La palabra es “pursuit”: El presidente Trump ha descrito a los venezolanos como “felices”. El propio lenguaje fundacional de Estados Unidos ofrece una medida más precisa

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El presidente Donald Trump ha utilizado la palabra felices para describir a los venezolanos y, en lugar de discutirla recurriendo al conocido inventario de todo lo que mi país ha padecido, prefiero examinarla a la luz de una de las ideas más bellas y exigentes que Estados Unidos ha aportado al pensamiento político: “Life, Liberty and the pursuit of Happiness”, vida, libertad y la búsqueda de la felicidad.

Naturalmente, solemos detenernos en Happiness, pero quizá la palabra verdaderamente extraordinaria de esa frase sea pursuit, porque Thomas Jefferson no escribió que el gobierno debiera hacer felices a las personas, ni que pudiera garantizarles la felicidad; escribió algo mucho más sofisticado: que los seres humanos poseen el derecho de salir en su búsqueda de acuerdo con su propia conciencia, sus aspiraciones, sus afectos, sus errores y su propia comprensión de aquello que hace que una vida merezca ser vivida.

Vista desde esa perspectiva, señor Presidente, quizá felices todavía no sea la palabra adecuada para describir a los venezolanos.

La pregunta más reveladora no es si los venezolanos sonríen, celebran, van a restaurantes, abren negocios o sienten un alivio genuino cuando las circunstancias comienzan a cambiar, sino si hemos recuperado plenamente la condición que permite que la felicidad sea algo más que un momento afortunado o un acto privado de resistencia: la libertad para perseguirla.

Los venezolanos somos particularmente fáciles de interpretar mal desde afuera porque hemos desarrollado una extraordinaria capacidad para producir alegría en circunstancias que deberían haberla extinguido; hemos celebrado cumpleaños con media familia apareciendo en la pantalla de un teléfono desde distintos países, contado chistes durante los apagones, hecho música con la incertidumbre y salido de los aeropuertos después de una despedida con las lágrimas todavía en el rostro y suficiente humor para consolar a quien venía llorando a nuestro lado. Nuestra capacidad de alegría es real, pero nunca debería confundirse con la evidencia de que todo está bien, porque muchas veces ha sido precisamente nuestra manera de negarnos a permitir que la adversidad ocupe todas las habitaciones de nuestra vida.

Por eso importa tanto la distinción contenida en pursuit. La felicidad es profundamente personal, pero la posibilidad de buscarla depende de condiciones públicas: de poder escoger dónde vivir sin que marcharse se convierta en una forma de escape; de trabajar y hacer planes sin que cada decisión sea rehén de la incertidumbre política; de hablar sin calcular primero quién podría estar escuchando; de regresar a casa sin preguntarse si se está apostando el futuro y, sobre todo, de votar libremente en elecciones auténticas, elegir a quienes gobiernan y saber que la voluntad expresada en las urnas será respetada.

Es allí donde el lenguaje de 1776 adquiere una inesperada actualidad para la Venezuela de hoy, porque nuestro país puede producir más petróleo, atraer inversiones, reabrir empresas, reconstruir infraestructura y comenzar a mostrar señales inequívocas de recuperación económica, todo lo cual sería bienvenido y necesario, mientras la pregunta más profunda continúa sin respuesta. Una economía puede recuperarse antes que una República, y un país puede comenzar a prosperar antes de que sus ciudadanos hayan recuperado plenamente la soberanía sobre su propio destino.

Esto no significa que la esperanza, el alivio o el optimismo sean de algún modo falsos; al contrario, pueden estar entre las cosas más valiosas que poseen hoy los venezolanos, pero la esperanza encierra también una sutil confesión: la sentimos precisamente porque alcanzamos a ver delante de nosotros algo a lo que todavía no hemos llegado por completo, porque la puerta parece capaz de abrirse aunque aún no hayamos cruzado el umbral.

La genialidad de the pursuit of Happiness consiste en comprender un límite que los gobiernos olvidan con demasiada frecuencia. El Estado no puede fabricar felicidad, y deberíamos mirar con profunda desconfianza a cualquier gobierno que afirme poder hacerlo; lo que sí puede hacer una sociedad libre es no cerrar el camino hacia ella, no decidir en nombre de sus ciudadanos aquello a lo que pueden aspirar, no convertir la existencia en una sucesión de permisos concedidos desde arriba ni apropiarse de ese territorio íntimo en el que cada persona determina qué clase de vida desea construir.

Quizá esta sea la manera más justa de explicarle Venezuela al presidente Trump sin negar los avances, despreciar las oportunidades ni reducir otra vez a nuestro país a una historia contada exclusivamente desde el sufrimiento. Los venezolanos no necesitamos que nadie fuera de Venezuela determine si somos felices, y mucho menos necesitamos que alguien nos haga felices; lo que necesitamos es recuperar plenamente nuestra capacidad de perseguir aquello que cada uno entienda por felicidad, ya sea una familia reunida, una profesión, una empresa, una casa, una fe, una idea, el regreso después de años en el extranjero o, sencillamente, esa extraordinaria paz que significa saber que el futuro vuelve a pertenecernos.

Algún día, señor Presidente, usted podrá decir que los venezolanos somos felices y tener toda la razón, pero para entonces quizá la afirmación haya dejado de importar demasiado, porque habrá sucedido algo mucho más trascendente: los venezolanos habremos recuperado la libertad de decidir qué significa la felicidad y de perseguirla en nuestros propios términos.

Después de todo, la felicidad siempre fue nuestra para definirla; lo que la política nos debe es la posibilidad de perseguirla.

@realDonaldTrump @TruthTrumpPost @SecRubio

Elizabeth Sánchez Vegas

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