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La Otra Cara: «La Paradoja Rousseau» Por José Luis Farías

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O de cómo el filósofo que escribió sobre la educación entregó a sus cinco hijos al hospicio.

Por esas conexiones que la memoria establece sin pedir permiso, a veces uno tropieza con una imagen y de pronto está en otra parte. Llevaba días rondando una serie mexicana de HBO, esa adaptación de Como agua para chocolate que devuelve a la luz la novela de Laura Esquivel —un libro que yo había leído hacía ya Dios sabe cuánto tiempo, y del que conservaba el recuerdo borroso de una primera versión cinematográfica—. Y allí estaba, de nuevo, la tragedia de Tita de la Garza, esa muchacha concebida en el acto brutal de una violación, razón por la cual sería odiada por su madre, Elena, con un rencor que parecía no tener fondo, un rencor que acabaría por internarla en un centro psiquiátrico. Y no sé por qué, pero aquella historia de desprecio y abandono —aquella madre que castigaba en la hija el crimen del padre— me transportó de golpe a mis años mozos, a mis primeros balbuceos como futuro educador en el Instituto Pedagógico de Caracas.

Fue en 1973. Un extraordinario maestro, Enrique Vázquez Fermín, nos puso delante, en la cátedra de Sociología de la Educación, un libro que entonces me pareció la piedra angular de todo: El Emilio, de Jean-Jacques Rousseau. Y yo, que era un muchacho afanoso, no me contenté con leer sus ideas sobre la educación natural y el buen salvaje; hurgué en la vida del filósofo, en sus miserias íntimas, y encontré algo que me dejó perplejo. El hombre que había escrito el tratado pedagógico más influyente de su tiempo, el hombre que teorizaba sobre cómo formar a un ser humano íntegro, había abandonado a sus propios hijos en un hospicio, uno tras otro, y había justificado aquello como lo más conveniente para ellos. La contradicción me pareció tan monstruosa como el odio de Elena por Tita. Un odio y un desprecio que, a mis ojos de entonces, eran dos caras de la misma moneda: la del amor negado, la de la paternidad traicionada. Durante años le di vueltas a ese absurdo, y ni siquiera mi admirado maestro Vázquez Fermín logró disipar del todo mi perplejidad. ¿Cómo era posible? ¿Cómo un hombre podía predicar una cosa y practicar la contraria con una desfachatez tan pasmosa?

Sin pretender justificar lo injustificable, claro, sin caer en la trampa de perdonar lo que no tiene perdón, uno va haciéndose mayor y aprendiendo que las cosas no son lo que parecen, o no son solo lo que parecen. Así como el origen de Tita en una violación explicaba —que no justificaba— el rencor de Elena, yo necesitaba encontrar una explicación para Rousseau. Y años después, en el 2000, cayó en mis manos un libro del historiador estadounidense John Boswell, La misericordia ajena: una obra erudita, profunda y apasionante sobre la historia de los niños expósitos desde la Antigüedad clásica hasta la Edad Media en Europa. Y entonces lo entendí, o creí entenderlo. Mi visión, la de todos, estaba sesgada por la soberbia de mirar el pasado con las gafas del presente. Uno juzga a Rousseau desde la comodidad de su casa del siglo XXI, con sus certezas y sus convicciones sobre la infancia y la familia, y se olvida de que hace dos siglos la realidad era otra; que el abandono de un niño no significaba lo mismo; que los hospicios, aunque fueran el infierno que hoy imaginamos, eran instituciones que resumían la vida en un tiempo. Lo que sigue es un intento de parafrasear lo que aprendí en Boswell, un deseo de compartir ese pasaje de la historia que, como tantos otros, nos enseña que la verdad —si es que existe— depende siempre del cristal con que se mira. Y que a veces, entre una novela mexicana y un filósofo ilustrado, hay más hilos de los que uno supone.

