue un dato geológico; la magnitud de la desesperación, de la ausencia, de la pregunta sin respuesta, del dolor, es un número que ningún sismógrafo del mundo puede calibrar.
Al final de la noche, cuando las ambulancias dejaron de sonar y el polvo se asentó sobre las ruinas, este viejo cronista se quedó mirando el horizonte. Pensó en John Hersey y su Hiroshima, en la necesidad de contar lo que no se puede medir. Pensó en Svetlana Alexiévich y sus Voces de Chernóbyl, en las voces que se niegan a callar. Y entendió que esta crónica no termina aquí. Que mientras haya un desaparecido sin nombre, un familiar sin lágrimas o un político con un discurso ensayado, el terremoto seguirá temblando en algún lugar del alma. Porque después del derrumbe, el verdadero movimiento empieza adentro. Y eso, querido lector, no se repara con cemento. Se repara, apenas, con la memoria.