I.- La Dualidad del Ser

No sin cierta incomodidad —una incomodidad que no es exactamente vergüenza, sino más bien esa mezcla de perplejidad y fascinación que uno siente cuando descubre que un hombre puede ser dos hombres a la vez, o cuando comprueba, una vez más, que la vida se empeña en desmentir a las ideas—, debo confesar que fue al releer a John Boswell, en ese libro suyo titulado La misericordia ajena, cuando volví a tropezarme con la historia de Jean-Jacques Rousseau y sus cinco hijos abandonados y me dispuse a escribir estas notas y entregarlas a mis lectores. No era la primera vez que me topaba con ella, por supuesto. Cualquier lector de ideas pedagógicas medianamente curioso se ha topado con ella. Pero esta vez —quizá por la compañía de Boswell, quizá por el momento, quizá por esa extraña disposición del ánimo que hace que ciertas historias nos hablen de otro modo, o quizá por encontrar todavía muchos niños en la calle en el país en que un presidente dijo: «No permitiré que en Venezuela haya un solo niño de la calle; y si no, dejo de llamarme Hugo Chávez»—, la cosa fue distinta. Esta vez la paradoja me golpeó con una fuerza nueva.

Porque la historia, en apariencia, es sencilla: Rousseau, el filósofo de la bondad natural, el autor del Emilio —ese tratado sobre la educación que revolucionó la pedagogía moderna—, el hombre que escribió que el niño nace bueno y es la sociedad quien lo corrompe, el pensador cuya obra influyó sobre Simón Rodríguez y este, a su vez, educó a Simón Bolívar bajo esos postulados pedagógicos; ese mismo hombre tuvo cinco hijos con una costurera analfabeta llamada Thérèse Levasseur. Y ese mismo hombre, Rousseau, persuadió a Thérèse para que entregara a cada uno de esos cinco recién nacidos a la inclusa, al hospicio, al lugar donde los niños abandonados iban a morir o a sobrevivir sin nombre, sin padres, sin historia.

La paradoja es tan evidente que resulta obscena. Tanto, que uno tiende a pensar que debe haber un error, un malentendido, una interpretación torcida de los hechos. Pero no: es verdad. Está en sus Confesiones. Lo cuenta él mismo. Y lo que es peor: lo cuenta sin el menor atisbo de arrepentimiento. Lo cuenta como quien ha hecho lo correcto, lo sensato, lo inevitable.

Y entonces, claro, uno se pregunta: ¿cómo es posible? ¿Cómo se puede escribir un tratado sobre la educación y abandonar a los propios hijos? ¿Cómo se puede hablar de la bondad natural y condenar a cinco criaturas al anonimato del hospicio? ¿Cómo se puede vivir con esa contradicción? ¿Cómo se puede dormir por las noches?

II.- La tesis de Boswell o la defensa de lo incomprensible

Pero vayamos por partes. Porque antes de juzgar a Rousseau —y la tentación de juzgarlo es casi irresistible— conviene entender qué dice Boswell en La misericordia ajena. Y lo que dice es, cuando menos, provocador.

Boswell, que era historiador, sostiene que desde la época romana hasta finales de la Edad Media el abandono de niños no fue un fenómeno marginal, ligado exclusivamente a la pobreza extrema o la desesperación, sino una práctica generalizada, socialmente aceptada y regulada por las autoridades civiles y eclesiásticas. Lejos de ser un acto condenado que resultaba invariablemente en la muerte del infante, el abandono era —siempre según Boswell— un mecanismo complejo que permitía a los padres ajustar la estructura familiar, proteger el honor o incluso mejorar el futuro del niño. Había, dice Boswell, toda una red de acogida —una red de «misericordia ajena», la llama él— que permitía que esos niños fueran recogidos, criados en otros hogares o en instituciones eclesiásticas, y así integrarse en la sociedad como sirvientes, artesanos o incluso eclesiásticos.

La tesis de Boswell es audaz, sin duda. Y para hacerla más persuasiva, para hacerla más humana, más cercana, más comprensible, recurre a un ejemplo que, precisamente por su carácter extremo, por su carácter paradójico, sirve como una puerta de entrada: el ejemplo de Rousseau. Porque si incluso el filósofo que escribió el tratado de educación más influyente de su siglo abandonó a sus hijos, entonces quizá el abandono no era lo que nosotros creemos. Quizá era, en su tiempo y en su contexto, una opción más entre otras, una decisión difícil pero no monstruosa, una práctica que la sociedad no condenaba sino que regulaba.

La estrategia es hábil, sí. Pero también, como veremos, problemática.

III.- La objeción de Corbier o el problema del anacronismo

Porque resulta que no todos los historiadores están de acuerdo con Boswell. Y entre los que discrepan está Mireille Corbier, una estudiosa francesa que, en su análisis de La misericordia ajena, formula una objeción que, una vez leída, ya no puede olvidarse.

Dice Corbier, en esencia, que el marco de referencia de Rousseau está mal elegido. Que existen diferencias fundamentales y demostrables entre el mundo romano y medieval que estudia Boswell y las sociedades de la Europa moderna temprana en las que vivió Rousseau. Que al tomar un ejemplo literario y autobiográfico del siglo XVIII para explicar una práctica social de la Antigüedad y la Edad Media, Boswell corre el riesgo de equiparar realidades sociales, legales y culturales que no son comparables. Y, lo que es más grave, que el libro de Boswell cae en el error de tomar la literatura como un reflejo directo y fiable de la sociedad de una época, cuando en realidad puede ser una representación idealizada o particular.

La objeción de Corbier es de índole metodológica, sí, pero tiene consecuencias de fondo. Porque si el ejemplo de Rousseau no sirve para explicar el abandono infantil en la Antigüedad y la Edad Media, entonces la provocación de Boswell se queda en eso: en una provocación. En un gesto retórico brillante, pero metodológicamente frágil. En una puerta de entrada que, en realidad, no conduce a ninguna parte.

Y sin embargo…

IV.- Las Confesiones: entre la sinceridad y la coartada

Y sin embargo, uno no puede evitar preguntarse: ¿y si la objeción de Corbier, siendo correcta, no agota el asunto? Porque el caso de Rousseau, incluso si no sirve para explicar el abandono infantil en la Antigüedad y la Edad Media, sigue siendo un caso extraordinario. Sigue siendo un caso que nos obliga a preguntarnos por la naturaleza humana, por la relación entre las ideas y la vida, por esa cosa incómoda que llevamos dentro y que consiste en predicar una cosa y practicar exactamente la contraria.

Y es que Rousseau, hay que decirlo, no fue un padre cualquiera. Rousseau fue, además de filósofo, un escritor. Un hombre que construyó un relato de sí mismo. Un hombre que, en sus Confesiones, nos cuenta su vida con una franqueza que a veces parece sinceridad y a veces parece exhibicionismo, y que a veces es las dos cosas a la vez. Cuando nos dice que abandonó a sus hijos por el honor de Thérèse, por sus limitaciones materiales, por considerarlo un mal menor, ¿nos está diciendo la verdad o nos está dando una versión, una justificación, una coartada? ¿Hasta qué punto podemos usar sus palabras como documento histórico y no como ejercicio de autoengaño o autoexculpación?

La pregunta es pertinente. Porque si algo caracteriza a Rousseau es su capacidad para la contradicción inconsciente. El hombre que escribió sobre la bondad natural es el mismo que abandonó a sus hijos. El hombre que predicó la transparencia es el mismo que urdió coartadas. El hombre que buscó la autenticidad es el mismo que se ocultó detrás de sus propias palabras.

Y nosotros, sus lectores, sus jueces, sus historiadores, nos quedamos atrapados en esa contradicción sin saber muy bien qué hacer con ella. Sin saber si juzgarlo o comprenderlo. Sin saber si condenarlo o absolverlo. Sin saber, en fin, si el problema es de Rousseau o si el problema somos nosotros.

V.- La conciencia impasible del filósofo

Lo fascinante —y lo inquietante— del caso es que Rousseau no parece haber sentido culpa. (Por cierto, Chávez tampoco, aunque por motivos diferentes.) En sus Confesiones lo cuenta con una naturalidad que desarma. No hay rastro de remordimiento en sus palabras. No hay duda. No hay conflicto. Hay, en cambio, una seguridad serena, una tranquilidad de conciencia, una convicción de haber hecho lo correcto que resulta, para nosotros, casi incomprensible.

¿Y si tenía razón? ¿Y si en su tiempo, en su contexto, en su mundo, abandonar a un hijo en un hospicio era efectivamente lo correcto? ¿O lo menos malo? ¿O lo único posible?

Boswell diría que sí. Que por eso utilizó el ejemplo. Que lo que a nosotros nos parece monstruoso, en otro tiempo pudo ser una práctica común, aceptada, incluso sensata. Que la historia no se juzga con las categorías morales del presente, sino con las del pasado. Que la misericordia ajena —esa red de acogida que recogía a los niños abandonados— era, en muchos casos, la única esperanza para esos niños.

Pero Corbier le replica que no. Que el mundo de Rousseau no es el mundo romano ni el mundo medieval. Que las motivaciones del filósofo del siglo XVIII no son las mismas que las de los padres de la Antigüedad. Que tomar un ejemplo literario y autobiográfico para explicar una práctica social de otros siglos es un anacronismo.

¿Quién tiene razón? No lo sé. Quizá las dos. Quizá ninguna. Quizá lo único cierto es que el caso de Rousseau nos obliga a pensar, a dudar, a preguntarnos. Y eso, en sí mismo, ya es algo.

VI.- El límite histórico de la comprensión humana.

Porque al final, lo que el caso de Rousseau pone de manifiesto es algo muy sencillo y muy terrible: que los seres humanos somos capaces de albergar contradicciones sin resolverlas. Que podemos escribir sobre la bondad natural y abandonar a nuestros hijos. Que podemos predicar la transparencia y ocultar la verdad. Que podemos buscar la autenticidad y vivir en la mentira.

Y que la historia, esa ciencia que pretende explicar el pasado, se enfrenta a un límite cuando se topa con esas contradicciones. Porque las fuentes mienten. Porque los testimonios son interesados. Porque la literatura no refleja la realidad, la construye. Porque Rousseau, cuando escribe sobre el abandono de sus hijos, no nos está dando un documento histórico, nos está dando una versión de sí mismo que quiere que creamos.

Y nosotros, los historiadores, los lectores, los jueces, nos quedamos con esa versión, sin poder contrastarla, sin poder verificarla, sin poder saber si lo que leemos es verdad o es coartada, es realidad o es ficción, es historia o es literatura.

Quizá por eso el caso de Rousseau sigue fascinándonos. No porque sea ejemplar, sino porque es incómodo. No porque resuelva nada, sino porque lo complica todo. No porque nos ofrezca una lección clara, sino porque nos obliga a vivir en la pregunta, en la duda, en la perplejidad.

VII.- El reflejo de nuestra propia incomodidad.

En el fondo, lo que Boswell hace con Rousseau es convertirlo en un espejo. Un espejo incómodo que refleja la distancia entre nuestras convicciones declaradas y nuestras acciones prácticas, entre lo que predicamos y lo que hacemos, entre lo que creemos ser y lo que realmente somos.

Y quizá por eso, al final, el caso de Rousseau no habla tanto de Rousseau como de nosotros. De nuestra necesidad de juzgar. De nuestra dificultad para comprender. De nuestra tendencia a proyectar nuestras categorías morales sobre un pasado que no las compartía. De nuestra incapacidad para aceptar que los seres humanos, todos los seres humanos, incluidos los filósofos que escriben sobre la bondad natural, somos criaturas contradictorias, inexplicables, irreductibles.

Rousseau abandonó a sus hijos. Es un hecho. Pero ese hecho, como todos los hechos humanos, está envuelto en un halo de sombra, de incertidumbre, de misterio. Podemos estudiarlo, analizarlo, contextualizarlo. Pero nunca lo entenderemos del todo.

Porque entender del todo a Rousseau sería entendernos del todo a nosotros mismos. Y eso, por fortuna o por desgracia, es imposible.

A veces pienso que el caso de Rousseau es como esos sueños en los que uno hace algo horrible y, sin embargo, en el sueño le parece natural. Uno se despierta sobresaltado, con el corazón latiendo deprisa, y se dice: menos mal que era un sueño. Pero Rousseau no se despertó. Rousseau vivió ese sueño despierto. Rousseau abandonó a sus hijos y no se sobresaltó. Rousseau lo contó y no se avergonzó. Rousseau lo justificó y no dudó.

Y esa seguridad, esa ausencia de conflicto, esa tranquilidad de conciencia, es lo que nos resulta más extraño. Porque nosotros, los modernos, los que hemos leído a Rousseau, los que hemos heredado su sensibilidad sobre la infancia, ya no podemos abandonar a un hijo sin sentirnos monstruos. O sin sentir culpa. O sin sentir algo.

Pero Rousseau no sintió nada. O sintió lo contrario: sintió que había hecho lo correcto.

¿Y si tenía razón? ¿Y si en su tiempo, en su contexto, en su mundo, abandonar a un hijo en un hospicio era efectivamente lo correcto? ¿O lo menos malo? ¿O lo único posible?

No lo sé. Nadie lo sabe. Por eso seguimos hablando de Rousseau. Por eso seguimos escribiendo sobre él. Por eso seguimos intentando comprender lo incomprensible. Pero como el presente —y esto es una obviedad que a veces olvidamos— es el lugar desde donde juzgamos, lo que a todas luces resulta incorrecto e inaceptable, no incomprensible, es que Hugo Chávez no se haya cambiado el nombre.

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